Piedra filosofal

Piedra filosofalCuando alguien preguntó a Nikos Kazantzakis por qué amaba tanto a san Francisco, respondió: «Lo amo porque su alma, a fuerza de amor, ha vencido a la realidad». San Francisco había encontrado el secreto para transformar el metal más vil en oro puro. Para san Francisco, la ‘piedra filosofal’ no era algo inaccesible, fuera del alcance del hombre; para encontrarla no era necesario quebrantar las leyes naturales: la piedra filosofal era su propio corazón. Así, por este milagro de alquimia mística, es como él ha sometido la realidad, liberado al hombre de la fatalidad y transformado en él toda carne en espíritu.

Hay, efectivamente, dos realidades, una efímera, otra eterna, superpuestas. Y la mayor parte de los humanos sólo ven la más superficial.

Acercaos a un hospital. Entrad en una sala con cinco enfermos afectados de la misma dolencia. Seguramente encontraréis a tres de ellos acorralados por su propia enfermedad. A uno, resignado a ella. A otro, sereno y quizá radiante. ¿Cómo? A fuerza de alma. O preguntaos por qué dos oficinistas que cobran el mismo sueldo viven uno feliz y sin apuros y, por el contrario, al otro no le llega la respiración al cuello.

Y es que, efectivamente, la piedra filosofal existe.

No es ningún sueño romántico. Y es de fabricación casera. ¿Que cómo se fabrica? Cada uno debe encontrar su propia receta. Pero podrían servir algunos de estos consejos:

-El primero y más importante es tener algún gran ideal para cuya consecución lleguen a importar bien poco los fracasos y las dificultades.

Tener fe en el futuro y confianza en la vida. Asumir cada día los problemas de hoy en lugar de ponerse a sufrir anticipadamente por los que podrían tal vez llegarnos mañana.

-Tomar y vivir la decisión de pensar mucho más en lo positivo y bueno que tenemos que en las zonas negras que tendremos que cruzar. Hablar del bien; no revolver los residuos de los fracasos.

Creer descaradamente en el prójimo y preferir ser engañado una vez por él a pasarnos toda la vida desconfiando de todos (con lo que seremos perpetuamente engañados).

Dedicarse más a los problemas del prójimo que a los propios. Así se curarán o mitigarán los dos.

Amar sin preguntarse si nos lo agradecerán. Estar seguros de que, a la larga, incluso en este mundo el amor acaba funcionando y también nos querrán más de lo que merezcamos.

Despertarse cada mañana como recién nacidos.

Colgar cada noche en el perchero las preocupaciones de ayer y dormir olvidándolas.

Sonreír, aunque no se tengan ganas. Sonreír sobre todo si un día se debe decir algo amargo

Aprender de los niños, aprender de los santos.

Dar tiempo al tiempo, sabiendo que las frutas maduran lentamente.

No ser demasiado ambiciosos. Querer pocas cosas, pero quererlas apasionadamente.

Recordar al menos cuatro o cinco veces al día que tenemos alma y alimentarla tanto como al cuerpo por lo menos.

Hacer, si se puede, un trabajo que amemos. O si no, al menos amar lo que tenemos que hacer.

Descubrir que casi siempre los disgustos que nos llevamos son mayores que los motivos que los causaron.

-Recordar que, a fin de cuentas, todos los trucos son trucos y sólo sirven para ir descubriendo que será la gracia de Dios la que nos hará felices, porque ésa y no otra es la piedra filosofal.

email
It's only fair to share...Share on FacebookTweet about this on TwitterShare on Google+Print this pageShare on LinkedInEmail this to someone

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *