Pirómanos del alma

IncendioEstos días, cuando los periódicos están llenos de heridas que cuentan incendios forestales, llagas que se abren en la piel del planeta por efecto del fuego devastador, me he preguntado ya varias veces por qué nadie parece, en cambio, preocuparse por los otros pirómanos, los pirómanos del alma. Porque también muchas almas se abrasan por efecto de: la maldad de algunos o la frivolidad y el descuido de otros.

Me pregunto qué sentiría yo si, un día, al leer el periódico descubriera que se ha quemado el bosque donde yo estuve, tal vez, ayer con unos amigos. Encendimos quizá el fuego para asar esas ricas chuletillas que no sé quién había llevado. Cantamos, reímos, bebimos, tal vez, en torno al fuego. Y luego antes de irnos, claro, claro, lo apagamos.

Pero con esa dulce alegría que da el vinillo tras la hermosa excursión. ¿Lo apagaríamos bien? No sé, hoy leyendo el periódico ya no estoy seguro. Quizá no medimos bien la dirección del viento. Quizá no comprobamos si el rescoldo quedaba caliente. ¿Fue tal vez nuestro fuego el causante? Me gustaría tranquilizarme pensando que ayer en ese bosque hubo otros diez mil excursionistas y que fueron cientos las hogueras como la nuestra.

¿Por qué habría de ser «precisamente» esa la que causara el fuego? Ya no lo sabría nunca. Me aterrarían las fotografías de la tierra calcinada, pero nunca sabría qué precipitación, qué frivolidad fue la causante.

Lo extraño es pensar que esto nos ocurre a diario en los bosques del alma y nadie se preocupa. La palabra de los hombres es una hoguera. Y la encendemos sin preguntarnos lo que puede quemar. Nos hemos reunido un grupo de amigos o de amigas; charlamos, reímos, tal vez bebemos. Y, casi sin saber por qué, la conversación se desliza hacia una persona ausente. «¿Sabéis lo de fulanito?» Y el rumor (o la mentira, o la calumnia) se desliza por nuestra boca. Como presumimos de buenos, nos apresuramos a añadir: «Yo, la verdad, no me lo creo. Pero eso es lo que me han contado.» Y sonreímos. No tiene importancia. Es un rumor. Una broma.

Luego nos vamos a nuestra casa. ¿Qué hará el viento con esa chispa que hemos encendido, que hemos mal apagado? ¿Hacia dónde correrá ese rumor, ampliado tal vez por quienes lo escucharon? ¿Crecerá hasta abrasar el alma del interesado?

Yo he visto en el mundo y en los periódicos muchos bosques quemados. Pero he visto muchas más almas abrasadas por la maledicencia. He conocido más personas hundidas por un rumor o una calumnia, gentes encerradas en la amargura o en la soledad por los frívolos comentarios de quienes las rodean.

Un día decimos: «Fulanito está raro, triste, huidizo, encerrado en sí mismo.» Y nadie se pregunta si aquel comentario, aquella broma entre amigos y vino, podría ser el causante de ese bosque arrasado.

Y es que un rumor, una broma mal medida pueden prender fuego en un pastizal. ¿Y quién detiene el fuego cuando el viento lo aviva?

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Un pensamiento sobre “Pirómanos del alma”

  1. ¡ Oh, llama de amor viva! ¡Oh, mano blanca!
    ¡Oh, toque delicado! , que a vida eterna sabe…
    ¡Cuán delicádamente me enamoras!
    SAN JUAN DE LA CRUZ FOR EVER.

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