Proteger la celebración

Eucaristía 3Se publicó hace un tiempo un documento romano que tiene como finalidad «proteger» la celebración litúrgica de la Eucaristía frente a determinados «abusos» en la observancia del ritual. Sin embargo, el mismo documento advierte en su introducción que «la mera observancia externa de las normas, como resulta evidente, es contraria a la esencia de la sagrada liturgia».
No basta observar correctamente los ritos. Nos puede preocupar que no se observe estrictamente la normativa, pero lo que nos ha de inquietar es seguir celebrando rutinariamente la Cena del Señor sin plantearnos una renovación más profunda de nuestra vida. Lo dijo Jesús. Lo decisivo no es gritarle «Señor, Señor», sino hacer la voluntad del Padre. Por eso, hemos de recordar otros posibles abusos.
Es un grave abuso terminar convirtiendo la misa en una especie de «coartada religiosa» que tranquiliza nuestra conciencia, y nos dispensa de vivir día a día en el seguimiento fiel a Jesús.
La liturgia tiene que aterrizar también en la vida de cada día. En la vida fraterna, en el nivel doméstico de nuestras familias y comunidades, y en el más universal de las relaciones eclesiales y sociales.
Es muy hermoso que hagamos genuflexión ante el sagrario. Pero no lo es menos que hagamos genuflexión ante los hermanos, ante el prójimo, respetándoles y amándoles como a Cristo mismo.
Es muy interesante que prestemos suma atención a la Palabra de Dios cuando nos es proclamada. Pero también tiene importancia prestar atención a lo que nos dicen los demás.
Está muy bien que asumamos a veces el papel de sacristanes voluntarios y ayudemos espontáneamente a llevar y retirar del altar lo que se necesite. Pero también es conveniente que nos acostumbremos, por ejemplo, a levantarnos de la mesa en casa para traer y llevar lo que haga falta.
Es muy litúrgico celebrar por todo lo alto las fiestas del calendario que gozan de la categoría de solemnidad. Pero tampoco desentona en absoluto celebrar con la correspondiente fiesta y detalles fraternos los cumpleaños y onomásticos de las personas que nos rodean.
Está bien que todos nos sintamos pecadores a la hora del acto penitencial al comienzo de la misa. Pero eso nos debe llevar a saber pedir perdón puntual y personalmente cuando hemos faltado al hermano.
Es nuestro deber alabar a Dios y cantar su gloria. Pero también podrían mejorar nuestros comentarios en relación con las personas, sobre todo si no nos caen demasiado bien.
Seguro que ponemos cuidado en respetar todas las normas de la buena celebración litúrgica. Pero tendremos que cuidar también las normas del trato fraterno y de la buena educación.
Aprovechemos todo el margen de creatividad pastoral que permiten los libros litúrgicos para animar las celebraciones. Y luego, aprovechemos también todas las posibilidades que brinda el sentido común y el amor a los demás para animarles cuando están pasando por horas bajas.
Cuando entonéis el aleluya, cantadlo con entusiasmo. Pero luego, que se note en la vida que no tenemos una visión pesimista, sino pascual de los acontecimientos y de las personas.
Antes de ir a comulgar nos damos fraternalmente la paz, y no parece costarnos mucho. Pero luego a lo largo de la jornada deberíamos traducir ese gesto en un esfuerzo eficaz por crear un espacio de paz y reconciliación a nuestro alrededor… Es un abuso celebrar semanalmente el sacramento del amor sin hacer algo más por suprimir nuestros egoísmos y sin cultivar con más cuidado la amistad y la solidaridad.
El próximo domingo celebraremos la fiesta del «Corpus Christi» ¿Qué diría hoy Jesús de nuestras Eucaristías? ¿Qué le preocuparía? ¿Nos mandaría de nuevo interrumpir nuestros ritos ante el altar, para ir antes a crear una sociedad más justa y reconciliada?

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