Para sonreír un poco

Sonrisa 2Los años solo pasan para los demás

¿No te ha pasado alguna vez que miras a otra persona de tu misma edad y piensas, convencido, que está mucho más viejo que tú?

Bueno, lee esta historia:

Estaba sentada en la sala de espera del dentista para mi primera consulta con él.
En la pared estaba colgado su diploma, con su nombre completo.
De repente, recordé a un muchacho alto, buen mozo, pelo negro, que tenía el mismo nombre, y que estaba en mi clase 30 años atrás.
¿Podría ser aquel mismo chico por el cual yo estuve secretamente enamorada?

Al verlo en el consultorio, inmediatamente deseché esos pensamientos. Era un hombre pelado, canoso, y con la cara llena de arrugas. Era muy Viejo, como para haber sido mi compañero de clase.

Después que examinó mis dientes, le pregunté si había estudiado en el Colegio XX.
Sí , Sí. Sonrió con orgullo
Le pregunté: ¿cuándo te graduaste
Me contestó, que en 1975, y yo le dije: ¡tú estabas en mi clase !
El me miró detenidamente. Entonces, ese feo, calvo, arrugado, gordo, canoso, decrepito….. me preguntó:

¿De qué eras profesora?…

MARCAR BIEN LOS OBJETIVOS

Había una vez, en un pueblo, dos hombres que se llamaban Joaquín González. Uno era sacerdote y el otro era taxista. Quiere el destino que los dos mueran el mismo día. Entonces llegan al cielo, donde les espera San Pedro.
-¿Tu nombre? – pregunta San Pedro al primero.
-Joaquín González,
– ¿El sacerdote? – No, no, el taxista.
San Pedro consulta su planilla y dice:
– Bueno, te has ganado el Paraíso. Te corresponden esta túnica con hilos de oro y esta vara de platino con incrustaciones de rubíes. Puedes pasar.
– Gracias, gracias…. -dice el taxista,
Pasan dos o tres personas más, hasta que le toca el turno al otro Joaquín González.
-¿Tu nombre?
-Joaquín González,
– ¿El sacerdote? – Si.
– Muy bien, hijo mío. Te has ganado el Paraíso. Te corresponden esta bata de lino y esta vara de roble con incrustaciones de granito.
El sacerdote dice:
– Perdón, no es por desmerecer, pero… debe haber un error. ¡Yo soy Joaquín González, el sacerdote!
– Si, hijo mío, te has ganado el Paraíso. Te corresponden la bata de lino…
– ¡No, no puede ser! Yo conozco al otro Joaquín González, era un taxista, vivía en mi pueblo ¡era un desastre como taxista! Se subía a las aceras, chocaba todos los días, una vez estrelló contra una casa, conducía muy mal, tiraba las farolas, se lo llevaba todo por delante… Y yo me pasé setenta y cinco años de mi vida predicando todos los domingos en la parroquia. ¿Cómo puede ser que a él le den la túnica con hilos de oro y la vara de platino y a mí esto? ¡Debe haber un error!
– No, hijo mío, no es ningún error -dice San Pedro-. Lo que ocurre es que aquí, en el cielo, nos hemos acostumbrado a hacer evaluaciones como las que hacéis vosotros en la vida terrenal.
– ¿Cómo? No entiendo,
– Sí, ahora trabajamos por objetivos y resultados… Mira, te voy a explicar tu caso y lo entenderás enseguida: Durante los últimos 25 años, cada vez que tú predicabas, la gente se dormía; pero cada vez que él conducía, la gente rezaba.
Y… LOS OBJETIVOS SON LOS OBJETIVOS.

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