Pascua prolongada

Eucaristía 2Nuestra eucaristía es, debe ser, una experiencia de Cristo resucitado, que resucita y nos hace resucitar, que vive y nos hace vivir, que nos llena de ese amor que es más fuerte que la muerte, que nos convierte en sembradores de vida y testigos de resurrección. Toda eucaristía se celebra como «en un rayo de gozo pascual. Todo el culto cristiano no es más que una celebración continua de la Pascua; el sol que no cesa de levantarse sobre la tierra arrastra tras sí una estela de eucaristías que no se interrumpe en un solo instante; y toda misa celebrada es la Pascua que se prolonga» (L. Bouyer).

Reconocen a los cristianos en el partir el pan

Los cristianos aprendieron de Jesús a partir el pan. Lo hacían «el primer día de la semana», con emoción y alegría. Pero éste no era un simple gesto rutinario. Querían evocar y concentrar en él toda la realidad y todo el misterio de Cristo. Si el partir el pan significaba mucho para Cristo, también tenía que significar para sus discípulos.
Siguiendo esta tradición ininterrumpidamente, nuestras comunidades cristianas siguen celebrando la fracción del pan. Este gesto hace presente la Pascua de Cristo, como acabamos de decir, pero además nos compromete con el mundo.

La comunidad que celebra la fracción del pan debe aprender a compartir.
Los panes partidos son los bienes compartidos. Hay que compartir el dinero, el tiempo y los talentos. Hay que compartir los ideales y la fe. Hay que compartirlo todo, imitando la generosidad de Dios, manifestada en Cristo Jesús. Cuando nos apropiamos de algo, no está en nosotros el Espíritu de Dios. Pero, si compartimos, no permitiremos «que haya pobres junto a nosotros» (Dt 15,4).

La comunidad que celebra la fracción del pan debe aprender a convivir.
Este es el pan de la solidaridad. Los que participan del pan partido se hacen amigos y hermanos, concorpóreos y consanguíneos. Este es el pan de la unidad. Los granos dispersos se funden en uno; los hombres divididos se congregan en el amor. «El pan que partimos, ¿no es comunión con el cuerpo de Cristo? Porque no hay más que un pan, todos formamos un solo cuerpo, pues todos participamos del mismo pan» (1 Cor 10, 16-17). Los que comulgan con el cuerpo de Cristo se capacitan para comulgar con todos los cuerpos de Cristo. Si comulgas así no consentirás que haya junto a ti extranjeros despreciados o personas marginadas. Nadie debe ser para ti distante o enemigo. Todos estamos llamados a formar parte de la misma comunión.

La comunidad que celebra la fracción del pan debe aprender a servir.
Cuando comulgamos recibimos fuerza para lavar los pies a los hermanos, para curar a los heridos del camino, para cuidar y acompañar a los enfermos, para trabajar y luchar por la justicia. Si después de comulgar seguimos siendo cómodos e insolidarios, si sólo nos seguimos preocupando de nuestros problemas e intereses, si ni siquiera vemos al hermano necesitado, tendremos que preguntarnos si nuestras comuniones no sirven más de escándalo que de provecho. La comunión nos convierte a todos en presencia viva de Cristo. Yo serviré a mis hermanos como lo haría Cristo y como lo haría con Cristo. Yo lavaré los pies de mis hermanos como lo hizo Cristo y como lo haría con Cristo. Yo me arrodillaré antes mis hermanos los pobres, porque son otros
Cristos.

La comunidad que celebra la fracción del pan debe aprender a comprometerse.
Desde la comunión se debe luchar por devolver a las personas toda su dignidad. Este pan tiene energías liberadoras. Nadie puede quedar indiferente viendo cómo Cristo sigue siendo expoliado y masacrado. Toda comunidad que come del pan partido debe convertirse en fermento de una nueva sociedad. No se puede comulgar y quedar ensimismado y pasivo. La eucaristía nos lanza al mundo para que demos testimonio del evangelio, para que alentemos en él el Espíritu de Jesús.

La comunidad que celebra la fracción del pan debe aprender a entregarse.
Quien come el pan partido tiene que dejarse partir. Quien come el pan del amor debe dejarse comer. Es necesario hacerse pan y dejarse partir en rebanadas. La eucaristía es un amor nuclear que se nos mete por los ojos y en la boca. Por eso, la comunidad eucarística es la que inicia un movimiento de entrega, una reacción de amor en cadena, que llega hasta el fin. Cuando Cristo partía el pan, decía que lo que en verdad se partía era su cuerpo. Por eso, los que comulgan, anuncian la muerte de Cristo y también la propia. Así, los que comulgan se la juegan.

Atentos. La fracción del pan es provocadora. No se puede partir el pan y quedar ilesos. La eucaristía siempre nos debe tocar: o el corazón o las manos o el bolsillo. Porque eucaristía y amor son la misma cosa.

Los hechos de la Pasión y la Pascua se prolongan y repiten. Jesús sigue siendo rechazado, pero también sigue siendo glorificado. No terminan de condenar a Jesús, pero él sigue resucitando y perdonando.

Hoy no pedimos la muerte del Justo, pero consentimos la muerte de muchos justos.
No asesinamos al autor de la vida, pero no defendemos suficientemente la vida, aunque sea todavía una vida en flor.
No condenamos al Inocente, como hizo el Sanedrín, pero nos lavamos las manos, como Pilato, cuando muchos inocentes son condenados.
No perseguimos al Santo, pero le presentamos oportunidades para que se santifique más.
No pedimos la libertad de Barrabás, pero aceptamos estructuras que legitiman a muchos descendientes de Barrabás.

Testigos

Claro que las semillas pascuales siguen dando fruto. ¿Quién puede contar los testigos de la Resurrección, los que iluminan la noche del mundo, los que abren horizontes de esperanza?
Son testigos pascuales los mártires, los misioneros, los contemplativos, los que no pierden la sonrisa en los sufrimientos.
Son testigos de Jesús resucitado los que perdonan, los que se comportan como el Cireneo, los que tienden la mano al caído, como el samaritano.
Son abanderados de la Pascua los voluntarios, los que defienden a los pobres y denuncian las injusticias de los ricos.
Son trabajadores de resurrección los que defienden la vida, los que dan vida, los que son capaces de ir muriendo para que otros vivan.
Son sembradores de esperanza los que desactivan o entierran las armas, los que construyen puentes para facilitar los encuentros, los que preparan mesas para hacer posible el diálogo.
Son profetas del mundo nuevo todos los hijos de las Bienaventuranzas.

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