Tiempo Ordinario

Corazones divididos

El Evangelio de hoy comienza de frente por cuestionarnos:
“Nadie puede servir a dos amos”. “No podéis servir a Dios y al dinero”. Lo cual viene a decirnos que no podemos vivir divididos.
El principio de nuestro ser tiene que ser el de la “unidad”.
Unidad con nosotros mismos y unidad con los demás. “Para que seáis uno como el Padre y yo somos uno”.
Vivimos divididos no solo con los demás. Vivimos divididos dentro de nosotros:
Divididos entre Dios y el dinero.
Divididos entre el ser y el tener.
Divididos entre la gracia y el pecado.
Divididos entre la fe y la vida.
Divididos entre el amor y el odio.
Divididos entre lo que pensamos y hacemos.
Divididos entre la fidelidad y la infidelidad.
Divididos entre el culto y el perdón.

Nuestro corazón vive como partido en dos.
Una parte quiere amar a Dios. Pero la otra parte vive esclava de la riqueza.
Una parte quiere ser y realizarse. Pero la otra parte vive esclava del tener cada día más.
Una parte quiere vivir en gracia. Pero la otra parte se siente esclava el pecado.
Una parte quiere vivir de la fe. Pero la otra parte siente que su vida camina por otros derroteros.
Una parte quiere amar. Pero tiene la otra parte que se llena de rencor.
Una parte quiere vivir lo que piensa. Pero otra parte prefiere dejarse llevar de lo que todo el mundo piensa y hace.
Una parte quiere ser fiel a su compromiso de amor. Pero la otra parte siente la lucha y la tentación de sacarse los pies del plato.
Una parte quiere comulgar el Pan de la Eucaristía. Pero la otra parte se resiste a perdonar al hermano.

Esa división crea una lucha interior dentro de nosotros. El mismo San Pablo lo reconocía cuando escribía: “Sé lo que debo hacer y hago lo que no debo”. Es esa lucha entre el ser y el no ser.
Y esa división interior nos hace sentir como si dentro llevásemos dos “yo”. El “yo” que somos y el “yo” que no somos. Pablo lo definiría entre el “hombre de la carne” y el “hombre del espíritu”.

Esa división interna de nuestro corazón la expresamos luego en nuestra vida y en lo que hacemos. La conversión busca esa unidad del corazón. Porque la conversión despierta en nosotros unos valores capaces de crear unidad. Es el descubrimiento del “tesoro” o la “perla preciosa” de que habla el Evangelio.
Cuando Dios no es el centro y la fuerza interior de nuestro corazón, inmediatamente las cosas, la riqueza, el tener más, se convierten en el eje de nuestras vidas.
Y cuando Dios deja de ser ese centro que nos hace libres, las demás cosas comienzan a convertirse en la fuerza que nos esclaviza.
El dinero y la riqueza no son malos. Son dones de Dios.
El peligro está, no en el dinero o la riqueza, sino en nuestro corazón que los convierte en sus amos y señores esclavizándonos.
La sexualidad no es mala. Es un regalo maravilloso de Dios. Pero cuando nuestra mente y nuestro corazón ponen como centro la sexualidad la convierte en genitalidad donde prevalece la química hormonal al verdadero sentido de amor, de entrega y donación.
Y es entonces que muchos sienten que “no pueden salir de ella”.

Pablo definió esa unidad del corazón humano cuando hablando de sí mismo escribe: “ya no soy yo sino que es Cristo en mí”. “Ya no soy yo quien vive sino que es Cristo quien vive en mí”.
Todo depende quién es el dueño de nuestro corazón.
Todo depende hacia dónde apunta nuestro corazón.
Todo depende quién habita nuestro corazón.

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