No pierdas tu alegría

Niño sonriendoLa vida sin alegría es como un día sin sol.
El amor sin alegría puede degenerar en resignación.
El trabajo sin alegría se hace castigo.
La niñez sin alegría es planta de invernadero.
La juventud sin alegría es primavera sin flores.
La edad adulta sin alegría es verano sin cosechas.
La ancianidad sin alegría es otoño sin hojas.
La fe sin alegría es obligación.
La caridad sin alegría ofende.
La esperanza sin alegría cansa.
La Misa sin alegría no es fiesta del Señor.
La Penitencia sin alegría es dolor sin esperanza.

San Pablo conoce mejor que nadie lo que son las dificultades de la vida. Sin embargo, es él quien grita la alegría y el derecho a la alegría a los cristianos:
«Estad alegres en el Señor. Os lo repito, estad alegres.» (Fil 4, 4-5)

El Evangelio está lleno de estas llamadas a la alegría. El primer saludo que se le hace a María es precisamente éste: «Alégrate, María, llena de gracia…» (Lc 1, 28) El mismo Evangelio ya es alegría, es «buena noticia», «buena nueva».

La Encarnación de Jesús nos devuelve el derecho a la alegría que nos había robado el pecado.
La Muerte de Jesús nos devuelve el derecho a la alegría porque en su muerte ha sido vencida la misma muerte.
La Resurrección de Jesús nos devuelve el derecho a la alegría pues nos habla de vida, de libertad, de gracia, de hombre nuevo.

CARTA DE MIS DERECHOS A LA ALEGRÍA HOY

Como hombre,
tengo el derecho a la alegría de ser imagen y semejanza de Dios.

Como bautizado,
tengo derecho a la alegría de ser «hijo de Dios por adopción.»

Como esposo,
tengo derecho a la alegría de compartir mi amor.
Como esposa,
tengo derecho a la alegría de amar y sentirme amada.
Como padre,
tengo derecho a la alegría de ver mi vida en la vida de mis hijos.
Como hijo,
tengo derecho a la alegría del amor y el cariño de mis padres.
Como niño,
tengo derechos a la alegría de jugar, reir, tener un hogar caliente.

Como ciudadano,
tengo derecho a la alegría de ser respetado como persona.
Como trabajador,
tengo derecho a la alegría de ganarme con dignidad el pan de cada día.
Como cristiano,
tengo derecho a gritar gozoso que Él está vivo y ha resucitado.

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