Para sufrir hay que aprender

Carta a los Enfermosenfermos 3

Mis queridos amigos enfermos:

En la vida nos han enseñado muchas cosas. Pero nadie se ha atrevido a enseñarnos a sufrir, como tampoco nos han enseñado a envejecer con dignidad y con alegría. Pese a que el sufrimiento nos sorprende a todos en cualquier esquina, sin embargo preferimos callar y no hablar de él, y menos enseñar a encontrarnos con él.
Todos se empeñan en convencernos de que es preciso disfrutar de la vida, sacarle el jugo a la vida, bebernos hasta la última gota de la vida. Pero ¿quién nos ha dicho cómo hemos de plantar cara al dolor y a los momentos difíciles de la vida? Las cosas ciertamente no se solucionan callándolas, escondiéndolas debajo de la alfombra.

Y por otra parte el sufrimiento es el compañero de todos. Porque, en el fondo todos somos enfermos. No sólo los que están en cama. También los que andan por la calle. ¿Quién no lleva una preocupación en el corazón? ¿Quién no es portador de un miedo o de una tristeza? Los que sufren, sufren porque ya sufren. Y los que no sufren, también sufren por miedo a sufrir. Resulta sumamente curioso, la cantidad de personas que sufren por el simple hecho de tener miedo al sufrimiento. Recuerdo a una señora que, muy compungida me dijo un día: “Padre, me siento tan bien que me da miedo. Tengo miedo a que luego me pase algo”. “Señora, le respondí: usted no tiene derecho a ser feliz y a sentirse bien, porque hasta el sentirse bien lo convierte usted en sufrimiento”.

Además, así como tenemos ojos para ver, oídos para escuchar, y manos para tocar las cosas, y lengua para hablar, sin embargo, no disponemos de ningún órgano o facultad para afrontar el sufrimiento. El sufrimiento debe ser aceptado o rechazado, no por una facultad sino por una actitud integral de todo nuestro ser.

Hay que aprender a sufrir. Y hay que aprender porque no lo sabemos. No sabemos sufrir. Y no lo sabemos porque el sufrimiento no es ni agradable, ni amable ni deseable. Es algo que instintivamente todos rechazamos. Pero, aún rechazándolo, sigue ahí. ¿Y qué hacemos con él?
En primer lugar sentirnos más que él. Si sentimos que el sufrimiento es insoportable y supera nuestras fuerzas, entonces nos aplasta y nos derrumba.
En segundo lugar, tenemos que luchar por superarlo, por evitarlo. Pero tampoco lo podemos hacer con ansiedad. Porque la ansiedad aumenta el sufrimiento. La ansiedad es como una especie de amplificador que aumento el volumen del sufrimiento.
En tercer lugar, saber diferenciar entre aquello que sí podemos evitar y aquello que no podemos evitar. Lo que se puede evitar, hay que evitarlo. Lo que no se puede evitar, de alguna manera tenemos que hacernos amigos y ver cómo lo manejamos.
En cuarto lugar, por más que nunca podamos amar el sufrimiento, ciertamente debemos buscarle también su parte positiva. Nada hay tan malo que no tenga su parte buena. Nada hay tan negro que no tenga sus puntos blancos. Ni hay error que no tenga su parte de verdad. Con el sufrimiento sucede lo mismo. Por una parte, puede ayudarnos a fortalecer nuestra voluntad, con frecuencia demasiado débil. Además nos ayuda a sentirnos fuertes, capaces de enfrentar las dificultades. Los psiquíatras hablan con frecuencia de que el origen de muchas neurosis está en nuestra incapacidad para afrontar las situaciones difíciles, nuestros miedos e inseguridades.

Sí, ya sé lo que estáis pensando. “Padre Juan, ¿por qué no cambiamos; usted se enferma y nosotros nos sanamos? Recuerdo aquella viejecita que se estaba muriendo y el sacerdote que la visitó le hablaba de cómo iba a ver a Dios, a los ángeles, a todos los santos en el cielo… Ella, abriendo sus ojos grandes, le dijo sin inmutarse lo más mínimo: “Padrecito, si todo aquello es tan bonito, ¿por qué no cambiamos? Usted se muere en mi lugar y yo me quedo en lugar de usted”. Y tenéis toda la razón. Espero que lo que os digo hoy a vosotros, me valga algún día también a mí, para que el sufrimiento no me pille de sorpresa.

Bueno, amigos, enfermos, vosotros que estáis en la escuela del sufrimiento, aprovechad la ocasión y la oportunidad. Enseñadnos a nosotros los sanos a que seamos un poco más fuertes en nuestras propias dificultades.

Vuestro amigo de siempre que os bendice.

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Un pensamiento sobre “Para sufrir hay que aprender”

  1. Es cierto, que aunque nadie nos haya enseñado a sufrir, aprendemos muy pronto. Para mí lo importante es: unas veces aprender a vivir con el sufrimiento (enfermedades) y otras se va quedando, dentro de mi corazón pero sin rencor, sin odio, solamente con aceptación y con AMOR.

    Papá Dios, nos quiere ver siempre felices, yo intento complacerlo.

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