Participar en el parroquia

Participar en la parroquiaSon pocos los cristianos que saben en qué día fueron bautizados, y menos aún los que lo celebran. Basta recordar la fecha de nacimiento y celebrar el cumpleaños.
Lo importante evidentemente no es recordar un rito, sino agradecer la fe que ha marcado nuestra vida ya desde niños y asumir con gozo renovado nuestra condición de creyentes. La fiesta del Bautismo del Señor que hoy celebramos puede ser una invitación a recordar nuestro propio bautismo y a reafirmarnos de manera más responsable en nuestra fe.
Tal vez lo primero que hemos de hacer es preguntarnos si la fe ocupa un lugar central en nuestra vida, o si todo se reduce a un añadido artificial del que podríamos prescindir sin grandes consecuencias.
Una pregunta clave sería ésta: ¿Es la fe la que orienta e inspira mi vida, o lo que verdaderamente me interesa y sostiene es buscar el bienestar, disfrutar de la vida, las ocupaciones laborales y mis pequeños proyectos?
Por otra parte, la fe no es algo que se tiene, sino una relación viva y personal con Dios, que se va haciendo más honda y entrañable a lo largo de los años. Ser creyente, antes de creer algo, es creerle a alguien. Y concretamente si uno es cristiano, es creer a Jesús. Para abrirse a Dios no bastan los ritos externos, los rezos rutinarios o la confesión de los labios. Es necesario creer a Jesucristo, escuchar interiormente su Palabra, acoger su evangelio. ¿Abro alguna vez la Biblia? ¿Leo los evangelios?
¿Hago algo por conocer mejor la persona de Jesús y su mensaje?
La fe no se vive de manera solitaria y privada, como algunos dicen para excusar su ausencia de la comunidad…
Es una equivocación pensar en la fe como una especie de «hobby» o afición personal. El creyente celebra, agradece, canta y disfruta su fe en el seno de una comunidad cristiana.
Si no esa fe termina por apagarse… Es muy significativo este relato:
Un hombre, que regularmente asistía a las convocatorias de su parroquia, sin ningún aviso dejó de participar en las actividades.
Después de algunas semanas, el párroco decidió visitarlo. Era una noche muy fría.
El sacerdote encontró al hombre en casa, solo, sentado delante de la chimenea, donde ardía un fuego brillante y acogedor. Adivinando la razón de la visita, el hombre dio la bienvenida al sacerdote, lo condujo a una silla, cerca de la chimenea y allí se quedó…
Esperaba que el párroco comenzara a hablar.
Pero se hizo un grave silencio. Los dos hombres sólo contemplaban la danza de las llamas en torno de los troncos de leña que ardían.
Al cabo de algunos minutos, el clérigo examinó las brasas que se formaron y cuidadosamente seleccionó una de ellas, la más incandescente de todas, empujándola hacia un lado.
Volvió entonces a sentarse, permaneciendo silencioso e inmóvil.
El anfitrión prestaba atención a todo, fascinado y quieto. Al poco rato, la llama de la brasa solitaria disminuyó, hasta que sólo hubo un brillo momentáneo y su fuego se apagó de una vez. En poco tiempo, lo que antes era una fiesta de calor y luz, ahora no pasaba de ser un negro, frío y muerto pedazo de carbón recubierto de una espesa capa de ceniza grisácea.
Ninguna palabra había sido dicha desde el protocolario saludo inicial entre los dos amigos.
El párroco, antes de prepararse para salir, manipuló nuevamente el carbón frío e inútil, colocándolo de nuevo en el medio del fuego. Casi inmediatamente se volvió a encender, alimentado por la luz y el calor de los carbones ardientes en torno de él.
Cuando el sacerdote alcanzó la puerta para partir, su anfitrión le dijo:
– Gracias Padre por la visita, y por sus palabras. ¡Que Dios, Padre, lo bendiga. Regresaré… ¡Nos veremos en la Parroquia!

¿Yo no he renovar e intensificar más los lazos con la comunidad donde se alimenta y sostiene mi fe?
Todos los cristianos hemos de recordar que formamos parte de una llama y que lejos de la comunidad perdemos brillo…

Quien quiera conocer «el gozo de la fe» y experimentar la luz, la fuerza y el aliento que la fe puede introducir en la vida del ser humano ha de comenzar por estimularla, cuidarla y renovarla.

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