Oración

Orar en Pascua

La Pascua es el tiempo litúrgico más importante del año cristiano. En el tiempo pascual celebramos la Resurrección de Jesús, el hecho central que hace que nuestra fe no sea vana (1 Cor 15,14).
A veces damos tanta importancia a la Cuaresma, que nos olvidamos de valorar la Pascua.
La oración de Pascua está llena de una secreta alegría, de una íntima convicción: la presencia del Resucitado. Dos características esenciales tiene la oración pascual: Dios está vivo a nuestro lado y nuestra vida es una vida de resucitados.
Vamos por la vida como discípulos sin compañía, como abandonados de Dios. Porque Dios no es como nosotros nos lo imaginamos, creemos que Dios no existe o que no nos acompaña. La liturgia pascual es una liturgia de triunfo y de presencia. Dios lo llena todo. Dios da vida a todo. Dios está a nuestro lado.
La presencia del Dios vivo no es una presencia indiferente. Es una presencia vivificante. Como esas presencias que nosotros buscamos. «Me basta saber que estás aquí y ya tengo bastante.» «Me basta tu presencia y ya mi vida tiene otro color, otro sentido.»
Orar en el tiempo pascual nos lleva a un ejercicio de vida pascual, de vida cristiana, de vida de resucitados, de vida de creyentes llenos de Dios, o «llenados» de Dios. Porque es Dios el que nos llena, el que desea ser nuestra savia, nuestro alimento, nuestro acompañante.
Orar en el tiempo pascual nos lleva, también, a celebrar los sacramentos que nacieron del costado de Jesús en la cruz que fue traspasado. Así, en Pascua, toman sentido nuevo las celebraciones del Bautismo, de la Eucaristía, de la Confirmación, de la Unción de enfermos, de la Reconciliación. Por los sacramentos nos metemos en el corazón del triunfo de Jesús sobre la muerte.
Orar en el tiempo pascual nos lleva a presentarnos ante los demás como personas habitadas por Dios, por su Espíritu. Donde Dios está no hay noche, ni vacío, ni superficialidad, ni sinsentido. Revestidos de Dios todo tiene dimensiones nuevas, hondura y significado…
Orar en el tiempo pascual nos hace ser personas de futuro, de alegría, de optimismo. No podemos creer en la Resurrección y vivir con pesimismo. No podemos proclamar que Cristo ha vencido a la muerte y estar continuamente lamentándonos de todo y por todo. El final no es la muerte. El final es el triunfo de la vida sobre la muerte.
Orar en el tiempo pascual es también orar en el tiempo del misterio. Lo que confesamos como fe que nos da sentido, la Resurrección, se nos escapa a la vista, nos sobrepasa; confesamos el misterio de la fe. Misterio no es lo que no comprendemos, sino lo que jamás llegamos a comprender del todo.
Siempre nos aproximamos y nunca tocamos el final.
Dios no hace nada más que desvelarse, revelar su misterio. Pero necesitamos tiempo para asomarnos al misterio y caminar por el misterio.
El pueblo caminó por el desierto largos años. Los discípulos atravesaron el tiempo de Pascua a Pentecostés. Y necesitaron que la Fuerza de lo alto borrara sus miedos… El misterio es como el amor: un riesgo, un tremendo riesgo. Pero merece la pena correr el riesgo de entrar en el misterio para caminar envueltos por él y en él.

Resurrección de Jesús
es el germen
de toda novedad.

La Resurrección de Jesús
ilumina las sombras
de nuestra existencia.

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