Padres ancianos

Padres ancianos 2La ancianidad de los padres es para muchos hijos el gran crisol de su cariño, la prueba de si les quieren de veras y también la hora de grandes amarguras. Las está pasando, por ejemplo, esta mujer que escribe angustiada diciendo que «duda muchas veces de que quiera a su madre». ¿Por qué? Su madre ha cruzado ya la frontera de los ochenta, está enferma y la edad y la enfermedad la han vuelto absorbente. Quiere que su hija esté todo el día a su lado, la obliga a renunciar a sus vacaciones, a sus amistades, controla incluso las horas de entradas y salidas para ir al trabajo, se vuelve a veces insoportable y la hija no puede menos de estallar en algunas ocasiones; dice entonces cosas desagradables que dan un disgusto a su madre y se lo dan mucho mayor a la hija, que después se queda deshecha por haber perdido los nervios.

Con todo ello, la hija no puede evitar que suban a su cabeza pensamientos absurdos: «Pienso muchas veces internarla en una residencia para estar yo más tranquila.» Pero piensa también que su madre fue siempre buenísima con ella y se avergüenza de tales pensamientos. «¿ Es -me pregunta- que yo soy egoísta? ¿Es que soy una mala hija?»

Pues no, querida amiga, usted no es una mala hija, es usted un ser humano. Y, por ello, a veces se cansa de luchar y a su cabeza acuden pensamientos absurdos – que yo sé que usted no realizará nunca – , pero que no puede evitar que visiten su mente. Pero, a fin de cuentas, lo que mide a los hombres es lo que hacemos y no las fantasías que pueden cruzar por nuestra cabeza inevitablemente.

Usted tendrá que empezar por serenarse y asumir como una tarea -difícil pero, a fin de cuentas, importantísima y hermosa- la de hacer feliz a su madre en los años que le queden en este mundo. Ella, con su edad, con su enfermedad, no puede evitar el ser como es. Quiere mimos, quiere cariño. Y es porque se siente débil y tampoco ella puede evitar el actuar con un poco de egoísmo invasor.

Pero usted, que es más joven, es quien tiene ahora que llevar el timón del problema. Y como usted quiere en serio a su madre, en conjunto lo llevará bien. A veces fallará. Llegarán momentos en que saltarán sus nervios y dirá palabras idiotas que luego la avergonzarán. Pero lo importante es que usted siga esforzándose por encima de esos fallos transitorios.

Piense: cuando usted tenía uno, dos, tres años, también era una niña caprichosa, lloraba de noche por tonterías, cogía pequeñas berraquinas.

Y seguro que más de una vez alteró los nervios de su madre, que se dijo a sí misma: «¡Con qué ganas la tiraba por la ventana!» Pero, naturalmente, no lo hizo. La quiso a usted a pesar de sus manías.
Ahora se ha invertido el juego: es su madre la que se ha vuelto niña.
Es usted quien debe demostrar que es adulta.

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