Una ventana al cielo

Querida Familia:

Hace ya de esto unos años. Un día la televisión nos entretenía con una linda y bucólica película: “Una ventana al cielo”. A decir verdad, nadie se imaginaba el porqué del título.
Una india americana tuvo que refugiarse en la casa de unos blancos.
Como estaba embarazada debió de permanecer allí en tanto diese a luz.
En medio de los dolores de parto decía; “quiero dar a luz en la pradera”.
¿Por qué en la pradera? le preguntaron. ¿Es que no se siente a gusto en nuestra casa?
Estoy encantada y feliz y no saben cuánto les agradezco su amabilidad.
Pero “¡quiero dar a luz en la pradera!”
¿Por qué en la pradera? volvieron a insistir.
“Porque quiero que mi hijo, cuando abra por primera vez los ojos, lo primero que vea sea el cielo”.
Apenas nació la criatura, los niños de casa, le preguntaron: ¿Y qué nombre le va a poner? ¿Cómo se va a llamar su hijita? La india, sonriente y feliz les respondió, se llamará: “una ventana al cielo”.

De ordinario, todas las ventanas miran al parque, a la calle, al jardín.
Son ventanas para ver la tierra. La india del cuento, quería una ventana amplia, grande como el espacio mismo, que cubriera toda la pradera. Una ventana desde donde se pudiera contemplar el cielo, todo el cielo. Su deseo era que su hija, al abrir los ojos, lo primero que encontrase fuese la belleza del cielo.
Engendrar hijos mirando al cielo tiene que ser algo bello y hermoso.
Tener hijos que miren al cielo, tiene que ser maravilloso.

Es que, hoy, tú y yo, querido amigo, hablamos mucho de la tierra.
Pero, ¿verdad que hoy se habla poco del cielo en la familia?
Hoy sentimos la tierra como nuestro propio espacio.
Como si el cielo nos interesase menos.

¿No será que estamos perdiendo nuestra sensibilidad del más allá?
¿No será, a caso, que nos habían hablado mucho del cielo, y ya nos habíamos olvidado de la tierra?
¿No será que, nos habían convencido de que teníamos que ganarnos el cielo, pero no nos habían convencido de que, antes, teníamos que transformar la tierra?
Nuestra cultura de hoy es la cultura de la técnica, de la teoría, de la ciencia, la cultura de la materia.
Y si, en algún momento de la vida, hemos vivido demasiado de espaldas al mundo, hoy, por esas reacciones raras que solemos tener, estamos cayendo en el otro extremo de la cuerda: vivir de espaldas al cielo.

Todos hacemos lo posible para que nuestros hijos abran bien los ojos al mundo en el que tendrán que vivir. Porque tampoco podemos vivir de espaldas a la realidad que nos rodea. No podemos pasar por el mundo sin ver al mundo. Y porque, además, el mundo no es el simple espacio donde vivir y respirar y existir. El mundo es también un compromiso para todos nosotros.

Pero, ¿no correremos el peligro de enseñarles tanto a mirar hacia abajo, que se olviden de mirar hacia arriba, hacia el cielo? Al fin y al cabo, la experiencia diaria nos dice que, tampoco el mundo puede ser visto sin la luz del sol que nos alumbra desde arriba. Cuando el cielo está oscuro, el mundo queda a oscuras. Cuando el cielo está claro y resplandeciente, el mundo se llena de luz. Es decir, tampoco se puede ver bien el mundo si antes no sabemos ver el cielo.

Cada uno de nosotros, como padres, estamos llamados a ser para los hijos “una ventana a la vida”. Pero sin olvidarnos de ser también “una ventana al cielo”.
Mientras vivimos todas las ventanas apuntan a la tierra.
Pero, al morir, todos quisiéramos que las ventanas apuntasen al cielo.
Malo cuando las ventanas a la vida están cerradas.
Peor si se cierran las ventanas que dan al cielo.
Mejor las abrimos todas. Así todos lo veremos diferente.
Veremos al mundo con ojos de cielo.
Y veremos al cielo cargados de la realidad del mundo.
¿Necesitaremos para ello nacer en la pradera?

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