Vía Crucis 2

Introducción:

Ya avisó Jesús: “El que no lleve su cruz y venga en pos de mí, no puede ser discípulo mío”. De esto se trata, de seguir a Jesús en el camino de la cruz. Pero no un seguimiento de lejos, curioso, superficial. Queremos seguir a Jesús identificados con él, comulgando en sus sentimientos. Una cruz sin amor no es cristiana; un amor sin cruz no es auténtico.
Vía Crucis es el camino de la cruz y el camino de la luz, el camino de la opresión y el camino de liberación, es camino de muerte y es camino de Pascua, es camino de dolor y de esperanza. El Vía Crucis es como la carrerilla final para dar el salto a la trascendencia.
El camino de la Cruz es el que recorrió Cristo, el que recorren sus verdaderos discípulos, el que recorre la humanidad doliente y esperanzada.
No nos quedemos mirando al pasado sólo. El Vía Crucis no es sólo devoción, sino dramática y viva realidad. Lo de 14 estaciones es un decir; hay estaciones innumerables, multiplicadas por millones, millones de condenas injustas y de cruces terribles, sayones que no cesan y caídas infinitas, tantas madres que se quedan solas, tantos despojos, tantas torturas, tumbas y soledades…

Primera estación:
Jesús es condenado a muerte

Te adoramos…

Apresado de noche, maniatado, llevado a empujones, objeto de burlas y escarnios, sentado en el banquillo y cruelmente castigado. Jesús murió ajusticiado, víctima de la justicia humana.
La justicia humana sentenció que el Justo era digno de muerte.
Viene Dios a la tierra y el hombre decide que merece la muerte; no se podía sufrir tanta limpieza, tanta verdad, tanta bondad.
¿Qué humanidad es ésta que no aguanta la presencia de Dios?
Aparece la luz y el hombre decide acabar con ella.
Unos movidos por intereses, otros por odio, otros por debilidad –Pilato aún se sigue lavando las manos-, decidieron quitarle de en medio. Juzgaron que Jesús era un hombre peligroso, porque su persona y su mensaje conmovía los cimientos de aquella sociedad. Predicaba un reino distinto, quería un mundo distinto, hablaba de un Dios tan distinto. Jesús quería la justicia; por eso chocaba con el poder. Jesús quería la igualdad; por eso chocaba con los privilegios. Jesús quería la libertad; por eso chocaba con las jerarquías y tiranías. Jesús quería el amor; por eso chocaba con la ley. Los profetas, en verdad, son gente peligrosa y conflictiva.

Hoy seguimos condenando a muerte a Jesús

“El pecado del mundo que condujo a la muerte al Hijo de Dios, continúa matando a los hijos de Dios” ¿Cuántas condenas de hijos inocentes? Inocentes son, por ejemplo, los 40.000 niños que mueren de hambre cada día, condenados por nuestro egoísmo. Inocentes los más de 40 millones de abortos al año, condenados por la dureza de nuestro corazón. Inocentes los miles de millones de personas que sufren la marginación y el subdesarrollo, condenadas por la avaricia y la insolidaridad humanas.
Y ahora ¿quién se quiere lavar las manos?

Segunda estación:
Jesús carga con la Cruz

Te adoramos…

“Llevando a cuestas su cruz…” En silencio, con paciencia, con amor, Jesús carga con la cruz. No la cruz bonita que nosotros pintamos o que nosotros llevamos, sino la cruz horrorosa que sus jueces le pusieron. Condenado a muerte, ¡y muerte de cruz!

Nuestras cruces

Estas que enumeramos son cruces nuestras ordinarias, cruces de todos, inevitables.
Contempla ahora por un momento los que caminan hacia el Calvario tras de Cristo con su cruz: ese accidentado que ha quedado en una silla de ruedas, esa madre de familia con un cáncer en progreso, esos jóvenes que no pueden casarse porque no encuentran trabajo, esa familia que ha perdido al padre víctima del terrorismo, o a esa otra familia con un niño subnormal, ese hombre bueno que ha sido mordido por la calumnia.
Y mira también a los hambrientos, a los analfabetos, a los explotados, a los emigrantes… Sólo nos queda una esperanza: que desde que Cristo cargó con su cruz, todas las cruces pueden ser redimidas y convertidas en sacramento de salvación.

Tercera estación:
Jesús cae por primera vez

Te adoramos…

Contempla a Jesús en el suelo. Ahora sí que podemos decir que descendió hasta lo más bajo, hasta los infiernos de la impotencia, del fracaso, del dolor.

Sigue el Vía crucis

Cuando te sientas débil, mira a Jesús que cae. Cuando te sientas caído, mira a Jesús en tierra. Cuando te parece que ya no puedes más, mira a Jesús que se levanta. Él se ha hecho débil para que tú seas fuerte
Y ahora piensa en otras caídas. Hoy cae Jesús en los que son vencidos, en los que son despedidos, en las víctimas del terrorismo o la delincuencia, en los que sufren accidentes laborales o de tráfico, en los que se enganchan con la droga u otros vicios. En nosotros está tenderles una mano amiga por si pueden levantarse. Nunca pongamos, por favor, la zancadilla, porque es el mismo Cristo a quien haríamos caer.

Cuarta estación:
Jesús encuentra a María, su Madre

Te adoramos…

En medio de la ruidosa multitud, aparece la figura entrañable de la Madre. Casi todos gritan, acusan, injurian; sólo María, silenciosa e impotente, con su mirada y sus lágrimas, confirma, comprende, fortalece, participa. Se cruzan sus miradas, se juntan sus cuerpos, pero sus almas están aún más unidas.
Es el encuentro entre el dolor y el amor, entre la pasión y la compasión. No sólo es un hijo y una madre; en el hijo están todos los hijos dolientes; en ella, todas las madres condolientes.

Encuentros de María hoy

Estos encuentros de María en el camino del Calvario se multiplican en nuestros días.. María sigue cerca de todos los hijos que sufren. Sus ojos son siempre misericordiosos, sus entrañas siempre compasivas.
Hablamos de presencia. Esta presencia de María viene a significar la dimensión femenina y maternal de Dios en la historia de la salvación. Hoy se continúa y completa en la labor entregada de tantos y tantas “Marías” que ofrecen sus vidas para aliviar el sufrimiento de los que caminan con la cruz.

Quinta estación:
Simón de Cirene ayuda a Jesús

Te adoramos…

Era un desconocido, pero la historia ya no lo olvidará. En el camino se le complicó la vida; pero siguiendo el camino ganó la vida

La dignidad del hombre. La humildad de Dios.

No sabía Simón que estaba ayudando a Dios, pero la verdad es que lo ayudó. Supo prestar sus hombros a quien estaba oprimido, quiso ofrecer sus fuerzas a quien estaba desfallecido. Así es nuestro Dios, no sólo ayuda, sino que se deja ayudar. Es un Dios débil y agradecido. Hay que destacar la dignidad del hombre, que puede ayudar a Dios; pero hay que destacar la humildad de Dios, que se deja ayudar por el hombre.
Hoy también Simón de Cirene sigue ayudando a Cristo, aunque tal vez no sepa que ayuda a Cristo. Ayudamos siempre al Dios desconocido y al Cristo disfrazado. El Señor ya nos puso sobre aviso en la parábola del juicio final. Esperas encontrarte un Dios en el templo y te sale al paso en el camino, como en el caso del buen samaritano, o en el hospital, o en la cárcel, o en casa. Hay muchas maneras de ayudar a Cristo a llevar su cruz.
Dios nos quiere cireneos unos de otros, humildes, serviciales, solidarios.

Sexta estación:
La Verónica enjuga el rostro de Jesús

Te adoramos…

En estos y tantos otros casos, la mujer es más valiente y decidida que el hombre, porque le guía el corazón.
El hombre piensa y mide más las cosas, y nunca encuentra el momento oportuno.
En su lienzo el rostro de Jesús: un rostro doliente y desfigurado.

Le podemos contemplar en otros rostros:

• de los niños golpeados por la pobreza antes de nacer;
• de los jóvenes frustrados por la marginación;
• de los campesinos relegados y privados de tierra;
• de los obreros mal retribuidos;
• de los ancianos orillados porque ya no producen;
• de las mujeres ultrajadas y envejecidas prematuramente.

Estos y tantos otros son los rostros de Cristo que tenemos que limpiar antes y mejor que a los Cristos en los altares, con la ternura y generosidad de la Verónica. Y hay que reconocer que muchas Verónicas se encuentran en el Vía Crucis de nuestros días, con sus nombres y apellidos, aunque no siempre sean conocidas.

Séptima estación:
Jesús cae por segunda vez

Te adoramos…

El camino se hace largo, y Jesús se siente extenuado, terriblemente cansado. A pesar de la ayuda de Simón, Jesús tropieza o alguien tal vez lo empuja y cae de nuevo.
Resulta hasta ridículo y humillante. pero qué pocas fuerzas tiene el Mesías, el Redentor del mundo. Quiere salvarnos, besando una y otra vez el suelo.

Sigue su camino

Nunca debemos desanimarnos, aunque se acumulen fracasos y los ideales no se consigan. A pesar de su nueva caída, Jesús se levanta y sigue su camino. Por desgracia, son muchos los que, golpeados por la vida, ya no quieren seguir; marcados por la desgracia, se vuelven escépticos y amargados; atenazados por el vicio, se desesperan. Muchos son los que están caídos. También ellos cuentan para Dios. Desde el suelo Jesús quiere salvarlos. Acércate también a ellos, aunque tengas que rebajarte mucho. Acércate y levántales, o infúndeles ánimo para que ellos mismos se levanten.

Octava estación: Jesús consuela a las mujeres de Jerusalén

Te adoramos…

En la vía dolorosa también se encuentran signos luminosos, gestos humanos de solidaridad. Es bueno que siempre haya personas capaces de compadecer y consolar. Todos necesitamos el “ángel del consuelo”. ¡Cómo se agradece una palabra confortante, una ayuda desinteresada, un gesto de cercanía! A veces no se puede quitar el sufrimiento, pero una pena entre dos es menos pena y una pena a solas es doble tristeza.

El “consolado” se convierte en Consolador

Los que sufren a veces se hacen caprichosos y egoístas. Jesús, en cambio, se olvida de sus sufrimientos, para atender y consolar a aquellas mujeres.
Ojalá llegue un día en el que nunca haya que llorar ni lamentarse, en el que todos enjuguemos las lágrimas que aún se derraman. Mientras tanto, que nuestra compasión no sea sólo pasiva y sentimental, sino solidaria y comprometida. A veces nos limitamos a lamentarnos y criticar. La mejor manera de compadecer y consolar, es combatiendo las causas que hacen sufrir.
De todos modos, benditas mujeres capaces de llorar el dolor del otro. Y benditos los que saben padecer con el otro. Son signos de esperanza. A través de ellos nos llega el consuelo de Dios.

Novena estación:
Jesús cae por tercera vez

Te adoramos…

Jesús vuelve a caer. ¡Cómo desearía que todo terminara allí!
¿Qué es lo que tanto le hace caer? Ciertamente, el agotamiento físico y lo duro del camino. Pero hay que contar también con la angustia psicológica y la carga espiritual. Jesús es el Cordero que carga con el pecado del mundo, con el pecado de todos los hombres. ¿Qué criatura hay que pueda soportar semejante peso?
Los pecados de un hombre solo pueden aplastar a cualquiera. ¿Qué serán todos los pecados?

“Estructuras de pecado”

Ahí están esas tremendas redes de pecado, lo que llamamos “estructuras”. Difícil redimir y sanear las estructuras.
Jesús por tercera vez en tierra. Todo un símbolo de nuestras debilidades, de nuestras enfermedades, de nuestros errores, pecados, muertes, de todas esas fuerzas que nos atan a la tierra. Pero vemos a Jesús levantarse de nuevo. Siempre se puede más. ¡Cuánto se puede, cuando no se puede más! Más tarde lo veremos levantarse cuando lo pongan en la fría tierra del sepulcro. Cristo significa el triunfo de las fuerzas ascendentes.

Décima estación:
Jesús es despojado de sus vestiduras

Te adoramos…

Le despojan a Jesús de sus vestidos y de su dignidad. Siente dolor y pudor. Los vestidos estarían pegados a las heridas, y el desnudo era una vergüenza. El expolio es una tremenda humillación. Es una ofensa que alcanza a lo más íntimo.
No hizo Jesús otra cosa: desde la Gloria del Padre al vientre de la madre; desde el vientre a la cuna, o al pesebre; desde la cuna a la cruz. Se despojó primero de sus atributos, para presentarse como un cualquiera; se despojó después de todo poder y riqueza, convirtiéndose en un esclavo; se despojó de su fama y popularidad, llegando a ser condenado como un hombre peligroso y falso; ahora lo despojan de sus vestidos, es decir, de su dignidad, de su intimidad, de su respeto.
El expolio es signo de pobreza y desprendimiento. Jesús se ha liberado de todo, tanto material como espiritual.
Ahora Jesús queda enteramente desnudo y pobre, pero libre.

Expoliados

¿Repasamos ahora los despojos de todo tipo que Jesús sigue sufriendo en nuestros días? Cuántas veces se despoja a una persona de su dignidad o de su integridad o de sus derechos o de su honra. La lista es interminable. Mención especial para el obrero sin salario digno o despedido del trabajo, para la mujer violada, para el niño maltratado.
Pero no sólo a las personas, sino a los pueblos pobres -¡son tantos!- Ya sabemos que no son pobres, sino empobrecidos, expoliados. Se les quita hasta su voz, su posibilidad de defensa, la misma conciencia de su dignidad.

Undécima estación:
Jesús es crucificado

Te adoramos…

Gruesos clavos entran a martillazos por sus muñecas, hasta coserlas al madero. Los pies son también perforados. Cristo es un dolor vivo. Ya no puede ni moverse, sólo aguantar entre dolores y calambres, esperando que llegue la muerte cuanto antes.
Los gritos desgarradores. Pero en medio de esos gritos hay una palabra que se escucha como la más hermosa melodía: “Padre, perdónales, porque no saben lo que hacen”.

Cruces vivas

Demasiadas cruces hemos levantado a lo largo de la historia. Hay quien en estos días trata de imitar literalmente a Jesús atándose a unos palos. No me refiero a esos empalados. Ni me refiero a esas cruces bonitas que nos colgamos como adorno. Me refiero a las cruces vivas que hoy siguen prolongando la agonía de Jesús.
Millones de seres humanos atados a la cruz con los clavos del hambre, de la cárcel injusta, de la tortura, del exilio; o con los clavos de la enfermedad, de la invalidez, del paro, de la vejez, de la soledad; o con los clavos de las marginaciones, desesperanzas, depresiones…
¿Quiénes son los verdugos de tantas crucifixiones? ¿Y si lo fuéramos nosotros mismos? No es por nada; es sólo para pedir perdón por ello.

Duodécima estación:
Jesús muere en la cruz

Te adoramos…

Fueron tres horas de larga agonía…
Fueron tres horas también durante las cuales se pronunciaron las más hermosas palabras. Pudimos aprender divinas lecciones de oración, de perdón, de confianza, de paciencia, de amor…
Nos entregó a su madre, su sangre, su espíritu… Se entregó todo.
“Nadie tiene amor más grande que el que da la vida por sus amigos”.
Dio la vida, pero en lo alto del monte ha brotado un manantial perenne de vida; del pecho traspasado, una fuente viva que todo lo purifica y todo lo fecunda.

“Libro vivo”

Cristo muerto en la Cruz es el mejor libro. Es un “libro vivo”, aunque esté muerto.
La cruz se ilumina enseguida, porque más que fruto del pecado es fruto del amor. En la cruz, es decir, en el amor consumado, es donde más resplandece la gloria de Dios, que se manifiesta, no deslumbrando, sino amando hasta el fin.
La muerte del Justo te obliga a decir “no” a toda injusticia, y te obliga a decir “si” a toda entrega.

Decimotercera estación:
Jesús es bajado de la Cruz

Te adoramos…

Ni siquiera el bajarle de la cruz resultó fácil. ¡Qué lejos, María, la cuna y los gozos de Belén… ¡Qué larga la distancia y qué amarga, de Jesús muerto a Emmanuel!
María en esos momentos hace de altar y de sacerdote. Los brazos de María, un altar más blando que los palos de la Cruz

Tres besos

Ahora iría repasando y besando todas su heridas. Diríamos que su espíritu entraba por ellas, uniéndose a él en todo.
Vamos también nosotros a acercarnos con respeto y estampar tres besos en las heridas de Jesús. Primero, en las llagas de los pies, el beso de los arrepentidos, llorando en sus llagas los pecados. Después, en las llagas de las manos, el beso de los amigos, compartiendo su dolor y su amor. Por último, en la boca o en el corazón abierto, el beso de los enamorados, de los que quieren llegar a la unión.

Decimocuarta estación:
Jesús es sepultado

Te adoramos…

Y Jesús fue dejado en el sepulcro. ¡Qué paz! ¡Qué descanso! ¡Qué silencio! ¡Qué esperanza!

La gran esperanza

Y aquí podríamos iniciar la estación nº 15. La sepultura de Cristo no es el fin, sino el principio; es, si queremos, el fin de un tiempo y el principio de los tiempos finales.
Cristo sepultado es el grano de trigo que está dispuesto a florecer. Hay por todas partes olor a primavera, y las lámparas están encendidas. ¿No fue sepultado Jesús en un huerto? Pues el huerto es lugar donde se fecunda la vida. Todos nuestros cementerios son huertos de vida y jardines de resurrección. Todos nuestros sepulcros son surcos en los que se entierran semillas de inmortalidad. Hay muchas semillas de Pascua. Todos nuestros trabajos y sufrimientos son abonos para mejorar el fruto de nuestra semilla. Somos semilla. Estamos hechos para trascendernos. Estamos destinados a vivir siempre.
“Estamos amenazados de resurrección”, gracias a la vida, la pasión, la muerte y la resurrección de Nuestro Señor Jesucristo.

email
It's only fair to share...Share on FacebookTweet about this on TwitterShare on Google+Print this pageShare on LinkedInEmail this to someone

Materiales Litúrgicos y Catequéticos

A %d blogueros les gusta esto: