Ponerse de rodillas

Epifanía 5Ya en otras ocasiones he comentado que hay pasajes de esos que casi te sabes de memoria, que has leído y escuchado como se proclamaban una y mil veces… y de repente, un día, hay algo que te llama la atención, que nunca habías caído en la cuenta de ello y sin embargo hoy te sorprende… y eso me ha pasado hoy en el Evangelio. Y sobre ello quisiera llamar vuestra atención en este día de fiesta.
Cuenta el Evangelio que aquellos sabios de Oriente llegaron hasta donde estaba el Niño, y cayeron de rodillas ante él. No dice que se arrodillaron, sino que cayeron, literalmente. Es algo que en la vida de los seres humanos pasa muy pocas veces. ¿Cuándo habéis caído vosotros de rodillas? Yo, sólo en dos o tres ocasiones. Alguna vez ante el dolor desbordante que te impide seguir en pie, pero no parece ser ésa la razón por la que caen los Magos. En otra ocasión, recuerdo caer de agotamiento, tras una larga caminata en mis tiempos de adolescencia, de campamento con un grupo; quizás ésta sí que pudiera ser la razón por la que aquellos cayeron ante el niño Jesús… pero me inclino a pensar que cayeron de rodillas por otra cosa. Y ahí es donde me recuerdo a mí, en situaciones de fuerte presencia de Dios en mi vida, casi mirándole cara a cara, sintiéndole muy próximo y, en consecuencia ante Él, sintiendo mi pequeñez… como tantos otros, Abraham, Isaac, Jacob, Moisés… ahí sí que caes de rodillas, sabiéndote pequeño, como el niño que se agazapa en los brazos de su padre, acurrucándote ante Él.
Un viaje como aquel requería alforjas, séquito y empeñar todo lo que se poseía para salir en busca de lo desconocido; se intuía algo grande ante la aparición en el cielo de aquel signo. Pero más grande que el nacimiento de una estrella, mayor que el prodigio de que aquella luz en el firmamento les guiase, estaba la presencia de un niño ante el que reconocer a ese Dios grande que se hace pequeño. Para la Iglesia de Oriente hoy es el día de la Navidad, el día que Jesús se manifiesta como la Luz del mundo, el día que Dios eligió para manifestarse a todos los hombres a través de la pequeñez del hijo de María. Y hoy, a pesar de los excesos que han traído todos estos días pasados, en una jornada marcada por la ilusión infantil de los regalos, a mi se me ocurre una invitación: la de caer de rodillas.
¿Y por qué hacerlo? Porque cuando aquellos hombres se levantaron ya no eran los mismos. Arrodillarse puede parecer un gesto servil, pero en ocasiones es un gesto de humildad. Implica bajarse del podio al que nos subimos constantemente, creyéndonos los mejores, los más sabios, los más hermosos, los más perfectos. De rodillas pides compasión, ayuda, clemencia, comprensión, misericordia. Y levantarse es poder de nuevo estar de pie habiendo pasado por la experiencia de la pequeñez. Además, ponerse de rodillas ante aquel niño era dejar paso en la propia vida a la ternura, a la grandeza que está no en saber más, ni ser más fuerte, sino la de ser humano, y por eso, profundamente imagen de Dios. Y arrodillarse ante aquel niño era, sin más dejarse deslumbrar. Cuando a uno le da la luz, parece que todo en su vida se vuelve más luminoso, y que esa luz se transmite. A todos nos parece que quien ha tomado el sol se muestra con un aspecto más vital, más saludable… y a eso nos invita la celebración de Epifanía.

“CAYENDO DE RODILLAS, LE ADORARON”

El misterio no se discute, ante el misterio uno se arrodilla.
El misterio no se comprende, al misterio se le adora.
Buscaban al Rey de los Judíos
y se encontraron con un Niño en un pesebre.
Buscaban a Dios
y vieron a un Niño.
Buscaban un Palacio Real
y se encontraron con una cueva de pastores.
No entendieron nada.
No comenzaron a discutir.
Se pusieron de rodillas.
Ante Dios la razón tiene que ponerse de rodillas.
Le adoraron.
Ante el misterio de Dios sólo queda la admiración, el estupor.
Cuando se quiere conocer a Dios,
son mejores las rodillas que la razón.
Cuando se quiere entrar en el misterio,
mejor nos detenemos a la puerta y adoramos.
Cuando se quiere encontrar a Dios,
mejor caminamos de rodillas

Y después escuchar: “¡levántate, brilla!” es una invitación para nosotros. Llevamos días adorando al Señor, proclamando en medio de tanto adorno y propaganda que es posible que todos los días es Navidad, que Dios nazca en nuestras vidas e inunde con su luz cada uno de nuestros rincones oscuros. Hoy la Epifanía nos grita que nos levantemos y brillemos, que iluminados por él ahora, como tantas otras veces, seamos espejos que reflejen esa luz suya, y nos levantemos, y vayamos a iluminarlo todo. Individualmente y como Iglesia, que seamos luz del mundo, y no nos cansemos de proclamar a todos que nuestro Dios se manifiesta en las cosas sencillas y tangibles, próximas, a veces tan concretas como un niño que nace, como un gesto infantil de nerviosismo y sorpresa ante unos regalos, como una pequeña luz en el cielo o como cada uno de los gestos que podemos y debemos hacer para meter a Dios en nuestra vida y en la del que tenemos al lado.

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