¿Qué hacemos nosotros?

Juan Bautista 5En aquel tiempo la gente preguntaba a Juan: “¿Entonces qué hacemos?” El contestó: “El que tenga dos túnicas, que se las reparta con el que no tiene; y el que tenga comida, haga lo mismo.”
Vinieron también a bautizarse unos publícanos y le preguntaron: “¿Maestro, qué hacemos nosotros?” El les contestó: “No exijáis mas de lo establecido.” Unos militares le preguntaron: “¿Qué hacemos nosotros?” El les contestó: “No hagáis extorsión ni os aprovechéis de nadie, sino contentaos con la paga.”

1. ¡Huy, qué susto!

-De verdad que sí. Juan Bautista hablaba con tal énfasis que entre su auditorio comenzaron a oírse voces y angustiosas preguntas:
-¿Qué debemos hacer nosotros…? Y nosotros, qué?…
-Juan no se andaba por las ramas a la hora de proclamar las exigencias de conversión. “Raza de víboras…mostrad los frutos de una sincera conversión…. Ya llega el hacha a la raíz de los árboles…. Todo árbol que no dé fruto…”
-Y allí se encontraban casi todas las capas sociales… desde la gente común (“el que tenga dos túnicas que dé una al que no tiene y el que tenga para comer que haga lo mismo”) hasta los cobradores de impuestos (“no cobrad más de lo debido”) y los soldaditos del Emperador…(“no abuséis de la gente, no hagáis denuncias falsas y contentaos con la paga”)…
-Allí había respuesta para todos. No sé hasta qué punto serían efectivos los buenos propósitos, pero al menos Juan Bautista no tenía pelos en la lengua para decir lo que tenía que decir.

2. ¿Y si Juan viniera hoy?

-En primer lugar se daría una vuelta para ver y observar… Tantas cosas llamarían su atención… Las mafias que trafican con la vida… con los órganos humanos… venta de niños y mujeres… pornografía a todos los niveles… solemnes conferencias de los países ricos que dejan morir a los pobres… bancos que se enriquecen con el sudor de los ahorristas…
-Daría también un vistazo a todos los despachos de jueces y abogados, magistrados y fiscales, desempolvaría miles de expedientes cubiertos de polvo, sacaría fotos in fraganti de todas los trapicheos que siguen ensuciando manos y conciencias…
-Y ¿cómo no? una visita de rigor a todos los grupos que se dicen cristianos pero que de cristiano sólo tienen el nombre; a una asamblea de obispos, sacerdotes y religiosos para ver qué tal se llevan entre ellos; a todos los templos donde se canta “la Misa es una fiesta muy alegre” para ver si de alegre sólo tiene la melodía y el sonido de las guitarras…
-También –entre otras muchas visitas por hacer—se acercaría a tu casa para hacerse una opinión de tu familia… lo bien que te llevas con tu señora o tu marido, con el yerno o con la suegra, cómo van los hijos y los abuelitos, si hay alguien que está enfermo o discapacitado y qué trato le están dando… en fin, ya sabes… yo creo que Juan Bautista (aunque soltero) podría dar un buen diagnóstico y decirte algunas cositas sobre algo tan importante para ti (¿o no?) como la familia. La tuya, sin ir más lejos.

3. Un toque de atención no viene mal

-A veces te molesta que te digan la verdad o te llamen la atención sobre algún error o comportamiento deficiente.
-Hay muchas maneras de hacerlo, claro. La mejor es cuando la corrección va revestida de caridad, delicadeza, respeto… En el fondo hay alguien que te quiere y se atreve a decirte las cosas a la cara y no se anda con rodeos y comentarios a tus espaldas.
-Como los oyentes de Juan Bautista, seguro que también tú bien podrías hacerte la pregunta: -¿Y yo qué tengo que hacer? La respuesta te incumbe a ti. Porque no eres tan ciego y corto que no sepas lo que tienes o no tienes que hacer. Lo que te falta es decisión y voluntad.

ORACIÓN

Señor Jesús, comienzo esta oración con cierto nerviosismo. Ha llegado el momento de la verdad, de enfrentarme conmigo mismo y preguntar… “¿y yo qué tengo que hacer?” Yo. No los otros. No quiero seguir con la eterna fórmula de que los demás son así o asá. ¡Ya está bien de apuntar al de enfrente!

Reconozco los talentos y cualidades que me has dado. Pero también soy consciente de que tengo ¡cada cosa!, ¡cada actitud!, ¡cada gesto!, ¡cada palabra!… que me da auténtica vergüenza y me dan ganas de esconderme y taparme la cara… Y lo hago precisamente con las personas que más quiero y admiro. ¡Qué lejos estoy de la imagen que muchos tienen de mí en la calle o en mis círculos de trabajo o de amistad!

Al igual que los oyentes de Juan Bautista, quiero buscar soluciones… “¿qué tengo que hacer?”… Y no puedo seguir mirando a las nubes o torciendo la cara o dando un portazo y perderme en la calle… ¡No! Ha llegado la hora de la verdad. Me pongo ante ti y desnudo mi alma y me veo tan horrible… ¿Este soy yo? ¿Este soy yo a quien muchos aplauden y felicitan y halagan? ¿Será verdad todo esto? ¿La imagen que yo proyecto ante mis amigos es la real y auténtica? ¿O será todo un camuflaje para despistar y que siga el circo?

¿Tendría yo los mismos amigos si todos conocieran mi vida privada? ¿Qué pasaría si de pronto cayese el telón y me sorprenden todos en mi cruda realidad? Por eso te digo, Jesús, que estoy cansado de tanta doblez y engaño. Sí: engaño. Y la primera víctima soy yo.

No debo permitir que la Navidad me sorprenda con la máscara puesta. Tú, el Dios y Hombre libre, detestas los disfraces. Tú apuestas siempre por la verdad, la luz, la autenticidad… Sólo así podré esperar que esta Navidad sea un auténtico “alumbramiento” en mi vida… ¿Qué sentido tendrían estas fiestas si sigo huyendo de mí mismo y queriendo poner tierra entre lo que soy y lo que debería ser?

Es duro todo esto, Señor, pero lo acepto como requisito indispensable para que sigan creyendo en mí. A veces me quejo de que no me hacen caso. ¿Caso a quién? ¿A mí o a la falsa imagen que yo trato de mantener?
Ayúdame, Señor Jesús, a entrar por la senda de la humildad y que tenga el suficiente coraje de reconocerme tal como soy y poner las bases para un nuevo estilo de pensar, actuar y comportarme. Ya ves, Jesús, celebrar la Navidad no es sólo tararear unos villancicos o comerse un turrón… Sin rechazar eso (¡ay qué ricooooo!) es mucho más: mirarte a los ojos y abrirme a la verdad de mí mismo.

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