Vía Crucis 5

Monición inicial

Hermanos y amigos: Nos hemos reunido para acompañar con nuestra oración el camino de Jesús hasta la cruz.
Todos sabemos que aquel acontecimiento pertenece ya a la historia.
Pero sabemos, también, que Cristo –de algún modo- sigue en agonía. Día a día, en el dolor y el sufrimiento de los hombres, Cristo sigue sufriendo y caminando hacia el Padre.
Por eso, hermanos, no nos vamos a quedar sólo en el pasado.
Vamos a procurar leer el presente, desde aquello que sucedió hace mucho tiempo.
Para facilitar la meditación y la oración, permaneceremos sentados, excepto en las estaciones de las caídas y de la muerte.
Los cantos serán nuestra respuesta, hecha oración, para manifestar nuestro amor a Cristo y nuestra solidaridad comprometida con cuantos sufren.

Oración presidencial

Padre de amor: En este Viernes Santo de 2…. queremos vivir el camino doliente de tu Hijo y Señor nuestro Jesús.
Todos se unieron entonces para eliminarlo. Rechazaron el proyecto de Reino que Él anunciaba. No aceptaron su mensaje universal de liberación. Sus actitudes fueron consideradas peligrosas.
En aquellas condiciones, si quería serte fiel, Padre, tenía que morir.
Y todo aquello nos recuerda hoy nuestro camino, el camino de toda la humanidad: un camino lleno de dolor, de injusticia, de insolidaridad, de sufrimiento y de muerte.
Por todo ello, Padre de amor, ayúdanos a contemplar lo que fue AYER la pasión y muerte de tu Hijo. Y, al contemplarlo, haznos solidarios HOY con los hombres y con el dolor que empapa sus vidas.
Que tu Espíritu penetre en nuestras vidas, ensanche el cauce de nuestro amor, nuestra justicia y nuestra solidaridad.
Y nos lleve, como a Cristo el Señor, a servir, desviviéndonos por todos los hombres.

Primera estación:
Jesús es condenado a muerte

Te adoramos, Cristo, y te bendecimos, que por tu santa cruz redimiste al mundo.

1.- De noche lo apresaron. Ya no podía aguantar más.
Se había atrevido a llamar a Dios “Padre”. Había hecho del Reino del Padre su causa.
Sólo había pedido conversión; cambiar de modo de pensar, de sentir, de obrar. La conversión exigía rupturas que provocan conflictos.
Los pobres, los pecadores, los que sufrían marginación, acogieron con alegría el mensaje de Jesús.
Pero los ricos, los poderosos, los piadosos, consideraron que Jesús ponía en peligro su situación.
Y ya no pueden aguantar más. Ha llegado su hora.
No están dispuestos a sufrir ni una crítica más. Debe quedar claro –según ellos- quién es el que manda y quién acaba ganando.
Jesús, desnudado, interrogado, torturado, ha sido condenado a muerte por el representante del poder romano.

2.- Mirad:
El Pecado y la maldad de los hombres, ayer como hoy, continúa matando a los hijos de Dios.
El que vive en situación de privilegio no quiere renunciar a lo suyo para que otros tengan lo que necesitan.
Los grupos y las naciones que viven en la abundancia no quieren prescindir de sus beneficios para que otros salgan de su miseria.
No faltan, es cierto, hombres y mujeres que se convierten en voz de las mayorías desposeídas y humilladas. Pero… ¡qué fácilmente se silencia su voz! Y así se repite en ellos la condena de Jesús.
“Y seguirán siendo condenado mientras no se establezcan las condiciones humanas e históricas que permitan hacer justicia a los pobres y desheredados de la tierra”.

3.- Señor Jesús:
¡Qué fácil es repudiar tu condena…
Y cuánto nos cuesta escuchar el grito de los condenados hoy!
No es cómodo seguirte. Sabemos que, si vivimos tu Evangelio, nos van a condenar, y sufriremos la incomprensión y el rechazo.
Siempre hay alguien que dice, a nuestro lado: “hay que hacer las cosas despacio”… “no hay que tomarse las cosas tan a pecho…”
“¿te crees dios para cambiar el mundo?”…
Nos da miedo hacer el ridículo…
Pero sabemos, Señor, que sólo Tú tienes razón.
Ayúdanos a romper nuestro egoísmo y nuestra comodidad.
Danos esperanza y coraje.
Ayúdanos a vivirte y a vivir tu evangelio hasta el final.

Segunda estación:
Jesús con la cruz a cuestas

Te adoramos, Cristo, y te bendecimos, que por tu santa cruz redimiste al mundo.

1.- Para los judíos morir en la cruz era símbolo de la maldición de Dios.
Los condenados a morir en cruz, después de ser torturados, debían llevar por las calles de la ciudad el instrumento de su condena: la cruz.
Eso mismo hicieron con Jesús. Y así experimentó la humillación de ser considerado “maldito de Dios”.

2.- Mirad:
Las formas de vida, que organiza nuestro mundo, contradice muchas veces el proyecto de Dios.
Por eso, quien apueste por Dios Padre y por su causa, el Reino, deberá asumir la humillación… Sentirá sobre sus hombros la cruz de la violencia inhumana y envilecedora, la cruz de la pobreza impuesta, la cruz pesada de la soledad y la incomprensión, la cruz humillante de ser marginado y dado de lado.
Apostar por Dios Padre y por su causa, el Reino, en un mundo como el nuestro, es siempre cruz y humillación.
Y quien acepte libremente esa cruz, sentirá desgarrársele el cuerpo y entristecérsele el espíritu.
Pero vivirá, también, la alegría plena de ver engrandecida su persona.

3.- Lo que me extraña, Señor Jesús, es tu caminar en silencio.
No me importaría aceptar cualquier sacrificio siempre que haya alguien que reconozca mis méritos.
Pero aceptar la cruz, vivir la humillación… y callar.
Eso es duro y, quizás, más insoportable que todo lo demás.
Enséñanos, Señor, a aceptar ese silencioso llevar toda la maldad
y toda la crueldad del mundo y de los hombres…
Enséñanos a comprender que la acción más generosa
no es nada si no es, al mismo tiempo, generosa redención.

Tercera estación
Jesús cae por primera vez

Te adoramos, Cristo y te bendecimos,
que por tu santa cruz redimiste al mundo.

1.- Jesús, debilitado por la pérdida de sangre, sin dormir toda la noche, encorvado por el peso de la cruz, ha caído en tierra.
Tenía que ocurrir, porque todos –también Jesús- somos frágiles, vulnerables, débiles.
Cristo, caído en tierra, nos habla de nuestra fragilidad y de la fragilidad de todo ser humano.

2.- Mirad:
Lo heroico no es mantenerse en pie a toda costa. Lo heroico es sentirse solidario con todos los que pagan tributo a la fragilidad humana.
Lo heroico es acoger la propia flaqueza, mantenerse en la humildad sin resentimientos, crecer en fraternidad y en solidaridad… Y saber descubrir, en Cristo caído, a todos los vencidos y aplastados: aquellos campesinos que se unieron para defender sus derechos y fueron eliminados, aquellos pueblos expoliados que no pueden salir de su miseria porque sus riquezas sólo sirven a los pueblos ricos; drogadictos, alcohólicos, marginados de mil maneras que no encuentran la ayuda que precisan.
Cristo sigue cayendo en la historia en las caídas de sus hermanos.
Hay que levantarlo, a Él en sus hermanos los hombres, para que siga buscando –a pesar de la cruz- la tierra prometida de la justicia, la fraternidad y la solidaridad.

3.- Señor Jesús.
¿Cuántas veces he salido, ilusionado, en tu seguimiento?…
¿Y cuántas veces he caído?
Muchas veces, todos hemos dicho “no hay nada que hacer”, “nunca conseguiré ser como debo ser”.
Y esa experiencia de fracaso la vemos en todos: “la paz no es posible”, “siempre parece vencer el odio y la violencia”, “la justicia y la solidaridad son utopías”, “el ser humano es cruel y está envilecido”…
Y caemos en la tentación de abandonarlo todo.
Nos aplasta el mal propio y el mal del mundo, y caemos en el desaliento, en la desilusión, en el pasotismo.
Danos, Señor, no sólo seguir en tu seguimiento.
Ayúdanos a mantenernos en tu camino.
Que no nos puedan las caídas. Que nos levante tu esperanza, para ayudar a cuantos quieran levantarse.

Cuarta estación
Jesús se encuentra con su madre

Te adoramos, Cristo, y te bendecimos, que por tu santa cruz redimiste al mundo.

1.- Se ha levantado. Y de pronto, allí, entre la multitud, Jesús ve a su madre.
Mientras otros gritan, acusan e insultan, María cruza sus ojos con los de su hijo.
Silenciosa e impotente… ¿Qué puede hacer?
Lo que han hecho a lo largo de la historia millones de madres:
con su mirada y sus lágrimas, participa, confirma y fortalece; todo el dolor de su hijo, es su dolor; las heridas de su hijo, son sus heridas. Las madres siempre conocen los sufrimientos de sus hijos. Ellas sufren sus sufrimientos.

2.- Mirad:
Encuentros como éste, se repiten continuamente a nuestro alrededor:
madres que sangran porque hoy tampoco podrán alimentar a sus hijos; madres que recogen en su corazón todo el dolor de la familia,; madres que no tienen palabras –sólo amor, mucho amor- ante sus hijos enfermos, fracasados, marginados; madres que lloran, en silencio e impotentes, viviendo la degradación de sus hijos por la droga o el alcohol, por la violencia o la muerte, por el dinero, la mentira, la maldad.
¡Cuántas lágrimas de madre, provocadas por la violencia, por la injusticia, por la mentira, en definitiva por la inhumanidad de los hombres!
¿Quién podrá medir la capacidad de sufrimiento del corazón de una madre?…

3.- Señor Jesús:
Todos nosotros, muchas veces, hemos acompañado a los hombres, en el camino de la cruz.
Pero, otras tantas veces, nos hemos sentido aplastados por el mal e incapaces de solucionarlo.
En este momento, Señor, desde lo más profundo del corazón, te pedimos que pongas ante nuestros ojos a tu Madre, María.
Para que de ella aprendamos a no cerrar el corazón ante quien sufre, a no cerrar los ojos aunque nos duela lo que vemos.
Que aprendamos de tu Madre a acoger el dolor del mundo para que así colaboremos en su liberación.

Quinta estación
Simón de Cirene ayuda a Jesús a llevar la cruz.

Te adoramos, Cristo y te bendecimos, que por tu santa cruz redimiste al mundo.

1.- Jesús está muy cansado. Y el camino es largo.
El Cireneo pasaba por allí. Seguramente iba a lo suyo, a sus cosas. Y le obligan a ayudar a Jesús. Probablemente, el Cireneo ni conocía a Jesús.
Lo importante es que, en un momento concreto supo poner al servicio de un hombre débil la fuerza que él tenía.
Jesús acepta su ayuda, la ayuda, seguramente, de un hombre obligado y temeroso.

2.- Mirad:
Dios se esconde y está en todo necesitado. Él suplica ayuda en todo aquél que necesita ayuda.
Y lo importante no es saber esto. Lo importante es hacer , ayudar, socorrer, rebajarse, dar la mano, ofrecer el hombro.
Y esto es importante porque si renunciamos a ser solidarios nos estamos condenando a vivir solitarios.
Cada vez que, como Simón de Cirene, cargamos con el dolor y la cruz de alguien, estamos ayudando a Cristo a llevar su cruz..

3.- Señor Jesús:
Yo también tengo necesidad de los otros. La vida es muy dura para recorrerla a solas. Todos nos necesitamos.
Pero con frecuencia, pasamos de largo ante las manos que nos necesitan. Preferimos cerrar el corazón y no ver; así no tendremos que complicarnos la vida.
Y aún hay más: tampoco quiero, a veces, la ayuda que se me brinda.
Quiero obrar solo, triunfar solo. Me avergüenza aceptar mi debilidad ante los demás.
Danos, Señor, la solidaridad que nace del amor. Esa solidaridad que se hace servicio y ayuda para los demás.
Esa solidaridad que acepta gozosa la ayuda que viene de los demás.
Cada vez que, como Simón de Cirene, cargamos con el dolor y la cruz de alguien estamos ayudando a Cristo a llevar su cruz.

Sexta estación
La Verónica enjuga el rostro de Jesús.

Te adoramos, Cristo, y te bendecimos, que por tu santa cruz redimiste al mundo.

1.- Hay siempre muchos curiosos en el camino de la cruz. Gente que mira, espectadores sin más.
Pero, en el camino de Jesús, de repente, una mujer sale de entre la multitud. Y con un paño enjuga aquel rostro, marcado y sangrante.
No sabemos si el rostro quedó en el paño. Ciertamente quedó en el corazón de aquella mujer: un rostro doliente, herido, desfigurado.

2.- Mirad:
En esta estación, Jesús nos deja su rostro deshecho para orientar nuestra búsqueda de Dios.
Dios está en los humildes y ofendidos, en los cuerpos destrozados de los que son víctimas de la violencia, en las vidas desfiguradas de todos los que viven sin futuro, en los corazones que, llenos de desesperanza, quieren morir.
Dios quiere ser encontrado ahí: en todos los que hoy, de un modo u otro, están desgarrados, rotos, desfigurados, dolientes, heridos.
La Verónica nos invita a romper nuestra insolidaridad y salir al encuentro de todos los hombres con el rostro ensangrentado.

3.- Señor Jesús:
Quisiera detenerme largamente, pausadamente, en esta estación. Necesito contemplarte así: desfigurado y roto.
Quisiera tener el valor de la Verónica.
Pero siempre encuentro razones para no socorrerte en el hermano:
“me puedo contagiar”…, “qué van a pensar mis amistades”…,
“¡es tan poco lo que yo puedo hacer!”…
Danos, Señor, valor, para no encerrarnos en el egoísmo.
Que intervengamos para enjugar tu rostro. Que te busquemos en todos los que sufren, para así crecer en la solidaridad, como la Verónica.

Séptima estación
Jesús cae por segunda vez

Te adoramos, Cristo, y te bendecimos, que por tu santa cruz redimiste al mundo.

1.- Todo se va acumulando: la fatiga, el cansancio, la noche en vela, el camino…
Y Jesús cae por segunda vez.
Y es lógico y normal que caiga, porque Jesús es semejante en todo a nosotros, menos en el pecado.
Rostro en tierra, experimenta la debilidad física que humilla, el querer seguir y no poder…

2.- Mirad:
Hay personas que han sido golpeadas de tal modo por la vida, han sufrido vejaciones tan clamorosas, han padecido injusticias tan inhumanas, que ya no consiguen tener esperanza.
Hay personas tan profundamente marcadas por la desgracia que ya no creen en nada ni se fían de nadie.
Hay una gran multitud de irrecuperables. Gente que ya no quiere saber nada de nada. Gente con la que ya nadie cuenta ni quiere contar.
Esta caída de Cristo reproduce la imagen de todos los fracasados, de todos los derrotados, de todos los desesperados.
Jesús se hace un cuerpo con ellos; y en ellos sigue cayendo.
En el suelo, con Jesús, ellos cuentan para Dios.
Para ellos es, precisamente, la salvación de Dios.
Para ellos está destinado, principalmente, el Evangelio.

3.- Señor Jesús:
Ayúdanos a levantarte en todos los caídos de la tierra.
Ayúdanos a descubrirte en todos los que se arrastran.
Y ayúdanos también a nosotros. Somos débiles y caemos. A veces no tenemos fuerzas para seguir. Todo se nos vuelve amargura en el corazón y tierra en los labios.
No dejes que la vida nos aplaste, ni nosotros a nadie.
Que no desesperemos nunca ni de Ti, ni de los hombres, ni de nosotros mismos.

Octava estación
Jesús reprende a las mujeres de Jerusalén

Te adoramos, Cristo y te bendecimos, que por tu santa cruz redimiste al mundo.

1.- Al levantarse, Jesús oye llorar a unas mujeres. Compadecidas al verle en aquel estado, ellas lloran.
Las palabras de Jesús son su respuesta agradecida; y el desenmascaramiento de nuestra mentira: “no lloréis por mí. Llorad por vosotras y por vuestros hijos”.

2.- Mirad:
La más profunda miseria humana no proviene de la infelicidad, sino de la injusticia. No hay que llorar por Jesús sino por los que lo han condenado injustamente.
A Jesús lo condenaron en nombre de Dios.
Y también hoy, en nombre de Dios, en nombre del pueblo, en nombre de la libertad, se sigue matando. La maldad y la injusticia humanas se enmascaran así de un modo sutil.
En nombre del desarrollo, en nombre del bienestar, en nombre de la paz, se sigue condenando a la miseria y al abandono.
Nos compadecemos de quienes tienen hambre…
Deploramos la falta de trabajo y la situación de los marginados…
Pero, mientras lloramos, no buscamos la raíz de los problemas, el fondo de la cuestión.

3.- Señor Jesús:
Apiadarme de tus sufrimientos, y de los mundo, eso sé hacerlo muy bien.
¡Me gusta tanto lamentarme! Por mi tribunal desfila todos los días el mundo entero.
Y siempre encuentro culpables: los políticos… los vagos que no quieren trabajar… los traficantes, los delincuentes, los maleantes…
¡Y tantos y tantos otros!
Todos son culpables.
Todos… menos yo.
Enséñame, Señor, a reconocer mi culpabilidad; enséñame a llorar mis pecados.

Novena estación
Jesús cae por tercera vez

Te adoramos, Cristo y te bendecimos, que por tu santa cruz redimiste al mundo.

1.- Las fuerzas de Jesús están debilitadas que no puede más.
Y cae por tercera vez.
Quizás, en el suelo, Jesús se sienta más derrotado que nunca.
Anunció que Dios es un Padre bueno; proclamó la llegada del Reino; pasó haciendo el bien a todos.
Y todo se ha derrumbado. Está en tierra, sin fuerzas para levantarse.

2.- Mirad:
No todo lo que hay en el mundo vale la pena.
Hay realidades por las que es preciso darlo todo. Y Jesús, en el suelo, aparece como el hombre fiel que no traiciona jamás lo que es valioso.
Jesús nunca traicionó el proyecto del Padre, no traicionó los valores del Reino, no traicionó al hombre. Proclamó y vivió las bienaventuranzas.
Por eso, la verdadera caída del hombre no está en la fragilidad humana o en la enfermedad o en la muerte.
La verdadera caída consiste en el pecado, en traicionar los valores del Reino del Padre, en pisotear las bienaventuranzas, en ser injusto o insolidario con el hermano.

3.- Señor Jesús:
Muchas veces vivimos achicados, aplastados y alejados de Ti por el pecado. Queremos volver a Ti y caemos una y otra vez.
Todos nos hemos sentido derrotados muchas veces.
Nos sentimos incapaces de llegar a la meta. Ayúdanos a superar nuestra debilidad. Ayúdanos a remontar nuestras caídas y nuestra lejanía de Ti.
¡Que te sintamos cerca, unido a nuestra fragilidad!
Mantén siempre encendida nuestra esperanza.
Con ella seguiremos levantándonos, aunque sea para volver a caer.
Mantén siempre encendida nuestra esperanza y nuestra confianza.

Décima estación
Jesús es despojado de sus vestiduras

Te adoramos, Cristo, y te bendecimos, que por tu santa cruz redimiste al mundo.

1.- Jesús ha llegado al monte Calvario.
Los soldados despojan a Jesús de sus vestiduras.
Hay que preparar a la víctima para la muerte.
Es un momento de humillación y de vergüenza.
Los vestidos no sólo cubren el cuerpo, sino que protegen, también, el misterio personal de cada uno.
Desnudo, en la antesala de la muerte, Jesús lo entrega todo.

2.- Mirad:
Nuestra inhumanidad y nuestra vileza nos ha hecho imaginar, a lo largo de la historia, mil maneras de hacer sufrir a los demás.
Muchas veces hemos destruido la dignidad moral de las personas.
Hombres y mujeres obligados a decir lo contrario de lo que piensan. Seres humanos empujados a hacer lo que no quieren hacer. Personas humilladas en su libertad,
porque se les ha impuesto hacer lo que traiciona su conciencia.
En todos ellos, Jesús sigue despojado, sigue suplicando al Padre que venga su Reino..
En todos ellos, Jesús espera ese día en el que no habrá llanto, ni dolor, ni muerte; ese día en que la maldad será derrotada.

3.- Señor Jesús:
¡Qué fácil es vivir ocultando la propia verdad detrás de mentiras, de cosas, de poses!
Siempre guardamos algo para que nadie –ni siquiera Tú, si es posible- nos conozca de verdad.
Nos asusta la verdad; porque la verdad está hecha de luces y sombras.
Arranca, Tú, Señor, en nosotros, todo lo que no sea fidelidad a Ti y tu Evangelio. Después de lo que Tú has pasado no pueden asustarnos las sombras de nuestra vida, y las oscuridades de nuestro corazón.

Undécima estación
Jesús es clavado en la cruz

Te adoramos, Cristo, y te bendecimos, que por tu santa cruz redimiste al mundo.

1.- Jesús es tendido sobre la cruz.
Sus manos y sus pies quedan sujetos al madero.
Junto a Él son crucificados dos hombres.
Casi desde el principio fue considerado un malhechor.
Desde que comenzó a proclamar la Buena Noticia del Reino.
Desde que empezó a rescatar la verdad oprimida.
Desde que empezó a tratar con gente sospechosa.
Ahora lo han puesto en su lugar: entre los malhechores.

2.- Mirad:
Hay dos clases de crucificados: los obligados y los voluntarios.
Obligados a morir en la cruz son los millones que pasan hambre cada día, todos los mutilados de todas las guerras, todos los que, para vivir, tienen que violentar su conciencia, los asesinados en nuestras calles, los sometidos a condiciones inhumanas de trabajo, los marginados, rechazados, odiados por su raza, su religión o su enfermedad.
Pero hay también quienes han aceptado voluntariamente la cruz.
Enfermos que se acaban en su lecho con los ojos llenos de esperanza. Jóvenes que sacrifican su porvenir para servir a la construcción de un mundo más humano y una humanidad más fraterna. Personas que lo arriesgan todo para hacer suya la causa de los pobres. Hombres y mujeres que siguen apostando por los valores del Reino de Dios.

3.- Señor Jesús:
Ayúdanos a aceptar la cruz que, inevitablemente, la vida nos presenta.
Todos sabemos que amar, y amar como Tú amaste al Padre y a los hombres, es siempre sufrimiento y cruz.
Sigue animando nuestro esfuerzo por dejarnos guiar de tu Espíritu de amor, aunque esa opción agrande nuestra cruz.
Queremos aceptar la cruz…
La cruz que aparece cuando se sigue tu camino y se vive en solidaridad y fraternidad con los hombres.

Duodécima estación
Jesús muere en la cruz

Te adoramos, Cristo, y te bendecimos, que por tu santa cruz redimiste al mundo

1.- Ahí le tenéis: clavado en la cruz.
Pero no es el final.
Jesús, volcado hacia la muerte, la está esperando.
Acorralado frente al vacío, frente al fracaso y la soledad, la está esperando.
Tres horas de agonía son largas. Más largas que treinta años de vida.
Jesús, inmóvil en la cruz, tiene que decidirse.
Ni buscó ni quiso la muerte. Le ha sido impuesta.
Sólo le queda la seguridad de ser amado por su Padre.

2.- Mirad hermanos:
Jesús ha cogido su vida, lo poco que le quedaba de vida, y en la noche de su soledad y su fracaso, amando a los hombres y confiando en el Padre Dios, lo ha entregado todo.
Cristo ha muerto…
… Y su muerte se sigue repitiendo.
Millones de inocentes mueren cada día, porque quisieron superar el odio y la venganza.
Muchísimos sucumben a su vida destrozada, abandonados en su hambre, su droga, su soledad, su marginación.
Son incontables los que agonizan desesperados, sin ver realizado ese mundo fraterno y solidario por el que han trabajado.

3.- Señor Jesús:
A veces pensamos que se te exigió demasiado: esperar en el Padre contra toda esperanza humana; amar sin límites, desviviéndote, dándote por la causa del Reino; y creer que todo eso era fecundo para el mundo y los hombres.
Pero… ¿quién te lo exigió?
No fue tu Padre y nuestro Padre.
Nosotros, sin saberlo, te exigimos todo eso
para que así aprendiésemos a morir por Ti, para que así aprendiésemos a morir como Tú, por todos los hombres.

Decimotercera estación
Jesús en brazos de su madre

Te adoramos, Cristo y te bendecimos, que por tu santa cruz redimiste al mundo.

1.- Todo ha terminado. Jesús ha cumplido bien su tarea.
Como el cuerpo de un hombre fatigado, como un hombre que se cae de sueño al final de su jornada, Jesús es descendido de la cruz.

2.- Mirad:
María, su madre, es quien recibe el cuerpo.
Quizás, con la ternura de las madres, pensó que Dios Padre no le pedía tanto a su Hijo…
Pero ya ha terminado todo. Sólo queda el regazo maternal de María.
Y, seguramente, María descubre en el rostro de su hijo un gesto de alegría y de paz: la paz y la alegría ante el deber cumplido; la paz y la alegría de haber sido fiel hasta el final; la paz y la alegría de haber trabajado por el Reino de Dios, que es justicia y libertad, que es paz y es vida, que es amor, fraternidad y solidaridad.
En su pena, María está orgullosa de su Hijo, porque todo lo ha hecho bien.

3.- Señor Jesús:
¡Cuántas veces terminamos el día cansados y sucios!
Y ese cansancio y esa suciedad no siempre provienen del servicio al Padre…
Te pedimos, Señor, que, al acabar cada jornada, sepamos dolernos de tanto camino mal andado.
Que, siempre, si algo no nos deja dormir, nos acerquemos a tu Madre para descansar en Ella nuestra inquietud.
Que, cuando llegue nuestro fin, seamos para tu Madre motivo de orgullo como lo fuiste Tú.

Decimocuarta estación
Jesús es colocado en el sepulcro

Te adoramos, Cristo y te bendecimos, que por tu santa cruz redimiste al mundo.

1.- Acaban de sepultar a Jesús.
Sólo queda volver a casa; y rumiar en silencio nuestro desamparo y soledad.

2.- Pero Mirad:
Esto no ha terminado.
Cristo sigue en agonía hasta el final de los tiempos.
Los mil dolores y sufrimientos y muertes de los hombres nos gritan que el dolor, el sufrimiento y la muerte de Jesús se siguen repitiendo en sus hermanos, los hombres.
No.
Esto no ha terminado. No puede terminar así.
Falta lo más importante.
Falta lo que da sentido a la muerte de Jesús y a las mil muertes nuestras.
Falta la luz que ilumine esta noche de desencanto y de fracaso.

3.- Señor Jesús:
No dejes que nos quedemos llorando tu muerte. Vístenos de esperanza para llevar consuelo y paz al dolor de los hombres.
Ayúdanos a continuar lo que Tú iniciaste. Anímanos a continuar tu camino con la mirada puesta en Ti… con la mirada puesta en el Padre… con la mirada puesta en los hombres.

Decimoquinta estación
Jesús resucita victorioso de la muerte

Te adoramos, Cristo, y te bendecimos, que por tu santa cruz redimiste al mundo.

1.- Hubo que esperar; pero valió la pena.
Porque muy temprano, el primer día de la semana, al salir el sol, Jesús irrumpe vivo y resucitado.
El amanecer de aquel tercer día es el comienzo de todo.
Es la luz que ilumina todo lo sucedido y lo hace estallar en claridad.

2.- Mirad:
Ahora se explica todo.
Ya sabemos cuál es el sentido de nuestra esperanza.
Ya sabemos, para siempre, de qué lado está Dios y cuál es su respuesta a quien vive y se entrega en el amor, la solidaridad y la justicia.
Ahora sabemos que no hemos nacido para morir, sino para vivir.
Jesús resucitado nos dice que Dios, el Padre, no falla nunca..
Y la palabra que nos tenía reservada es ésa: “hay un tercer día para todos, como para mi Hijo Jesús, donde encontraréis la realización plena de todo vuestro ser”.
La resurrección de Jesús marca, para Él y para nosotros con Él, el comienzo de unos cielos nuevos y una tierra nueva.
Jesús vino a compartir nuestra vida, frágil y mortal, para hacernos compartir la suya, eterna e inmortal.
Jesús resucitado sigue dentro de la historia, presente en el mundo, en cada persona…
Por eso,
se está realizando la resurrección
siempre que el mundo crece en vida auténticamente humana,
siempre que triunfa la justicia sobre los instintos de dominación, siempre que se rompe el egoísmo para abrirse a la solidaridad,
siempre que los hombres establecen relaciones fraternas, siempre que el amor supera el propio interés,
siempre que la esperanza se impone a la desesperación,
siempre que la gracia supera la fuerza del pecado.
Hermanos:
a quienes creemos en la Resurrección de Jesús,
y en nuestra propia resurrección, no nos está permitido estar tristes.

3.- Señor Jesús:
¡Gracias! ¡Gracias por el misterio de tu Pascua!
Enséñanos a vivir alegres en la esperanza, confiados en el amor,
fraternos con el mundo y con los hombres, solidarios y justos con todos.
Ayúdanos a abandonarnos siempre en los brazos de tu Padre.
Que sepamos descubrir las señales de tu resurrección hoy y aquí; que veamos los signos del Reino que crece.
Y danos la alegría…
Esa alegría luminosa y plenificadora de los que creen y viven de tu resurrección.

Canto:

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Materiales Litúrgicos y Catequéticos

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