Oración a san Antonio

San Antonio de PaduaQuiero apagar una vela a san Antonio

Querido san Antonio:
¿Puedo apagarte una vela?
Hablo en serio.
No me permitiría bromear nunca contigo.
Alguna vez –lo reconozco-
he sonreído de compasión
por ciertos devotos tuyos que no dudan en incomodarte
como insuperable experto
para encontrar objetos perdidos (“si buscas…”)
Y hasta yo mismo te invoco afanosamente
– y te prometo regularmente la limosna-
cuando tengo que recuperar las llaves
(lo que me ocurre al menos dos veces por semana…)
Pienso que, en medio de la selva de velas encendidas
en todos los rincones del mundo,
la manera más segura para llamar tu atención,
es una vela inequívocamente apagada.
Querido San Antonio: necesito reencontrarme
a mí mismo
y también el camino
y la fe, la esperanza, la caridad
y la paciencia, la humildad
y otras muchas cosas más…
El mundo de hoy parece que se ha convertido
en el lugar de los valores perdidos.
¿Me quieres ayudar en esta búsqueda?
Así pues, trato hecho…
Yo te apago una vela
y tú me enciendes algo dentro.
La limosna –si estás de acuerdo- la echaré en el corazón
del primero que encuentre. Y después de otro.
Hasta la próxima vela apagada.
Te molestaré quién sabe cuántas veces, suplicando:
“San Antonio bendito,
hazme encontrar a ese mí diseñado por Dios
que me empeño en perder
y que, sobre todo, no tengo gana alguna de recuperar”.

Una curiosidad, querido san Antonio.
¿Nadie a acudido a ti
porque haya perdido el evangelio
y la fidelidad
y la coherencia
y las ganas de rezar
y el sentido del pecado
y la modestia
o porque no sabía dónde había ido a parar la cordura?
¿Y hubo alguno que haya acudido a ti
para lograr perder algo
-un defecto, una costumbre, algún billete de banco…-
que se le vino encima
y ya no quiere dejarlo?
Sostengo que también esto forma parte
de tu especialización:
hacer perder todo lo que no tiene sentido arrastrar
si se quiere seguir a UNO
que no ha dicho que hay que “llevar”
sino que hay que “dejar”.
¿Intentamos probar, comenzando por mí,
también en este sector?
Por favor, amadísimo san Antonio,
usa una cierta delicadeza,
ve despacio,
cosa por cosa,
un desgarrón, posiblemente no violento, cada vez.
Si me haces mucho daño
acabaré –te lo advierto-
cediendo a la tentación de esconderme,
o sea, de encenderte una vela…

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