¿Otra vez el Adviento?

Adviento¿Otra vez? ¿Siempre lo mismo? Pues sí, otra vez estamos comenzando el Adviento. Ahora que sea siempre lo mismo ya depende de nosotros. También habría que decir cada mañana: ¿otro día? ¿Otro día lo mismo?” Que cada día sea igual al anterior ya depende de cada uno de nosotros porque, en realidad, cada día, por más que nos parezca igual al anterior, es totalmente distinto. También el río es siempre el mismo, pero el agua que corre es siempre nueva. Y el calor de cada día es siempre nuevo. Y el frío, también.

Que este Adviento 2015 nos parezca igual al del 2014 depende de cada uno de nosotros. Porque las esperanzas son nuevas. Las dificultades que arrastramos son también nuevas.

Los periodistas entrevistaron a un boxeador y le preguntaron: ¿Tienes algún golpe nuevo para este combate? A lo que él respondió con cierto humor: “Sí. Todos los que voy a dar y todos los que voy a recibir son nuevos, porque estos nunca les he dado y tampoco los he recibido.”

No olvidemos que el Adviento es toda una posibilidad que tenemos por delante. Por eso el gran grito: “Velad”…”tened cuidado”… “Estad siempre despiertos…”, “manteneos en pie”…

Nadie vigila el pasado que ya pasó y ya no existe. Vigilamos lo que está por venir, lo que está viniendo. La vigilancia mira siempre al futuro. Un futuro, por otra parte que depende de Dios y depende de nosotros. Porque una cosa es lo que Dios quisiera que sucediese en cada uno de nosotros en este tiempo del Adviento y otra cosa es lo que hacemos nosotros para que algo nuevo acontezca.

No es cuestión de un Adviento de Dios, de lo que Dios anuncia y promete. Es que nosotros mismos somos un adviento, el nuestro con minúscula, porque nuestro futuro humano y espiritual depende siempre de cada uno de nosotros.
Habrá quienes ya no esperan nada. Habrá quienes esperan algo nuevo, pero dudan. Y habrá quienes esperan lo nuevo y dedican su vida a crearlo ya ahora. San Juan nos dice que “sabemos lo que somos ahora, pero no sabemos lo que seremos”. Todos sabemos donde estamos, pero sabemos dónde estaremos estas Navidades. Posiblemente en la misma casa y en el mismo trabajo, pero ¿en qué momento de tu vida estás hoy y en qué momento estarás la Nochebuena?

¿Dónde está Dios hoy en tu vida? ¿Dónde estará Dios en tu vida en estas Navidades? Hay que estar atentos porque antes de que Dios llegue en Nochebuena envuelto entre pañales, Dios sigue llegando cada día a nuestras vidas. Solo necesitamos de una cosa: estar atentos no solo a la venida de Dios hecho Niño, sino a las venidas de Dios hecho llamada e invitación en nuestros corazones.

Vamos hacia una tierra que se nos mostrará… Así de sencillo. La verdad es que no tenemos que caminar hacia Dios. Ese camino es tan inmenso que no merece la pena ni plantearlo. Es falso. No vamos nosotros a Dios, es Dios el que viene a nosotros. Dios nos ahorra el ser caminantes hacia Él. Se hace caminante hacia nosotros. Prefiere que seamos caminantes con Él. El problema surge de esta manera de ser libres que se nos ha dado. Ser libres es un bonito lío… Podemos estar en presencia de Dios sin ser capaces de reconocerlo…
El hecho de que el Señor venga no significa que sea recibido. En nuestra vida existen los «plantones»: «Me ha dejado plantado», «Hemos ido a su casa y no estaba», «Eres un mal-queda». Esta realidad la palpamos en nuestra existencia cotidiana. Dios también la palpa con hombres y mujeres, con nosotros. Viene, pero los suyos no le reciben.

Porque no están en casa…, no se habitaban, o no dejaban sitio para el
Otro… El camino que tenemos que recorrer es una larga caminata: entrar en nuestra casa, entrar en nuestro adentro. Como decía san Bernardo, no se trata de atravesar mares, de escalar el cielo, de traspasar las nubes, de cruzar valles o de escalar montañas. Es hacia ti mismo hacia donde debes caminar; habitarle y no ser casa vacía o llena de espíritus que no son tu espíritu, tú mismo. Está dentro de ti el camino que tienes que recorrer; hacia lo más profundo tuyo; es allí donde Dios te espera y desea encontrarse contigo, hacer Navidad.
Una vez escuché a una amiga que trabajó muchos años en París con los emigrantes españoles, contar una anécdota de una jubilada. Vivía sola. Salía por la mañana de su casa. Pasaba el día fuera del hogar: Si le ocurría que volvía pronto a casa, solía mirar hacia las ventanas de su apartamento y se decía: «¿Para qué voy a subir si no me espera nadie ?». y seguía deambulando por la calle hasta que el sueño le indicaba que ya le esperaba la cama.
Me parece una historia preciosa que habla por sí sola y que nos refleja a muchos. Si no sentimos que dentro de nosotros mismos Alguien nos está esperando, Alguien está ansiando nuestra vuelta a casa, preferiremos la superficialidad, el vagar por todas parles. Un día Alguien llamará a la puerta y no tendrá respuesta: no estábamos en casa.
A lo largo del Adviento, la Palabra de Dios nos irá encaminando hacia la meta con sugerencias sencillas. Los pasos los tenemos que dar nosotros, pero el camino se nos marca. Nadie va a Dios por los caminos que él mismo se traza. A Dios sólo llegan los caminos que Dios traza. Y para cada persona tiene uno original…

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