Para vivir la Eucaristía

Eucaristía 13He leído la crónica de una “Profesión Religiosa”, es decir, de la celebración en la que una chica toma los hábitos en una parroquia en las afueras de Guatemala. Y algo tan normal me ha llamado la atención, porque no era lo que nosotros llamaríamos una celebración religiosa “normal”. La chica entró al templo acompañada de toda su familia, vistiendo la falda y blusa típica maya, propia de su pueblo; que según entraba, a lo largo del pasillo se le cruzó un perro, y que por todos lados del templo, correteaban los niños; vamos que allí estaba todo el barrio: jóvenes, mayores, niños y sus respectivos animales domésticos.

En el momento de los votos, los familiares adornaron la cabeza de la joven con el tocado típico de las mujeres quichés. Con estas pinceladas, yo me imaginé que todo fue una gran fiesta para aquella gente tan humilde. No se dice nada en la crónica sobre la duración del acontecimiento, pero fácil sería imaginarse que duraría “por lo menos” toda la mañana, si es que no emplearon el día completo, incluyendo la comida compartida por todos.

Decía el periodista, -en este caso también misionero- que para estas personas es “normal” que venga toda la comunidad a la iglesia. Yo pensaba en nuestras celebraciones litúrgicas, y no solamente porque no tienen nada que ver con esto, sino porque a veces nos falta llevar a la iglesia “la vida”. Vamos al templo como demasiado acartonados, rígidos. Todavía me acuerdo la primera vez que el sacerdote que presidía, nos animó a aplaudir (!) en una celebración. De verdad que había gente que no se atrevía, como que aquello fuese una profanación, o yo qué sé.

Que aquí no estamos acostumbrados a que se nos distraiga con la risa -o el llanto- de un niño; y eso para no hablar de la que se armaría si entra un perro, que a lo mejor es el tuyo, y está allí tranquilamente a tu lado, sin meterse con nadie, porque su fidelidad no le permite abandonarte.

¿No habéis probado a mirar lo que pasa cuando a alguien le da la tos en la iglesia? Pues que en un par de segundos -no suelen tardar más-, se le acercan dos o tres personas con caramelos y pastillas de todo tipo, para que se le pase… para que no moleste.

Tengo un conocido que tiene un hijo de dos años. El matrimonio ha llevado a la iglesia al niño desde que salió de casa. Ellos no tienen con quien dejarle, y piensan que está bien que acompañe a sus padres en la misa dominical. Pues en una ocasión, un domingo, en una conocida parroquia de mi pueblo, cuando el niño ya se andaba, lejos de estarse quieto, al lado de sus padres, aquel día le dio por pasear de arriba abajo por el pasillo central mirando con una gran curiosidad a todos. No hacía más que eso: pasearse y mirar. En seguida, una buena
señora se acercó al matrimonio para explicarles que el niño distraía a los fieles, y que si no tenían con quien dejarlo, ellos, como padres, estaban exentos de la “obligación” de oír misa. Mi amigo le dio las gracias y trató de explicarle a aquella buena mujer que ellos querían llevar a su niño a la iglesia, porque si no empiezan a llevarle ahora, a lo mejor luego, de más mayor, no va a ser posible. Y que si el niño se pasea por el templo es porque resulta complicado tenerle quieto a su edad.

¡Qué contraste! En Guatemala -y seguro que en cualquier otro país de misiones- la gente lleva la vida, toda su vida, al templo y parece lo más natural, y además no molesta a nadie. Seguro que antes de empezar la celebración estarán hablando entre ellos, comentarán sus cosas, se intercambiarán la últimas noticias, llamarán la atención a sus niños porque se pelean, etc. Aquí hemos puesto tantos “filtros” que no es que no vayan niños pequeños porque molestan, es que no sé si vamos nosotros -nuestro corazón- o va nuestro esqueleto sólo. Y
como los huesos no tienen sentimientos… Y, por favor, que nadie entienda que yo propongo llevar al perro a la iglesia; no.

Alguien pensará que esto es “cultural”, y algo de eso también hay, pero por encima de todo ¿no hemos confundido el respeto a Dios, con mantenerle lejos de nosotros, y poner caras serias y tristes?
Parece que a más seriedad, más respeto, y Dios más contento (!).
¿Estás seguro que ese Dios tiene mucho que ver con el padre del hijo pródigo, que contó Jesús para explicar cómo era su Padre?

Es posible que se nos haya olvidado que el origen de las llamadas “misas”, está en aquellas cenas que se celebraban en las comunidades primitivas. Allí, los cristianos iban a cenar juntos, y a compartir sus alimentos con los que tenían menos. Y yo supongo que la cena sería alegre. Por una parte, porque comer siempre da alegría, y por otra, porque te encuentras con los amigos y eso aún es más alegre. Hoy hemos estructurado (a lo mejor habría que decir “hormigonado” -por lo rígido-) de tal manera muchas de nuestras celebraciones que hasta el nombre “Celebración”, choca. Porque como decía el otro: “si eso es una celebración, que venga Dios y lo vea…”.

Yo, cuando celebro algo estoy contento, alegre, jubiloso, e incluso estoy deseando que nos volvamos a ver en la próxima celebración y, eso sí, cuanto más dure la celebración mejor. ¿Es éste el sentimiento que tenemos al salir de la Eucaristía del domingo? ¿A ver si nuestros “hermanos” de Guatemala han descubierto algo, o a ALGUIEN, en la celebración eucarística que nosotros aún no hemos visto?

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