Pascua una manera nueva de ser, de estar y de vivir

violínPaulo Coelho cuenta una historia que él mismo toma del Internet. El Washington Post quiso hacer una experiencia. Y se aprovechó del gran violinista Joshua Bell. Este se puso a la entrada del metro de Washington, durante 45 minutos, tocando con su violín piezas clásicas como las de J. S. Bach. Y el violín era nada menos que un Stradivarius cuyo precio oscila por los tres millones quinientos mil dólares.
Y puso un sombrero en el suelo. La gente pasaba y nadie le prestaba atención. Algún niño que se sentía sorprendido y peleaba con sus papás para que le dejasen estar un ratito más. En total consiguió, durante 45 minutos, 32 dólares. ¡Y pensar que Bell acababa de dar un concierto en Boston donde las entradas constaban la friolera como mínimo de unos 100 dólares. Pero como aquí era un desconocido y no cobraba y no había carteles publicitándolo, pasó por un desapercibido, un mendigo cualquiera.
¡Cuánta verdad hay en esta historia! Valoramos las cosas, no en sí mismas, sino por todo el adorno que les ponemos. Pagaríamos cien dólares por entrar a uno de sus conciertos. Y no nos detenemos a escucharlo si se sienta a la entrada del metro de Washington. El violinista es el mismo. El violín es el mismo. La música es la misma. La presentación es diferente. El lugar es diferente. Y los que pasan a su lado también pasan indiferentes.
¿No es esto lo que nos sucede con las personas?
¿No es esto lo que nos sucede cuando nos cruzamos con los demás?
Nos fijamos más en el lugar donde vive que en la música de su vida.
Nos fijamos más en los carteles de propaganda que en la persona misma.
Nos fijamos más en el traje que llevan que en el individuo que va vestido.
Nos fijamos más en las apariencias que en la verdad de la gente.
Si Jesús hubiese contratado una Compañía de publicidad para que hiciese la campaña de su resurrección, de seguro que todo el mundo iría a ver el espectáculo, incluso si hubiese que pagar caro. Pero como resucitó sin que nadie se enterase y resucitó siendo todavía muy de madrugada, debió de resucitar solo.
Los mismos discípulos, a pesar de haber sido avisados, no se lo creyeron, y pasaron toda la mañana de Pascua en corridas y dando vueltas a un sepulcro vacío. Tampoco a ellos les fue fácil reconocerle vivo cuando todos lo habían visto muerto y lo habían enterrado. La resurrección fue un acontecimiento anónimo, hasta que El se presenta en medio y les muestra las señales de su identidad.
Yo me preguntaría ¿y en qué consiste también para nosotros la Resurrección de Jesús? Yo diría que en la capacidad de ver más allá del sepulcro vacío.
Diría que para nosotros el mejor signo o señal de que creemos en la Resurrección de Jesús está en saber mirar al otro lado de la realidad…
En reconocer al famoso violinista Bell, aunque esté sentado como un mendigo a la entrada del metro.
Es reconocer que detrás de ese hombre o esa mujer mal vestidos se esconde un hijo de Dios.
Es reconocer que detrás de cada hombre y mujer se encarna nada menos que el mismo Jesús.
Es reconocer que detrás de cada persona desconocida que se nos cruza en la calle, existe un hermano o hermana nuestros.
Es reconocer que detrás de cada hombre y mujer hay un prójimo al que tengo que acercarme. O como decía Benedicto XVI: “mi prójimo es cualquiera que tenga necesidad de mí y que yo pueda ayudar”.
La Pascua es un encuentro con el Resucitado. Pero es también:
Una manera nueva de ser, de vivir, de estar en la vida.
Una manera nueva de ver y de mirar.
Una manera nueva capaz de transformar lo que vemos.
Una manera nueva de pasar los unos al lado de los otros.
Una manera nueva de detenernos ante los demás y no pasarnos de largo.
Es una manera nueva de escuchar y valorar la música que emite cada vida.
Si nos dijesen que mañana llega Jesús en avión privado y nos va a ofrecer un concierto de violín por Pascua, todos saldríamos a recibirlo y compraríamos a tiempo nuestras entradas. Pero, como cada día toca su música pascual con el violín de nuestras vidas, ni nos enteramos. Como cada día toca su Stradivarius en la vida de cada hombre, no sabemos reconocerle. Y la Pascua es precisamente eso: ver al otro lado de las cosas, al otro lado del sepulcro, al otro lado de la muerte. Ver que el muerto vive. Ver que los hombres y mujeres son hijos de Dios y hermanos míos.

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