Tiempo Ordinario

Convertíos

Jesús comienza su predicación no en un espacio fácil, sino allí donde la gente está en sombras de muerte. Aquel era un lugar tenido como pagano y comienza con una buena noticia para todos: es el anuncio y la llamada a la “conversión”.

Con frecuencia cuando se nos habla de conversión como que torcemos el cuello y miramos a otra parte porque la inmensa mayoría se imagina que eso de “conversión” es una invitación a complicarnos la vida, ¡con lo bien que nos sentimos todos tal y como estamos!

Y ahí está el gran engaño y equívoco. Porque “conversión” es una manera de confiar en nosotros, incluso en los que parecen malos, y es una manera de decirnos que nosotros podemos ser más, podemos ser mejores y podemos sanarnos y curarnos de todas esas enfermedades que todos llevamos dentro del corazón.

Lo peor que le podemos decir o podemos pensar de alguien es: “Ese es imposible que cambie.” Lo cual significa falta de confianza en él. Es decirle que él no vale para nada. En cambio Jesús, aún hablando a gente que vive alejada religiosamente, les ofrece la posibilidad de cambiar.

Si alguien nos anunciase que podemos mejorar nuestra condición económica y social, ciertamente lo tomaríamos como una buena noticia. Si alguien nos anunciase que podemos mejorar nuestra casa, sería una buena noticia. Si alguien nos dijese que podemos mejorar nuestro status dentro de la empresa en la que trabajamos sería buena noticia.

Pues aquí Jesús anuncia todo eso, sólo que primero nos anuncia que nosotros podemos cambiar para que todo el resto sea posible. ¿Acaso las cosas malas que nos agobian no tienen sus raíces en nuestro corazón?

Convertirnos es decirnos que “podemos ser más”, que podemos “ser mejores”, que podemos ser más felices y que podemos cambiar las cosas.
¿Acaso no queremos ser mejores de lo que somos? Sería una pena que nos quedásemos donde estamos cuando podemos mirar mucho más lejos. No nos contentemos con lo que somos cuando Dios nos ofrece la posibilidad de ser más, mucho más, de lo que somos.
Algunos preguntan cuánto tiempo dura el convertirse verdaderamente a Dios. La respuesta es bien simple: toda la vida.
Porque toda la vida Dios nos está llamando y nos está regalando el don de la gracia.
Esto es algo que nos debiera animar y entusiasmar a todos. Pensar que ninguno de los días han de ser iguales y que ninguna noche debiéramos acostarnos iguales que cuando nos levantamos por la mañana. Jesús nos dijo en una ocasión: “Sed perfectos como vuestro Padre es perfecto.” Una meta que nunca lograremos. Por eso, para ser mejores no hay jubilación. Los años no son un motivo para dejar de crecer, sino todo lo contrario un estímulo para seguir haciéndolo.
Cuando hoy en la lectura del Evangelio escuchamos la llamada de Jesús: “Convertíos porque está cerca el Reino de Dios”, pensemos que nunca es tarde para convertirse, porque nunca es tarde para amar, nunca es tarde para ser más feliz, nunca es demasiado tarde para dejarse perdonar y renovar por Dios.

¿Tengo que cambiar algo en mi vida para ser más humano y más feliz conmigo mismo y con los que conviven conmigo?

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Materiales Litúrgicos y Catequéticos

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