Una mala salida

AtletismoQuerida familia:

Cuando vemos las competiciones de atletismo, sobre todo en los corredores, uno de los problemas que más llaman la atención suele ser su nerviosismo de salida. De tal modo que, con frecuencia, hay que repetirla varias veces. Es que el punto de partida siempre es interesante y hasta puede decidir una carrera. Decimos “salió mal”, “tuvo una buena salida”.

¿Y qué tendrá todo esto con el amor? Pienso que mucho. Una mala salida, un punto de partida en falso, puede decidir todo el futuro. Una mala elección, por ejemplo, no ofrece garantía alguna de un gran éxito en el matrimonio. Más tarde, vienen los consabidos lamentos “me casé con alguien con quien no debí casarme”. Las consecuencias están ahí.

Una buena elección puede ser el punto de partida de una buena llegada. Y hasta puede marcar alguno que otro record. Pero la elección no suele ser tan fácil como pudiéramos pensar. Porque, elegir requiere:
Cierta madurez de criterios.
Cierta madurez de valoraciones.
Saber qué es lo que queremos y a dónde queremos llegar.
Toda elección es fruto de una decisión y de una libertad.

Ahora bien, uno se pregunta si a la primera adolescencia, los jóvenes están en esa capacidad de elección. Si tienen esa madurez. Con frecuencia, las motivaciones son totalmente superficiales. Y otras son elecciones que más que amor significan una fuga del hogar. Y para mayor insistencia, son elecciones que se hacen a escondidas de los padres. Y por tanto sin asesoramiento alguno. Y entonces tienen que llevar sus relaciones de enamorados a escondidas. Lo cual ya implica un peligro más. Y como en algún momento, los padres tendrán que enterarse, vienen los problemas, porque ellos mismos se sienten engañados.

Además, como comentaba un psiquíatra hace unos años, resulta que los adolescentes hoy “queman” una etapa fundamental de su socialización. La etapa de la amistad, que es fundamental para su maduración y también para irse conociendo y tener una abanico más amplio de posibilidades de elección y no al primero que cae en la red o pica el anzuelo.

A parte de que hoy, por lo general, los jóvenes tratan de retrasar lo que pueden su matrimonio. De este modo, cuando ya llega el momento de decidir el matrimonio, están aburridos, cansados y otras cosas. La boda ya carece de interés y de ilusión. Todo lo han vivido antes. Ya no les queda sino el ritualismo de una ceremonia.

Creo que en el proceso educativo, esto se debiera tener más en cuenta, para ir formando el corazón y la mente de los jóvenes. Las prisas no son buenas para nada. Menos para el matrimonio. Como le decía aquel padre a su hijo: “hijo, saber esperar, también es crecer”.

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