Regalos pascuales

Cristo resucitadoEl segundo domingo de Pascua es el domingo de los regalos pascuales.
El regalo de la paz, como reconciliación de Jesús con los suyos.
El regalo del Espíritu Santo, que los recrea en los hombres nuevos.
El regalo de la misión, por la que los hace continuadores de su obra.
El regalo del poder de perdonar, como expresión del amor pascual de y en la comunidad.
Por eso Juan Pablo II lo declaró el “Domingo de la divina misericordia”.

Durante la Pasión le fallaron prácticamente todos.
Unos se dieron a la fuga o se escondieron. Nadie dio cara por él.
Otro lo negó abiertamente, negando ser su discípulo e incluso conocerle.
Por eso, en la Pascua:
Se sienten avergonzados y temerosos. Les da miedo su presencia.
Y lo primero que Jesús hace es devolverles la alegría de la reconciliación regalándoles el don de la paz y del perdón.
Además es preciso reconstruirlos por dentro. Y les regaló el don del Espíritu Santo. Los recrea. Si en la creación Dios sopló en las narices de Adán haciéndolo un ser viviente, ahora sopló sobre ellos, regalándoles no solo el don de la vida sino su propio Espíritu. Les hace los “hombres nuevos de la Pascua”.
Y les regala la confianza de encomendarles la continuación de la misión que el Padre le había encomendado a Él.
Pero Jesús es consciente de que, a pesar de todo, siguen siendo hombres débiles y frágiles y le deja el maravilloso don del perdón, capaz de reconstruirlos cada vez que la debilidad los gane.

Ahí está constituida la nueva comunidad pascual.
Una comunidad en torno a la presencia de Jesús.
Una comunidad llamada a vivir de la experiencia del que lo dio todo por ellos. Sus llagas serán en adelante la mejor expresión de la identidad entre el crucificado y el resucitado.
Una comunidad animada por el mismo espíritu de Jesús. Que no solo vive de su presencia sino que vive su mismo espíritu.
Una comunidad no encerrada sobre sí misma, sino abierta como él al amor universal para con todos los hombres.
Una comunidad de amor, capaz de perdonar y recrear cada día a sus miembros.

Es la comunidad testigo de la Pascua.
Es la comunidad pascual.
Es la comunidad del Resucitado.
Es la comunidad del Espíritu Santo.
Es la comunidad de la misión y del perdón.
Es la comunidad, lugar del encuentro con el Resucitado.
Por eso, Tomás, que no está en la comunidad se niega a creer en el Resucitado. Pero también a él lo rescata Jesús. Y le hace proclamar públicamente, en la comunidad, su fe en Él.

Jesús no creó unas estructuras en las que la nueva comunidad pudiera moverse y organizarse. Jesús creó un dinamismo interno, capaz de movilizar la nueva comunidad.
La Iglesia no es más Iglesia por su organización y su estructuración, que, puede ser necesaria. Pero la organización no la hace Iglesia. La Iglesia tiene una organización, pero es una vida. La organización es como el cauce del río, pero ella es el río mismo.
La Iglesia es Iglesia por el Espíritu que la habita.
Sin Espíritu no hay Iglesia.
La Iglesia es Iglesia por vivir en estado de misión.
Sin misión no hay Iglesia.
La Iglesia es Iglesia para amar y perdonar.
Sin amor y sin perdón no hay Iglesia.
La Iglesia es Iglesia por decir que “lo ha visto” y lo testimonia.
Una Iglesia que “no lo ha visto” no es Iglesia.
La Iglesia es Iglesia cuando es capaz de recuperar a los que dentro han fallado.

Pensamiento: El cauce sin agua es un río seco. Es un simple recuerdo del río que fue y ya no existe.

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