Una flor de vez en cuando

rosaUna monja que a sus diecisiete años pasó a formar parte de las Hermanitas de los Pobres y que llevaba veintiséis años sirviendo y cuidando las personas mayores con alegría y cariño, cuando le preguntaron qué consejos daría para convivir con ellos, respondió así:

1. Amar a la persona mayor; quererla de verdad; que descubra que en la casa no ocupa un lugar como lo pueda ocupar un mueble, sino que ocupa un lugar en el corazón. ¡Que esté contenta porque la aman!
2. Tratarla con bondad, amablemente. La brusquedad, las maneras duras hacen sufrir a las personas mayores y a las que no lo son.
3. Saber comunicarles alegría. La tristeza es como una mala hierba que aparece constantemente en el alma de la mayoría de los ancianos. Hay que estar siempre de buen humor. A los ancianos no les gustan las caras largas ni las expresiones tristes.
4. Pedir consejo al anciano, solicitar su parecer y seguirlo siempre que se pueda. Hacerles ver que se cuenta con ellos.
5. Tener mucha comprensión: tenemos que disimular…y comprender sus pequeños fallos y debilidades.
6. Interesarse por sus cosas. Tener muy en cuenta sus gustos, sus pequeñas «manías». ¡Cuánto agradecen los ancianos un detalle, una sonrisa, un rato de compañía, un poco de atención para escucharles…!
7. Hacerles ver la vejez como algo embellecido por los esfuerzos que hicieron durante su vida, como una bella puesta del sol, que no tiene nada que envidiar a un hermoso amanecer.

Así hablaba esta monja, que había entregado lo mejor de su vida en servir a los ancianos y, por lo tanto, en servir a Cristo, pues todo lo que hagamos al prójimo se lo hacemos a Cristo.
Pero nuestras grandes atenciones no sólo las hemos de tener con el anciano sino con todos los que conviven con nosotros en nuestra propia casa.

Se cuenta la historia de una mujer que había trabajado duramente para sacar adelante su familia con muy poco aprecio por parte de esta.
Una noche le preguntó a su marido:
-Oye, Pedro, si yo me muriera te ibas a gastar una gran cantidad de dinero en flores para mí, ¿verdad?
-Pues claro que sí, Marta. ¿Por qué lo preguntas?
-Es que estaba pensando que las coronas de muchos euros iban a significar en aquel momento muy poco para mí. En cambio, una florecita de vez en cuando, mientras viva, significa mucho.
Marta estaba expresando lo que desean en su corazón todas las personas que tenemos a nuestro alrededor. «Una florecita de vez en cuando», es decir, algún detalle en que demostremos nuestro amor puede llevar alegría a la vida de una persona. ¿Por qué esperar a que los corazones hayan dejado de latir, a que los ojos no vean y los oídos no escuchen, para hacer entrega de unas rosas a esa persona que está tan unida a tu vida? No olvidéis que vale más una sola rosa para el que vive que una gran corona para el que ya se fue.

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Un pensamiento sobre “Una flor de vez en cuando”

  1. La reflexión sobre la acogida y atención al anciano está lleno de sabiduría y enseña mucho. Es una sabia lección para aplicar cada día en familia y con cada persona que se cruza en el camino. Gracias Señor.

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