Papás, habladme de Dios

Padre e hijoEl niño dice a sus padres: “Papás, habladme de Dios”.

El papá muy suelto de lengua le responde: “No tengo tiempo para perderlo en esas tonterías.” El niño se quedó triste porque en la Iglesia había escuchado decir que Dios es importante en nuestras vidas y que sin Él no teníamos vida. Y ahora escucha que hablar de Dios es perder el tiempo y es una tontería.

La mamá percibió el desconcierto del hijo y quiso ponerle un parche.
“Mira, hijo, ¿por qué no se lo preguntas al cura que sabe más?”

El niño, ni tonto ni perezoso insistió: “Pero si es importante también lo será para vosotros y no solo para el cura. Y yo quiero que seáis vosotros los que me habléis de Él, como vosotros lo vivis. ¿O acaso vosotros no tenéis vida?”

Por la noche, ya solos los padres comentaron preocupados: “Hemos matado a Dios en el corazón de nuestro hijo, ¿cómo podremos resucitarlo?”

Al día siguiente el padre, que comenzaba el día sin preocuparse de Dios, despertó a su hijo y le dijo: “Hijo, vamos a hablar los dos juntos sobre Dios. Juntos vamos a hacer la señal de Cruz.”

“Yo no te he pedido que me hables de la cruz.”
“Ya lo sé, hijo, pero es que la Cruz es la que mejor nos habla de Él.” Y tomando la mano del hijo hizo sobre sí mismo la señal de la Cruz. Desde ese día repitió ese gesto todos los días. Hasta que un día el hijo le dijo: “Ya papá, ya conozco a Dios. Es el que murió en la cruz por ti y por mí.”

No matemos a Dios en el corazón de nuestros hijos con nuestro silencio y nuestro desinterés. Nuestros hijos no pueden ser sepulcros donde enterramos a Dios, sino donde Dios quiere resucitar.

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