Personajes de la Pasión

Coronado de espinasPERSONAJES DE LA PASIÓN

Tiene algo de desafío aproximarse a los que vivieron la pasión de Jesús “con él”. Es otra forma de “mirar” estos días. Es un intento de zambullirse en una realidad densa y provocadora. Es atreverse a asomarse a las contradicciones, temores y al valor de “LO CRISTIANO” en la encrucijada, en el punto límite, en su radicalidad más firme…

Esta Semana os invitamos a caminar con esas figuras. Hombres y mujeres que buscaron, atacaron, creyeron, lloraron, sufrieron o “resucitaron” con Jesús. Como nosotros estamos llamados a hacer. Os invitamos a pasar un rato cada día de esta Semana Santa “dialogando”.

Caifás, “El escandalizado”

¿Qué pasa, Caifás? ¿Por qué estás tan enfadado con Jesús? ¿Por qué perseguirle a muerte? ¿Por qué vas a forzar a Pilatos para que le condenen? ¿Por qué te sientes tan amenazado?

Caifás es piadoso, cumplidor, tan perfecto… ¿Por qué este Jesús era tan peligroso para él? Tipos extraños con pretensiones mesiánicas había muchos. De vez en cuando surgía alguno de esos personajes pintorescos que pronto pasaban al olvido. Pero este Jesús era distinto. Amenazante porque cuando hablaba la gente se sentía tocada en lo más hondo. Amenazante porque el Dios que proponía no exigía una ley, no distinguía puros e impuros, hablaba de “perdón” y no de “castigo”. Caifás tuvo miedo. Miedo del cambio. Miedo de una verdad que haría tambalearse demasiadas cosas. Miedo de tener que mirar a la gente de igual a igual, y no desde arriba. Miedo de un Dios que no cupiese en los límites cómodos de un libro. Tal vez miedo de VIVIR… Y ante esa verdad desnuda y nueva, se rasgó las vestiduras escandalizado.

“Los que prendieron a Jesús le llevaron ante el Sumo Sacerdote Caifás, donde se habían reunido los escribas y los ancianos”.

¿Cuántas veces nos escandalizamos nosotros por cambios, por reformas, por propuestas que pueden desinstalarnos? “¿A dónde vamos a ir a parar?” dice mucha gente ante nuevos planteamientos… ¿Qué va a pasar con la “tradición”, con lo que siempre se ha hecho?
¿Tal vez no estaría de más contemplar, una vez, de nuevo, la verdad desnuda de un Jesús que abraza a todos, que se ríe de los que se autodenominan perfectos, que habla de un Dios que es padre?

Juan, “El amigo”

Juan, amigo. Vaya semana te espera. Subir a Jerusalén en un contexto hostil. Temiendo perder a Jesús, pero no queriendo dejarlo atrás. Recostarás tu cabeza en el regazo de tu amigo en la cena. Te dormirás en el huerto. Le verás prendido y, como todos, huirás. Luego volverás, y aguantarás, en pie, ante la cruz, perplejo, dolido… Y después, ¿qué?

Juan no es perfecto. Como ninguno de nosotros. Pero ama. Y porque ama, busca. Es amigo, y como tal quiere al otro, aunque no siempre sepa hacer lo correcto. Es amigo, aunque no héroe. Capaz de dormirse sin percibir el dolor que acongoja a Jesús, sí, pero también capaz de desafiar el miedo, a los soldados y a lo que sea para no dejarle morir sólo, en un madero, sin ver un rostro conocido. Juan esta semana se va a ver enfrentado con el fracaso, el dolor y la pérdida.

“Junto a la cruz estaba su madre… y junto a ella el discípulo a quien amaba”

¿No es mejor amar, aunque a veces duela, que encapsularse? ¿No conviene estar un poco a la intemperie, un poco abierto a otros? ¿No?
¿Qué retos me plantea a mí la amistad, o el amor, o la gente de mi vida?


Judas, “el triste”

Lo siento de veras, Judas. Creo que cometes un error terrible. ¿De verdad crees que lo de Jesús es un engaño? ¿De verdad te sientes tan defraudado? ¿No ves que su propuesta de cambiar las cosas tiene mucha más hondura y es más subversiva que la violencia o el odio?

Posiblemente esperaba un “Mesías” al uso. Libertador, guerrero, fuerte… con la fuerza de las armas. Pero cuando quisieron hacerle rey no se dejó. Cuando las masas le seguían no las convirtió en muchedumbres enfervorizadas… Judas es, posiblemente, otra víctima de esta historia. Víctima de sus propias expectativas. Víctima de su ceguera. De su incapacidad para descubrir el nuevo rostro de Dios anunciado en Jesús. De una vaga confianza en las instituciones judías, y de una extraña fe en la violencia como camino.

“El llamado Judas, uno de los Doce, iba el primero, y se acercó a Jesús para darle un beso.”

¿Qué nos dice Judas hoy? ¿Cómo soluciono los conflictos? ¿Cómo afronto los desengaños? ¿Cómo asumir la realidad que no me convence sin querer destruirla?

Pedro, “El bocazas”

Te vas a dar un batacazo, Pedro, de esos que transforman una vida. Por impulsivo, por tener el corazón más grande que la cabeza, porque hasta ahora no has dado demasiado tiempo a que estos años transcurridos con Jesús vayan calando hasta lo más hondo. Pero no te preocupes, en una noche muchas cosas se ponen en su sitio, y lo que no ha calado hasta ahora va a derramarse a borbotones en tu interior.

No es buena voluntad lo que le falta a Pedro. Siempre impulsivo, siempre dispuesto, siempre presto a dar una respuesta inmediata; dejar las redes, seguirle, gritar con la boca bien grande: “yo no te fallaré”, o “jamás dejaremos que mueras en cruz”. En la noche del juicio, tras negarle tres veces, a Pedro le toca aprender de golpe dos lecciones tremendas: Primero, él mismo, Pedro, no es el gran héroe que soñó. No es el “mejor” ni el “más grande” de los discípulos. Es débil, frágil, limitado, asustadizo… hasta la traición del amigo. Es la flaqueza la que nos abre a otros. Segundo, a partir de este momento, menos grandes palabras, y más hechos sencillos.

Pedro dijo: “Señor, estoy dispuesto a ir contigo hasta la cárcel y hasta la muerte”

¿He experimentado la propia limitación, fragilidad, miseria… hasta el punto de poder comprender las flaquezas ajenas?
¿Qué me da miedo en el seguimiento de Jesús?
¿Cuál es la relación entre mis palabras y mis hechos? ¿Soy de los que hablan mucho desde cómodas poltronas, o de los que ya saben que la palabra se hace carne, carne frágil, pero carne?

Pilatos, “el ciego”

Lo sabes, ¿verdad? Sabes que es inocente. Estás acostumbrado a tratar con canallas agresivos, con asesinos, con gente desesperada capaz de cualquier cosa. Así que este Jesús, que te habla con firmeza, que en su desnudez golpeada tiene más majestad que muchos senadores romanos, y que habla de un reino que no es político, te convence.

Pilatos es un icono que podríamos tener en la mesilla de noche, para recordarnos que las buenas intenciones no son nada sin poner los medios, especialmente cuando los tenemos. En su mano está hacer justicia, pero sucumbe a las amenazas: “tu prestigio”, “tu posición ante Roma”, “tu provincia…” En el fondo Pilatos cede a un chantaje. “Crucifícalo o prepárate para que la región se convierta en un polvorín”. “Cierra los ojos si quieres, lávate las manos, carga sobre nuestras conciencias su vida, pero condénalo.” Y Pilatos lo hace. Cierra los ojos, se lava las manos, opta por lo conveniente y olvida lo esencial, opta por lo presente y olvida lo que no tiene momento, y sigue adelante con su vida.

Salió entonces Pilato, fue hacia ellos y dijo: “¿Qué acusación traéis contra este hombre?”

¿No es, tal vez, lavarse las manos, la tentación más fuerte hoy? No se puede hacer nada. El mal me desborda: es estructural. ¿Qué voy a hacer yo contra el hambre, la guerra, la injusticia, el deterioro del planeta? No está en mi mano hacer nada. Yo vivo y me lavo las manos. ¿Seguro?

María, “la esperanzada”

María, vaya vida la tuya. Cuando dijiste: “Hágase”, ¿pensabas en esto? Sospecho que no, aunque también sospecho que igualmente hubieses aceptado. No caben muchas palabras ante tu imagen esta semana: una madre rota, el dolor atravesado de ver a un hijo destrozado; y, sin embargo, seguir ahí, al pie de la cruz, esperando…

María es el prototipo de la mujer del sábado santo, capaz de esperar en la hora del silencio. Capaz de mantener la esperanza en ese tiempo intermedio, entre la noche oscura y el amanecer radiante… De María no nos constan grandes palabras ni discursos, ni elaboradas profecías. Sólo sabemos que estuvo ahí, siempre… Y así nos habla de algunas dimensiones vitales que hoy siguen siendo imprescindibles: la aceptación, la firmeza, el silencio fértil, la valentía, la aceptación (sin regodeo) de lo que la vida tiene de cruz, y la fe en la promesa de lo que aún ha de llegar.

“…perseveraban en la oración con un mismo espíritu, en compañía de algunas mujeres, y de María, la madre de Jesús…”

¿En qué le he dicho yo a Dios: “Hágase”?
¿Qué tal ando yo de todo eso? ¿Firmeza? ¿Acogida? ¿Silencio fértil? ¿Valentía? ¿Cruz?
¿Qué espero?

María Magdalena, “La fiel”

Vaya, Magdalena… la del corazón roto. La que no se esconde al final, digan lo que digan los judíos o los romanos. La que, viendo a Jesús roto, te rompes un poco tú. Porque le quieres, porque con él has vivido el perdón, la dignidad profunda y te has sentido parte del círculo de quienes han compartido su vida, sus días de camino y sus proyectos de Reino.

Sobre María Magdalena se habla mucho. En ella se “unifican” tantas Marías de los evangelios: que lloran a los pies de Jesús, que son perdonadas por su pecado, que le siguen sin fisuras. Hay quien quiere ver en ella a una mujer enamorada, ¿y quién no, de alguien como Jesús? Es la que también ha sentido cada golpe como propio, y ante la cruz se ha visto morir un poco. Es la que, en la hora más oscura, del fracaso y el dolor, sigue dispuesta a dar la cara y a defender aquello en lo que ha creído. Y tal vez por eso, es la primera que va a descubrir al Jesús vivo.

“El primer día de la semana va María Magdalena de madrugada al sepulcro cuando todavía estaba oscuro…”

¿A qué o a quién soy yo “fiel” en mi vida?
¿Dónde se pueden vislumbrar destellos del Dios vivo?
¿De alguna manera el evangelio es para mí fuente de dolores y de alegrías?

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