Pensamientos de camino a la Pascua

1.- «Sentaos aquí, mientras yo hago oración» (Mc 14, 32)
Lo divino no excluye lo humano. Como lo humano no estorba a lo divino. La oración no es ruptura con la realidad que nos rodea. Oramos con nuestra realidad al lado. Orar no es olvidarnos de la realidad humana de los hombres. No se ora al Padre en abstracto, sino desde nuestro mundo personal concreto. De esa manera, lo humano entra en comunión con Dios. Y Dios entra en comunión con nuestra condición humana.

2.- «Y comenzó a sentir pavor y angustia». (Mc 14,33)
No siempre los momentos de oración son momentos de tranquilidad, paz y gozo espiritual. Es un error buscar la oración como refugio para sentir el calorcillo del fervor y de la presencia de Dios. Dios también se revela en nuestros miedos y hasta en nuestras angustias.
Jesús experimentó lo uno y lo otro.
Tuvo miedo y hasta la angustia se apoderó de su corazón. Sentirse solo frente al momento decisivo.

3.- «Mi alma está triste hasta el punto de morir». (Mc 14, 34)
Con frecuencia la tristeza nos aplasta, nos hunde espiritualmente. La tristeza nos lo hace ver todo negro. El alma de Jesús sintió la tristeza como nadie. Una tristeza tan honda, capaz de causarle la muerte. Su muerte tampoco tenía más luces que la nuestra. La sabe necesaria, pero, ¿no ver nada? ¿sentirlo todo como un absurdo? ¿Qué luz puede haber en la muerte de una madre sentenciada por el cáncer y con hijos chiquitos que aún la necesitan? También Jesús pasa por esos absurdos humanos que son parte de la lógica divina.

4.- «Padre, todo es posible para ti; pasa de mí este cáliz. Pero no sea lo que yo quiero sino lo que tú quieras». (Mc 14, 36)
¿Llamar a Dios «Padre» cuando todo el espíritu se ha nublado de angustia y tristeza mortal? Y Dios sigue siendo Padre, aún cuando el alma se muera de asco y de vacío y sin sentido. La verdadera fe consiste en llamarle a Dios «Padre» cuando todo se hace noche en el alma.

5.- «Simón, ¿duermes? ¿ni una hora has podido velar conmigo?» (Mc 14, 37)
Dormirse mientras otros luchan y sufren. Dormirse, mientras otros se mueren de angustia y de tristeza. Dormirse… ¿para no ver la realidad? Dormirse… ¿para no enterarse de las cosas? Dormirse… ¿para poner distancia entre nosotros y los hermanos que sufren? Podemos estar cerca de los demás y estar a la vez muy lejos de ellos. Se puede estar a su lado y nuestro corazón sentirse extraño a sus vidas. Se puede estar al lado mismo del que sufre y nuestros ojos cerrarse para no ver su dolor y no sentirnos comprometidos con él.

6.- «Volvió otra vez, y los encontró dormidos, pues sus ojos estaban cargados. Ellos no sabían qué contestarle». (Mc 14, 40)
Jesús, en su tristeza y angustia, sigue sintiendo la necesidad de la compañía humana. La presencia de los amigos no evita el dolor, pero lo hace más llevadero. La compañía de los otros no impide el sufrimiento del alma, pero lo humaniza. A Jesús aún sus amigos más cercanos le fallan. El cansancio de sus almas es más grande que su capacidad de presencia.
«No sabían qué contestarle». ¿Qué podremos decirles a nuestros hermanos los hombres cuando acuden a nosotros y nos mostramos fríos, indiferentes, ajenos y extraños a sus problemas? ¿Qué podemos decirles a los hombres que vienen a nosotros en espera de ayuda, de una palabra de consuelo, de una hora de nuestro tiempo y encuentran como única respuesta nuestra apatía y nuestra indiferencia?

7.- «…cuando de pronto se presenta Judas, uno de los Doce». (Mc 14, 43)
Mientras los amigos se adormecen, Judas anda despierto en sus negocios. Mientras los amigos duermen, Judas está bien despierto. Pareciera que treinta monedas son más importantes que la presencia amiga que consuela al que sufre. ¿Por qué será que el corazón humano está siempre más atento a los negocios del bolsillo que a los valores del espíritu? ¿Por qué seremos capaces de pasarnos la noche en vela para ganarnos unas monedas y luego no tenemos ni una hora de tiempo para dedicársela al que está enfermo, al que sufre, al que se debate en tristeza de agonía? El mundo no anda mal por culpa de los malos sino porque los buenos dormimos demasiado.

8.- «¿Judas, con un beso entregas al Hijo del hombre?» (Lc 22, 48)
La traición se viste con un beso. La mentira se camufla con la verdad. El engaño se presenta con traje de amistad. El mal nunca presenta su propio rostro. Pero el mal tiene suficiente malicia como para utilizar el bien para sus propios camuflajes. El corazón humano tiene muchas maneras de disimular sus sentimientos. La mentira tiene muchas maneras de aparentar ser verdad. La traición tiene muchas maneras de justificarse.

9.- «Señor, ¿herimos a espada?» (Lc 22, 49)
Preferimos golpear a amar. Preferimos la fuerza al amor. Preferimos la violencia a las exigencias del corazón. Cuando no se ama, nuestro mejor recurso es la fuerza y la violencia. Cuando el corazón no ama lo único que nos queda es la espada. El mundo tiene demasiadas espadas. Y necesita más corazones. El mundo tiene demasiada violencia. Y necesita de más corazones. Porque un mundo sin corazón es un mundo frío.

10.- «se lo llevaron y le hicieron entrar en casa del Sumo Sacerdote». (Lc 22, 54)
La vida de Dios en manos de los hombres. Dios corre tremendos riesgos cuando cae en manos de los hombres. El hombre puede sentirse seguro en las manos de Dios. Pero Dios está muy inseguro en las manos de los hombres. Las manos de Dios bendicen. Las manos de Dios se abren para recibir al hombre herido. Las manos de los hombres atan, aprietan, golpean, maltratan. No importa que se trate de Dios. Es peligroso caer en las manos de los hombres. Las manos de Dios invitan. Las manos de los hombres arrastran.

11.- «Pedro iba siguiendo de lejos hasta el Palacio del Sumo Sacerdote». (Mt 26, 58)
Jesús lo invitó un día a seguirle de cerca. Pero en la Pasión, Pedro prefiere la propia seguridad y le sigue de lejos. Suficiente para ver lo que pasaba, pero a la vez, manteniendo una zona de seguridad que no le complicase la vida. Justificar la conciencia de no abandonarle. Pero también conservando la distancia suficiente para no verse inmiscuido en el problema. Es preferible hablar de los pobres que acercarse a los pobres. Es preferible hablar del dolor de los demás que acercarse a ellos y compartir sus penas. Siempre lo suficientemente cerca para sentirnos bien con nuestra conciencia. Pero también lo suficientemente lejos para que el dolor de los demás no nos toque.

12.- «Mujer, no le conozco». (Lc 22, 57)
Pedro, sé sincero. ¿No le conoces? ¿Nunca le has visto ni nunca has hablado con Él? ¿Por qué te mientes a ti mismo? ¿Por qué te quieres engañar a ti mismo? ¿Por qué quieres disimular tus propias debilidades? En ti la fuerza se hace debilidad. La valentía se hace cobardía. ¿Recuerdas, Pedro, lo de la espada? Es tan fácil engañarnos a nosotros mismos con nuestras medias verdades… Es tan fácil justificar nuestras cobardías con nuestras ignorancias…

13.- «los hombres que le tenían preso se burlaban de Él y lo maltrataban». (Lc 22, 63)
Los hombres nos parecemos todos unos a otros. Los de arriba humillan a los de abajo. y los de abajo humillan a los de más abajo. Quienes hoy maltratan a Jesús se sienten cada día maltratados por sus jefes. Pero ahora han encontrado a alguien que está todavía más abajo que ellos. Y se divierten burlándose de él y maltratándolo. Siempre hay alguien que es menos que uno. Siempre hay alguien en quien podamos revelar la pequeñez de nuestro corazón. Todos nos sentimos grandes delante del que es menos que nosotros.

14.- «¡Adivina! ¿Quién te ha pegado? (Lc 22, 64)
Qué fácil es taparte los ojos, Señor, y luego golpearte… No nos atrevemos a golpearte con los ojos abiertos. Nos divertimos más tapándote los ojos. Preferimos que seas adivino. Te golpeamos en nuestros hermanos, para que luego adivines quién ha sido. Te vendamos los ojos, para que no nos veas. Así nos sentimos más libres. Nos divertimos jugando contigo. Nos vendamos los ojos a nosotros mismos con el cuento de que creemos en ti, para así sentirnos más libres, para hacer lo que nos viene en gana. Preferimos apagar la luz para justificar nuestros tropiezos con la vida.

15.- «Vosotros lo decís: Yo soy». (Lc 22, 70)
Todo el tiempo has estado callado. No has dicho ni palabra. Han desafiado tu sensibilidad y tú has guardado silencio. Te prendieron y callaste. Te arrestaron y callaste. Se burlaron de ti y callaste. Sin embargo ahora ya no puedes callar. Tú quieres jugar limpio. Ahora está de por medio la confesión de tu identidad. Y ahí el silencio no sirve. Hay momentos en la vida en los que la mejor palabra es el silencio. Y hay momentos en los que el silencio es culpable. Hay momentos en los que no podemos callar. No se puede callar cuando el silencio pueda significar una cobardía culpable. No puedo callar cuando debo confesar mi identidad bautismal. No puedo callar cuando mi hermano sufre injusticia.

16.- «Los Judíos no entraron en el pretorio para no contaminarse
y poder comer el cordero de Pascua». (Jn 18, 28)
Señor, ¿nos creemos que somos originales? Tenemos miedo a contaminarnos entrando en casa de un hombre pagano, pero no tenemos miedo a contaminarnos con tu muerte. Tenemos miedo a ensuciarnos entrando en casa de un pagano, pero no tenemos miedo a ensuciarnos pidiendo sentencia de muerte contra ti. Podemos comer el cordero pascual sometiéndote a ti a nuestras esclavitudes, pero no podemos comerlo si pisamos tierra pagana. Podemos comer el cordero pascual haciéndonos responsables de tu crucifixión y muerte, pero no entrando en contacto con los malos. Podemos comer el cordero pascual matándote, pero no podríamos comerlo si te reconociéramos inocente. Matar al hermano no mancha… Dejarlo morir de hambre no mancha… Crucificarlo con nuestras injusticias no mancha …. ¡Cuánta falsedad, Señor!

17.- «Tomadle vosotros y juzgadle según vuestra ley» (Jn 18, 31)
Ya ves, Señor, te llevan como pelota de ping pong. Te llevan de un tribunal a otro. Nadie encuentra nada que justifique tu condena. Sin embargo, todos empeñados en condenarte. Nadie tiene razones para hacerlo. Pero, ¿de qué sirven las razones cuando ya el corazón ha dictado sentencia? ¿De qué sirven las leyes cuando otros intereses están de por medio? ¿No dicen por ahí que «hecha le ley, hecha la trampa»? Muchos que según la ley debieran estar libres ¿no están condenados por eso de la trampa? Y lo peor, Señor, nadie quiere asumir la responsabilidad. Todos te quieren ver muerto, pero todos piden que sean los otros los que te condenen.

18.- «Nosotros no podemos matar a nadie». (Jn 18, 31)
Claro, nosotros no podemos matar a nadie, pero sí podemos hacer que otros maten por nosotros. Nosotros no podemos matar a nadie, pero sí exigimos que otros maten por nosotros. Nosotros no queremos ensuciarnos con tu sangre, pero exigimos que otros se ensucien y se manchen. Es nuestra disculpa de siempre. Salvar nuestra inocencia aunque sea ensuciando la vida de los demás.

19.- «Todo el que es de la verdad, escucha mi voz». (Jn 18, 37)
Señor, ya lo has visto. Nadie te cree. Pilato no se cree a sí mismo. No cree tampoco en la sinceridad de los que te acusan. Pero tampoco te cree a ti. Dudamos de nosotros. Dudamos de los demás. Y dudamos de ti. Ya lo ves, al fin nadie cree con la cabeza. Todos creemos o no creemos con el corazón. Pero para que el corazón crea de verdad necesita de mucha sinceridad. No cree el corazón enredado en la mentira. No cree el corazón enredado en sus propios egoísmos. No cree la cabeza cuando no cree el corazón. Y no cree el corazón cuando falta sinceridad en el corazón.

20.- «¿Qué es la verdad?» (Jn 18, 39)
¿Qué es la verdad? Pregunta demasiado por la verdad quien no busca la verdad. Pregunta demasiado por la verdad quien no está dispuesto a aceptar la verdad. Pregunta demasiado por la verdad quien tiene miedo a la verdad. Demasiado sabemos de la verdad, pero es preferible enredarse en preguntas. Es más fácil preguntar por la verdad que abrirse a la verdad. Hacemos demasiadas preguntas cuando no estamos dispuestos a aceptar las respuestas.

21.- «Ningún delito encuentro yo en él». (Jn 18, 38)
En tu Pasión, Señor, todo parece estar en contra tuya. Todos se hacen acusadores tuyos. Pero tú tienes tu luz propia. Tú no eres de los que necesitan la confesión de los demás para brillar con tu propia luz. En medio de todas esas tinieblas de intereses personales y de mentiras, tú brillas como una luz que la mentira de todos no puede apagar. La verdad brilla, aún en medio de la mentira, como la luz brilla en medio de la noche.

email
It's only fair to share...Share on FacebookTweet about this on TwitterShare on Google+Print this pageShare on LinkedInEmail this to someone

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *