Vía Crucis 1

Primera estación:
Jesús condenado a muerte

MARCO
Pilato había declarado: «No encuentro en él ningún delito»
Y, sin embargo, a los pocos minutos daba la sentencia. La expresa no con palabras sino con un gesto helador: «A Jesús se lo entregó a su voluntad» .
Antes de ser condenado por Pilato y por los gritos de la multitud, Jesús ya había sido «condenado» por la traición de un amigo, por el sueño, por el abandono y apostasía de otros amigos.”
El que no había venido al mundo para juzgarlo, sino para salvarlo, es condenado por todos.
El que habla venido a ser Emmanuel, el Dios-con-nosotros,
es quitado del medio de una manera brutal. «¡Fuera, fuera! ¡Crucifícale!».

CORRESPONSABILIDAD

Nuestras condenas.
Nuestros juicios duros inapelables.
Las sentencias que pronunciamos con tanta facilidad y rapidez.
Las clasificaciones fáciles.
Nuestra manera expedita de «liquidar», poniéndole encima una etiqueta superficial e… imposible de eliminar, a quien nos molesta.
La animosidad que ponemos en descubrir y denunciar los defectos de los otros…

Señor, hazme entender que cuando adopto el papel de juez, y «maltrato» a mis hermanos ajusticiándoles con veredictos de condena o de descrédito, no elimino a nadie más que a ti, el justo.

Segunda estación:
Jesús carga con la cruz

MARCO
Los eruditos no están de acuerdo acerca de la forma de la cruz de Jesús. Discusiones académicas. No importa la forma de aquel instrumento que le molía las espaldas ya aradas por los golpes de la flagelación.
La cruz no es más que el «signo» exterior del peso que le aplastaba el corazón.
Sobre aquel cuerpo martirizado se amontonan efectivamente los dolores, las angustias, las penas de todos los hombres. Los sufrimientos de la humanidad entera forman grumos de sangre en su corazón. Sobre su cruz cae el peso insoportable de la cruz de millones de criaturas.
Su cuerpo se convierte en el continente sin fronteras del dolor humano.
Ningún sufrimiento es extraño a aquella cruz. Por eso es tan pesada la cruz de Cristo. «¡Ahí tenéis al hombre !».
Ahí está el hombre que carga sobre sí el sufrimiento de todos nosotros, sus hermanos.
La cruz es el signo, el sacramento del sufrimiento de los hombres que Dios acepta, que Dios pone sobre sus espaldas.
La cruz es el choque tremendo del dolor humano que va a estrellarse sobre el corazón de Dios.
Cristo se posesiona también, en este momento, de tu sufrimiento.
Y ahora camina tambaleándose.
¡Ahí tenéis al hombre! «Ahí está el que carga, soporta, lleva nuestra angustia»

ACTUALIDAD
Todos aquellos sobre los que cae, de improviso, la cruz. Precisamente aquella que no esperaban. Aquella que viene a echar por tierra sus sueños, a desbaratar sus proyectos, a devastar sus más legitimas aspiraciones, a demoler sus esperanzas:
– Una desgracia cruel, fulminante.
– La pérdida de una persona indispensable para la familia.
– Una noticia que te deja sin respiración,
– Una enfermedad que extiende una sombra de incertidumbre sobre el porvenir.

Señor, te lo pido, no te preocupes de mis lamentos. No tomes en serio mis estúpidas exageraciones, cuando hay una cruz a la vista. Hazme consciente de que cada cruz rechazada es un peso que cae sobre tus espaldas. Convénceme de que no es posible seguirte, hasta el calvario, como un turista, con las espaldas libres. Sin peso, me quedo inexorablemente parado, clavado en mi mediocridad.
Contigo sólo se puede caminar agarrado firmemente a aquel tosco madero, que nunca es bello de mirar…

Tercera estación:
Jesús cae bajo la cruz

MARCO
No importa que el evangelio no recoja las tres caídas, y que solamente encuentren eco en la tradición y en la fantasía popular.
Pueden ser más que verosímiles, habida cuenta de las circunstancias.
Después de aquella noche terrible, Jesús está completamente extenuado, en el límite de su resistencia. Sin fuerzas, deshecho, destruido.
No puede seguir caminando.
Marcha cada vez más fatigosamente, tropezando penosamente.
Su espalda es frágil como la mía, como la tuya, como la de todos los hombres. Y el peso termina por hundirlo.
En esta caída me parece que puede subrayarse, sobre todo, la soledad del condenado.
Rodeado por soldados que le azuzan, por una multitud que grita, Cristo está trágicamente solo.
Solo para soportar el dolor del mundo. Solo para llevar el pecado del hombre.
Esta soledad aplasta a Cristo contra el suelo más que la cruz…

ACTUALIDAD
– El drama de la soledad de los viejos, a quienes se considera como estorbos y marginados de nuestra «civilización del bienestar».
– Los que se consideran una carga.
– Las personas que son rechazadas y despreciadas como inútiles.
– Los que no son como los demás.
– Los «excluidos», los marginados, las víctimas de los racismos (color de la piel, ideologías políticas, confesiones religiosas).
– El pobre hombre, ya reducido a chatarra, que ha salido de la cárcel y ve que se abre el vacío a su alrededor, incluso en el circulo familiar. Las personas «bien» huyen de él como de un
apestado.
– El pobre viejo que encuentro hecho un ovillo sobre un banco en esta fría mañana de otoño, mientras mastica su propia amargura, con la mirada ausente, cargado de tristeza.
– El desconocido que marca el número del teléfono de la esperanza, así sin un motivo al parecer, sólo para oír una voz con timbre de humanidad.
La mujer que va buscando algo en medio del gentío de la ciudad y se lamenta: «Siento que mi alma explota. Solamente veo rostros que no me miran).
– La esposa que confiesa: «A la noche comemos pan y silencio».
– La viuda que expresa su ilimitada desolación: «No tengo amigos y espero la muerte mirando al televisor».
– La madre soltera que pide ayuda y solamente encuentra el desprecio general.

CORRESPONSABILIDAD
A nivel personal:
– Cuando, por los motivos más variados y mezquinos, no aceptamos a ciertas personas.
– Cuando «aislamos» a alguno a causa de nuestros prejuicios.
– Cuando negamos la limosna de un poco de nuestro tiempo a quien quisiera contamos la letanía de las propias desgracias.
– Nuestras negaciones a escuchar, a comprender…

Señor, cuando levantes el rostro, extraviado, después de tu caída, quiero que puedas acogerte a mi mirada cargada de compasiva participación amorosa.
Hazme atento y presente a las innumerables criaturas que atraviesan el túnel de la soledad.
Que mi mano esté siempre dispuesta a expresar el gesto de la amistad, sin caer jamás en la tentación de levantar barreras de separación, de rechazo, o de indiferencia.

Cuarta estación:
El encuentro con la madre

MARCO
Esta vez se da un encuentro verdadero.

A lo largo de la vía dolorosa, ya no hay gente que reivindique el derecho a los primeros puestos.
Basta una mirada. Y, quizás, en la de la madre, se vislumbra una pregunta dramática, pero muy natural.
-¿Dónde están? ¿Te han abandonado?
-Si. ¿Dónde están?
¿Dónde ha ido a parar el primer núcleo de la «iglesia militante», vencido ya en la primera pelea contra el sueño, en el huerto de los olivos? ¿Y la multitud que quería hacerle rey? ¿Y los ciegos, los leprosos, los lisiados, todos los enfermos curados?
A lo largo de la vía dolorosa, la Virgen ha encontrado al hijo para asegurarle que aún podía contar con aquel «sí». En medio del torbellino de los «no» del rechazo, perdura siempre aquel «sí» de la aceptación, de la disponibilidad, de la colaboración.
Y Cristo puede proseguir su camino…

ACTUALIDAD
Esta estación nos sugiere el encuentro con un tipo particular de madres. Aquellas para quienes el «sí» es tremendamente difícil.
Quiero decir las madres que tienen un hijo deforme en el cuerpo, o disminuido psíquico.
No hay nada que añadir. Porque solamente el silencio logra respetar un dolor tan profundo y no aumentar el desgarro de ciertas situaciones «imposibles».

La Virgen sabe dónde encontrar a su hijo. Sin embargo, no siempre logra «encontrarse» con nosotros.
No nos encuentra donde deberíamos estar.
Somos especialistas del «no ser» y del «no estar».
Somos muy hábiles para no dejarnos encontrar en las citas decisivas, para faltar a las citas más comprometidas.
A cuántas citas hemos faltado durante nuestra vida, en nuestro testimonio religioso.

Señor, en medio de una multitud anónima has sabido descubrir la presencia de tu madre.
Una presencia «diversa» de las demás. Un encuentro hecho de discreción y de silencio, sin gestos exteriores. También yo quiero dejarme encontrar por ti.
Quiero estar en mi sitio.
Que no te desilusione demasiado.
Que no desilusione jamás las esperanzas de los hermanos, que te buscan, que me buscan…

Quinta estación:
Simón Cireneo ayuda a Jesús a llevar la cruz

MARCO
«Cuando lo llevaban, echaron mano de un cierto Simón de Cirene que venía del campo, y le cargaron la cruz para que la llevara detrás de Jesús»
Simón de Cirene es un mozo de cuerda ocasional, que ha tenido la gran suerte de echarle una mano a Dios vacilante bajo un peso desproporcionado.
Es verdad que el encargo no era apetitoso. Los soldados agarran al primero que pasa por el lugar y que parece tener lo que se requiere para aquella necesidad, y le imponen bruscamente: «¡Hala!, deprisa, ponte allí… carga con aquel peso, pues de lo contrario jamás llegaremos a la meta… ése se nos muere por el camino. ¡Venga!, y deja de poner pegas».
El, por supuesto, al principio no debió entusiasmarse mucho con el «honor» que le hablan deparado. ¡Qué caramba! ya había sudado bastante en el campo durante toda la mañana. Tenía todos los derechos para llegar tranquilamente a casa sin tenerse que ocupar de desgracias ajenas. Y mucho menos de las de un condenado a muerte, un desconocido. El era una persona honesta y trabajadora. El nunca habla hecho mal a nadie. El se preocupaba de sus cosas. Y ahora por qué le complicaban la vida metiéndolo a la fuerza en aquello…
Sin embargo, es hermoso pensar lo que pensaría Cristo de él: “Un hombre que pone sus espaldas a mi disposición”:
Más allá de los defectos y de las cualidades, de las virtudes y de las villanías, de la honorabilidad o no honorabilidad, persona honesta o poco recomendable, a los ojos de Jesús Simón de Cirene es ni más ni menos, «aquel que le ha prestado un poco de alivio».
Dios para juzgarnos no tiene necesidad de nuestros complicados y enredados test psicológicos.
Para él una persona se define también a través de un simple gesto: el ofrecimiento de un vaso de agua, de un trozo de pan, de un poco de compañía.
Un gesto que fija a una persona en una perspectiva de amor y, por lo mismo, de eternidad.

ACTUALIDAD
Siempre que cedemos a la tentación de pasar de largo ante la cruz de los demás.
Fingimos no ver.
Ya hice demasiado. No me toca a mí.
¿Qué puedo hacer yo?
¿Qué tengo que ver yo con eso?
Siempre que no nos dejamos molestar por un prójimo poco grato, que llega en el momento menos oportuno, y no respeta las normas sociales, no anuncia su visita, altera nuestras costumbres…

Señor, borra de mi vocabulario la expresión «yo no tengo nada que ver». Y también aquella otra: «Ya hice demasiado».
Cuando se trata de la cruz de un hermano, siempre tengo algo que ver con ella. Desde el momento en que te concierne a ti…
Y cuando ya hice demasiado, me queda siempre por hacer… todo lo demás.

Sexta estación:
La Verónica enjuga el rostro de Jesús

MARCO
Tampoco esta estación es del agrado de los historiadores. Hay quien quisiera quitar del vía crucis a esta mujer cuyo gesto no viene recogido en el evangelio. Pretenderían echar de la narración de la pasión a esta intrusa de la misericordia, a esta «abusona» que no puede presentar la entrada con el sello de la historia.
Sin embargo, ¡ay! si nos «saltáramos» esta estación. Seria la descalificación de un mundo poblado de animales, equipados de razón y de un robusto… corazón de piedra.
Si Cristo, a lo largo de la vida dolorosa, no hubiese encontrado ni siquiera una persona capaz de cumplir el gesto de la Verónica: -un pañuelo pasado furtivamente por un rostro deshecho por el cansancio y cubierto de sudor, sangre y salivazos- entonces, en verdad, me avergonzaría de ser hombre.
Por suerte existe esta mujer con su pañuelo. Todos la necesitamos. Para que se nos reconozca al menos una brizna de dignidad…

ACTUALIDAD
También hoy, hay gente de la familia de la Verónica.
Son las personas que tienen el coraje de realizar un gesto que no resuelve nada. Un gesto pequeño, insignificante, inútil, desproporcionado a la gravedad y complejidad de la situación.
Y, sin embargo, estos oscuros profesionales del «gesto de nada», son los que hacen creíble el término «progreso».
Ellos no tienen la pretensión de resolver «los problemas globales», se contentan con resolver el minúsculo problema de aquel sufrimiento, que está ahí, ante su vista, y del que nadie se preocupa.
Frente a las necesidades, cuántas discusiones académicas, cuánta charlatanería, cuántos proyectos grandiosos…

Señor, dáme la fuerza del gesto «que no resuelve nada».
No estoy llamado a resolver todos los problemas del mundo. Debo comenzar por resolver el pequeño problema del pobre hombre que espera algo de mí …
El que tiene hambre, frío; el que está solo, pobre de amor, nada tiene que oponer a que los grandes especialistas afronten y resuelvan los problemas globales… Mientras tanto, sin embargo, se conforma con el «gesto que no resuelve nada». Tiene necesidad de él.
El gesto, sorprendente, de la persona que sale fuera del propio egoísmo y pone al descubierto su propio corazón.

Séptima estación:
Jesús cae por segunda vez

MARCO
«Volvió otra vez y los encontró dormidos, pues sus ojos estaban cargados; ellos no sabían qué contestarle…» Ahí está Simón de Cirene que le ayuda. Y sin embargo cae de nuevo. Está acabado. Ya no puede más.
En esta nueva caída Cristo es empujado también por nuestras recaídas. Por nuestra voluntad adormecida. Por nuestras fogosidades que, poco a poco, se han debilitado, apagado, cuasi petrificado. Por nuestros ojos cargados, que no logran ya descubrir horizontes suficientemente espaciosos. Cristo lleva el peso de nuestra debilidad, de nuestra flaqueza. Cristo lleva el peso de nuestro pecado habitual.

ACTUALIDAD
Intentemos desgranar el rosario de las miserias cotidianas de tanta gente:
– Los altercados de cada día.
– Los frecuentes escándalos del marido violento y borracho.
– Las acostumbradas desilusiones de quien busca desesperadamente trabajo.
– La habitual angustia por el hijo que frecuenta ciertas compañías equivocas (y la droga, desgraciadamente, es algo más que una sospecha preocupante).
– Las repetidas preocupaciones por el dinero que no alcanza.
– Las letras de siempre que vencen.
– Las diarias ocupaciones banales.
– Las acostumbradas infidelidades que hay que soportar en silencio.
– Los monótonos e interminables días
– Las acostumbradas crísis …

Señor, cúrame del contagio de la costumbre, de la tentación del cansancio.
Que mi don tenga siempre la frescura y la espontaneidad del
primer día.
Que mi fidelidad no sea cansina y resignada ..
Quiero reinventar, día a día, el significado de mi compromiso.
Señor, no pretendo envejecer a fuerza de costumbre.
Y… déjame caer en la tentación de estar despierto.

Octava estación:
Un grupo de mujeres llora por Jesús

MARCO
«Le seguía una gran multitud del pueblo y mujeres que se dolían y se lamentaban por él. Jesús, volviéndose a ellas dijo: Hijas de Jerusalén, no lloréis por mí; llorad más bien por vosotras y por vuestros hijos».
Aquellas mujeres sin duda se sentían impulsadas por un sentimiento de sincera piedad. A la vista de aquel hombre que llevaba sobre la propia carne las señales de la ferocidad humana, blanco
de los más refinados venenos, las lágrimas representan la reacción más espontánea.
Y, sin embargo, Jesús se vuelve y reprende a las mujeres. Deja traslucir una especie de enfado. Como si dijese: «Preocupaos de vuestras cosas». ¿Por qué?
Me parece que es la afirmación más que natural, de la desproporción.
Desproporción entre el sufrimiento y las lágrimas, entre el dolor y el consuelo, entre lo que él está sintiendo «dentro» y lo que los demás entienden desde fuera, aunque tengan las mejores intenciones.
Es como una advertencia para todos aquellos que se acercan al dolor humano, una advertencia para que nos acerquemos de puntillas, con una especie de pudor, con un sentimiento de respeto y de adoración infinita hacia un misterio que no lograremos jamás entender del todo.

Nuestras profanaciones del dolor ajeno son esencialmente de dos tipos.
l. A través de la costumbre. No hay nada más triste que el tener callos para el sufrimiento de los demás.
2. A través de las palabras. Quien no ha «probado» la angustia de ciertas situaciones, habla con ligereza y superficialidad sobre ellas…
Es fácil de explicar el dolor ajeno.
Es fácil aceptar serenamente el sufrimiento. Pero el de los demás…
Pero ¡ay, cómo se vienen abajo tristemente ciertas cátedras de generosidad y obediencia cuando una cruz insignificante obliga a sus ilustres titulares a ofrecer un pequeño ejemplo de generosidad, de despego y de obediencia!.

Señor, tengo necesidad de un complemento de respeto hacia el dolor de los hermanos. Necesito discreción en relación con su sufrimiento más profundo.
Haz que no me acerque jamás, con manos poco hábiles y torpes o con palabras demasiado fáciles, a una persona que sufre.
Ayúdame a acercarme al dolor del hermano con un sentimiento de pudor, como si me encontrase ante un misterio.
Hazme entender que tú tienes necesidad no de palabras, sino de alguien dispuesto a compadecer, o sea, a sufrir juntos.

Novena estación:
Jesús cae par tercera vez

MARCO
Una vez más tropieza y cae hasta morder el polvo.
Es la caída del inocente que se hace culpable por todos, mientras todos los verdaderos culpables se tienen por inocentes
«Al que no había pecado, Dios lo hizo expiar nuestros pecados para que nosotros, unidos a él, recibamos la salvación de Dios»
Esta caída, pues, más que consecuencia de las culpas es consecuencia de la ausencia de culpables.
El mundo está plagado de crímenes, de defectos de toda clase, de suciedades. Pero en la vía pública solamente encontramos jueces. Se diría que la tierra está poblada de jueces. Faltan los culpables.
Y a él, el inocente, que se declara culpable, la hipocresia descarada de muchos culpables, que no «hacen nada malo», le arroja por tierra.

ACTUALIDAD
Nuestro instinto de juzgar, de condenar desde la altura de nuestra virtud.
Nuestro «fácil escándalo» por las culpas de los otros.
La repugnancia a gritar con convicción el «mea culpa».
Conozco personas religiosas que siempre se colocan fuera de toda responsabilidad. Ellos
siempre «en regla». Si alguna cosa sale torcida, ellos abren los brazos con un gesto que significa «yo por supuesto nada tengo que ver».
Me temo que estos retoños de fariseos, a fuerza de no meterse jamás en nada, tampoco «se metan» en el reino de los cielos.

Señor, un cortejo formado por sólo tres culpables camino del calvario es, dadas las circunstancias, verdaderamente raquítico.
Quiero unirme yo también al grupo.
Cúrame de la hipocresía que me hace sentirme mejor que los demás.
Acostúmbrame a considerar todas las noticias que fácilmente me escandalizan como otras tantas «reclamaciones de complicidad», como otros tantos «capítulos de acusación» contra mi.
Hazme sentir, responsable de todo y de todos. O sea, simplemente, cristiano.
Señor, cuando busques un culpable de algo, de cualquier cosa, ven también a llamar a mi puerta. Soy yo, sin duda.

Décima estación:
Jesús es despojado de sus vestiduras

MARCO
«Los soldados, después que crucificaron a Jesús, tomaron sus vestidos y la túnica. La túnica era sin costura, de una pieza, tejida de arriba abajo. Por eso se dijeron: no la rompamos; echemos a suerte a ver a quien le toca…»
El reparto de los vestidos presupone que a Jesús, antes de ser crucificado, le desnudaron.
Es ésta una consecuencia del «anodamiento» iniciado en la encarnación. «El, a pesar de su condición divina, no hizo alarde de su categoria de Dios, al contrario, se despojó de su rango».
En realidad, todo lo que le quitan, le arrancan, ya lo había ofrecido antes.
El mismo había declarado: «Nadie me quita mi vida, sino que yo la entrego libremente».
Y, su esplendor consiste precisamente en el despojo total.
Y la plenitud es aquella de quien lo ha dado todo.

ACTUALIDAD
También nosotros somos cómplices del gesto brutal de los soldados cuando:
– quitamos a alguien su dignidad con nuestras charlatanerías, chismes, maledicencias, sospechas, insinuaciones;
– Cuando tratamos a las personas como a cosas, las instrumentalizamos, nos aprovechamos de ellas;
– cuando pisoteamos la intimidad de los demás…
– cuando no sabemos guardar un secreto, una confidencia;
– cuando clasificamos, catalogamos a la ligera, sin esforzarnos por conocer, por amar.
– cuando aplicamos etiquetas a capricho en vez de leer, de intuir las intenciones profundas;

Señor, hazme entender que la acción más vulgar que puedo llevar a cabo es la de entrar a saco en el misterio de una persona.
Hazme entender que, cuando me acerco a una persona sin un sentido de respeto profundo, la profano, la vacío, la despojo del misterio.
«Quítate las sandalias de los pies, pues el sitio que pisas es terreno sagrado»
Cualquier hombre es un ser «habitado», un tabernáculo. Y toda ofensa a su dignidad es profanación de un «lugar Sagrado».
Señor, no permitas que maltrate el misterio.

Undécima estación:
Jesús es clavado en la cruz

MARCO
«Llegados al lugar llamado calvario, le crucificaron allí a él y a los malhechores, uno a la derecha y otro a la izquierda…
Ya nos hemos acostumbrado. Los clavos, el martillo, la cruz.
Jesús tendido sobre ella.
Pero debe ser un espectáculo horrible. Los evangelistas lo despachan con muy pocas palabras.
He ahí, plantado en medio de nuestra tierra desolada, el árbol con su increíble fruto. .

ACTUALIDAD
Pienso particularmente en los enfermos clavados durante muchos años en la inmovilidad.
Todos los que sufren sin ver sentido al dolor y sin remedio. – Los niños espásticos.
Pienso en nuestro miedo a comprometernos en favor de los débiles, de los oprimidos.
Nuestra incapacidad para prestar nuestra voz a los sin-voz. Pero, eso sí, dispuestos a gritar apenas hieren nuestros intereses.

Señor, dame el coraje de orientarlo todo hacia la fuerza de la debilidad y hacia la locura de la cruz.
Debo dejar de considerarme «importante», si quiero de verdad llevar algo a los hombres. Debo dejar de considerarme indispensable.
Clávame a la cruz de la pobreza, del ocultamiento, de la debilidad, de la «inutilidad».

Duodécima estación:
Jesús muere en la cruz

MARCO
«Jesús, lanzando un fuerte grito, expiró»
La palabra, sobre la cruz, se hace grito.
La palabra, nacida del silencio, muere con un grito. Pero aún no ha terminado el inventario de lo que le queda por dar.
Queda una última deuda por pagar. Lo que le están haciendo los hombres…
Ha venido a expiar los pecados de la humanidad. Y no hay que excluir esta última culpa.
«Jesús decía: Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen».
Es el regalo de una absolución plena.
Y le queda aún su madre.
«Junto a la cruz de Jesús estaban su madre…».
Y no duda en regalárnosla.
La misión de María no ha terminado en el calvario. Suena para ella otra hora comprometida. Deberá preocuparse de todos nosotros.
Un último regalo. Se trata, nada menos, que de un puesto en el paraíso.
Y… la aureola va a colocarse sobre la cabeza de uno de los ladrones.
Una absolución, la madre, una entrada al paraíso. Lo ha dado completamente todo.
Ahora ya puede morir. Y será el don supremo.
«…Inclinó la cabeza y entregó el espíritu»

ACTUALIDAD
Ninguna estación es más actual que ésta. Porque ningún acontecimiento es más actual que la muerte.
Hay alguien que está muriendo en este instante.
En el lecho propio o en un hospital.
Dediquemos nuestra atención a todos los que mueren hoy.

También nosotros podemos causar la muerte a alguien. Podemos matarle en su calidad de hermano, de hermana, negándole el perdón.
Golpes bajos, venganzas sutiles, resentimientos, rencores, indiferencia ostentosa, todos son «atentados» al amor, y por lo mismo a la vida.
Cuando niego a alguien un lugar en mi corazón, le niego el derecho a vivir, Negando el amor, el perdón, la reconciliación, quito la vida.

Señor, tengo necesidad de estar durante mucho tiempo bajo tu cruz para aprender lo que es el amor. Y, sobre todo, cuál es su precio.
El amor, en efecto, no calcula. Paga.
Solamente el egoísta es un inútil en la vida, aunque sus miserables cuentas le salgan bien.
Mi vida es inútil si es inútil en amor.

Decimotercera estación:
El cuerpo de Jesús es restituído a su madre

MARCO
«Y a ti, una espada te traspasará el alma».
«Ella que había dado la vida al hijo, recibe ahora su muerte”.
En esta estación quizás fuese mejor retirarse. No estorbar. Respetar aquel dolor. No hacer de intrusos con nuestra presencia.

ACTUALlDAD
Es la estación de quienes no soportan su suerte y se separan de la cruz. Aquellos que ya no pueden más.
Aquellos que no encuentran un motivo válido para vivir. Que no tienen esperanza. Que ya no esperan nada. Que no aceptan una situación concreta. Que no se aceptan.
Los suicidas.
Las infidelidades de cualquier clase.
Los que se van…

Señor, méteme bien en la cabeza que yo me «sostengo» en cuanto me «sostienen» los clavos. Los clavos de la coherencia, del sacrificio, de la convicción, del encuentro contigo en la oración, del amor.
SÍ, mi fidelidad depende de la profundidad con que me penetren los clavos.
y son clavos, quede claro, que «sostienen» la vida, no la muerte…

Decimocuarta estación:
La sepultura de Jesús

MARCO
«Vino José de Arimatea, miembro respetable del consejo, que esperaba también el reino de Dios, y tuvo la valentía de entrar donde Pilato y pedirle el cuerpo de Jesús. Se extrañó Pilato de que ya estuviese muerto y, llamando al centurión, le preguntó si efectivamente había muerto. Informado por el centurión concedió el cadáver a José, quien, comprando un lienzo, lo descolgó de la cruz; le envolvió en el lienzo y le puso en un sepulcro que estaba excavado en roca; luego, hizo rodar una piedra sobre la entrada del sepulcro…
Parece leerse, en el rostro de aquellos personajes: «Todo terminó».
Pero alguno no se resigna a marchar: son dos mujeres «María Magdalena y María la de José que se fijaron donde era puesto»…
El hecho es que se quedan allí, cerca del sepulcro.
Quedémonos también nosotros con ellas, dejando que los otros marchen arrastrando tras sí, cansinamente, la convicción de haber asistido al «fin».
Para nosotros aquella tumba puede ser el «principio».

ACTUALIDAD
Sepultamos al Señor cuando lo… escondemos.
Cuando lo enmascaramos con nuestros compromisos, con nuestras componendas, con nuestras «reducciones».
Cuando ponemos en circulación una imagen deformada, en lugar de la auténtica.
Cuando nuestra vida, en vez de estar bajo el signo de la transparencia, está bajo el signo de la opacidad más deprimente.
Cuando, en vez de dar un testimonio de liberación, nos escondemos detrás de la piedra sepulcral…
Señor, concédeme la obstinación de la esperanza.
Quiero que mi vida cristiana sea «signo» de esperanza para todos.
Quiero asegurar a los hermanos el «servicio de la esperanza».

No miremos más la tumba, mirémonos a nosotros, pues aquí está Cristo. Mirémonos con amor, saludémonos con alegría, sirvámonos como hermanos y corramos a la calle a anunciar la Buena Noticia de que el Señor está con nosotros.

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Materiales Litúrgicos y Catequéticos

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