Pregón de Navidad

Niño JesúsY DIOS SE HIZO NIÑO

Pasad por la puerta estrecha, dice Dios.
Si verdaderamente queréis llegar a mí
no hay más camino que esa pequeña puerta
por la que sólo pasan los niños
y los que se atreven a agachar la cabeza.
El mundo tiene, ya lo sé, otras puertas
-mucho más importantes,
-mucho más ilustres,
-mucho más fosforescentes;
las puertas por las que pasan los «grandes» de este mundo.
Pero no son ésas las puertas de mi reino.

A mi reino se entra por el camino de la sencillez,
no por el del orgullo.
A mi reino se accede por el camino de la alegría,
no por la carcajada.
La puerta de mi casa es estrecha y pequeña,
precisamente porque yo soy grande.
Por eso en mi reino habrá tan sólo niños,
niños de cuerpo o de alma,
pero niños, niños, únicamente niños.

Ya sé que entre los hombres se desprecia el ser niño,
que hasta se considera el mayor lujo haber llegado a adulto,
que todos tenéis unas infinitas ganas de crecer.
Y a mí me parece muy bien que crezcáis,
pero no hacia la tumba.
y los hombres, cuando se os deja solos
crecéis únicamente hacia la estupidez.
Creéis crecer cuando os crece la tripa
o cuando -lo que aún es más grotesco- sólo os crecen
el bolsillo o el bigote.
A eso llamáis crecer.
Pero yo llamo crecer a crecer hacia dentro,
a tener más pureza, a dilatar el alma,
a tener mucho más corazón que repartir.

Ya lo veis, cuando yo me hice hombre
empecé por hacerme
lo mejor de los hombres: un niño como todos.
Podía, naturalmente, haberme encarnado
siendo ya un adulto,
no haber «perdido el tiempo» siendo sólo un chiquillo,
entrar en el mundo como un «hombre de veras»: firmando
cheques y dictando órdenes.
Pero quise empezar siendo un bebé.

¿Podía yo acaso perderme lo único bueno
que queda en este mundo: la infancia de los niños?

Pues yo lo sé muy bien:
lo mejor de este mundo son los niños,
ellos son vuestro tesoro,
la perla que aún puede salvaros,
la sal que hace que el universo resulte soportable.
Yo hago bien las cosas, dice Dios.
Si hubiera hecho la humanidad solamente de adultos
hace siglos que estaría podrida.
Por eso la voy renovando con oleadas de niños,
generaciones de infantes
que hacen que aún parezca fresca y recién hecha.
Fijaos en sus ojos.
Decidme si hay en el mundo algo más hermoso.
Los genios de la ciencia han inventado máquinas,
yo preferí inventarme los ojos de los niños.
Todos los rascacielos no valen su alegría.
Podéis estar seguros:
un político nunca será tan importante como lo es un padre,
a no ser que sea padre él mismo.

¿Adivináis por qué?
Al pasar de los años los adultos os vais volviendo tierra
y oléis tan sólo a tierra.
Pero ellos están frescos,
ellos están oliendo todavía a mis manos de creador artesano.
Por eso queda en ellos ese olor a pureza,
ese olor a esperanza.
En el árbol añoso de vuestra humanidad
van naciendo tallos verdes,
ramitas nuevas, flores,
que son el signo de que el árbol vive.

¿y queréis que yo, cuando me hice hombre,
me privara de esto,
de lo mejor que el mundo ha producido,
de la única cosa entre los hombres que aún se parece a mí?

Me gustaría que descubrierais esto en Navidad al menos.
Me gustaría que, al verme Niño recién nacido,
descubrierais al niño que hay dentro de vosotros.
Que, al ver a cada uno de vuestros pequeñines,
entendierais que, dentro, tenéis vosotros uno.
Que le dejarais libre,
que no lo maniatéis con vuestras importancias,
que no lo envenenéis con el sucio dinero
de vuestras ambiciones,
que descubráis que nunca seréis en vuestras vidas
nada más importante
que el chiquillo que fuisteis y que sois.

Entonces, sí, podréis acercaros a mí,
acercaros al Belén donde sigo naciendo,
y decirme, como dicen los niños, villancicos ingenuos.
Convertíos en niños y venid,
y vivamos, juntos, la verdadera vida.
Venid y no sintáis vergüenza de empequeñeceros.
Por la pequeña puerta de la infancia
se llega hasta el mismo corazón del gran Dios.

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