Vía Crucis

El vía crucis es una de las prácticas más discutidas y hasta más desacreditadas en ciertos ambientes religiosos.
Los motivos son múltiples. Entre otros: una cierta manera tristemente mecánica de hacer el via crucis, un cierto estilo intimista, ambiguamente sentimental. Una cierta postura de superficialidad, en virtud de la cual, este ejercicio piadoso afecta solamente a una pequeña región periférica del propio ser, provocando una conmoción superficial, sin tocar eficazmente en una realidad más profunda y sin que la persona «devota» se vea obligada a un compromiso más auténtico. Y sobre todo: con frecuencia el vía crucis se circunscribe al pasado. Se limita a recordarnos los sucesos del pasado. Se nos intenta conmover también, con expresiones aburridas y de gusto dudoso, por lo que Jesús ha hecho, por lo que le han hecho, por lo que le ha sucedido, por lo que ha sufrido, por lo que los otros le han hecho sufrir.
Y no se nos ocurre subrayar la actualidad de la pasión, el hecho de que Cristo todavía hoy lleva la cruz, y es condenado, escarnecido, ayudado, confortado, ultrajado, clavado, desnudado y abandonado…
El via crucis, sin embargo, debería ser el único «ejercicio de piedad», en que se permitiesen las distracciones. Es más, que incluso fueran obligatorias. Quiero decir las distracciones hacia el presente, hacia la actualidad de la pasión de Cristo, hacia la contemporaneidad de sus protagonistas.
Ahora bien, el esquema que propongo quiere ser esencialmente un estimulo para meditar la pasión en clave de actualidad y de corresponsabilidad. En suma, se trata de sentirnos contemporáneos y cómplices, no simples espectadores, aunque devotos.
La formulación es muy simple para cada estación: el hecho, su impacto en el hoy, mi responsabilidad.
Podríamos decir:
-Qué tiene que ver Cristo con la pasión del hombre de hoy.
-Qué tengo que ver yo.

Pasar del «ejercicio piadoso» al «ejercicio incómodo».
Me limito a breves y concisas observaciones
De manera que deje espacio a la reflexión personal y comunitaria. De tal modo que ofrezca a cada cual la posibilidad de incluir otros elementos, ligados a su participación personal no solamente en el vía crucis del «hombre familiarizado con el padecer», sino también en el vía crucis de todo hombre.
Por eso, este ejercicio, como le proponemos, no es un «asunto», que se limite a la iglesia, a la capilla. Es necesario tener los ojos y el corazón bien abiertos sobre el mundo en que vivimos. Más que un pasar de una estación a otra, siguiendo los cuadros colgados en la pared, se necesita un pasar habitual de una visión devocional a una visión verdaderamente cristiana y participada de la realidad que está mucho más allá del «pequeño jardín» de nuestra alma.
El calvario, en sus dimensiones reales, se descubre solamente saliendo fuera.
Cristo salió a morir fuera de la ciudad.
Si nos empeñamos en permanecer al resguardo, protegidos por los muros acolchados de una espiritualidad pietista, si no nos dejamos herir por una realidad, el gran ausente de nuestro vía crucis será precisamente él, el verdadero, insustituible protagonista.
El vía crucis será entonces el «ejercicio piadoso» de la ausencia. La ausencia de la vida.
Animo, salgamos al aire libre.

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Materiales Litúrgicos y Catequéticos

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