Vivir en familia

Familia 21.- Uno de los ejes del amor familiar

Hay unos pilares que sostienen el edifico de la familia. Con frecuencia necesitan una revisión y algún remiendo. Es muy útil entonces pararse a reflexionar sobre los puntos principales de referencia del amor familiar. Son esas pequeñas cosas que transforman el “estar juntos” en el placer más profundo de la vida.

El primer pilar es que cada componente de la familia se quiera a sí mismo. Parece un contrasentido, mientras que es un elemento crucial de la vida de cada uno. El mismo Jesús señaló el amor a sí mismo como medida del amor al prójimo. Esencialmente amarse significa creer en el propio valor, estimarse de modo positivo y sentir que se cuenta mucho. Una ley básica en la dinámica del amor afirma que los otros nos ven y nos tratan exactamente como nos vemos y tratamos nosotros mismos. El que piensa que es una alfombra, descubrirá con amargura que los demás lo usan para «limpiarse los zapatos». Amarse es el mejor camino para entender cómo se debe amar. El que es respetuoso hacia sí mismo, provoca un comportamiento de respeto y de estima en los demás.

Todo empezó con un «¡Sí, quiero!». La vida en pareja es una opción: no es una canción de amor, algo instintivo o una poesía. Significa que dos personas han decidido, de modo libre y maduro, unirse física, emotiva, mental y espiritualmente para crear una nueva realidad, «nosotros», de dos realidades separadas, «yo». Han formado un equipo que tiene como objetivo recorrer la vida juntos, como una única fuerza. Una decisión tan importante debe renovarse cada día, sobre todo en los momentos difíciles. «Yo te quiero a ti, no tus servicios, tus atenciones, tus recursos económicos, etc.».

El amor se hace paso a paso: una familia feliz es el resultado de una evolución. Requiere mucha paciencia, tiempos largos, definición de responsabilidades y papeles aun para los insignificantes detalles de la vida. ¿Quién administra el dinero, quién saca al perro, quién hace la comida, quién arregla las cosas cuando se rompen, quién conduce en los viajes largos, quién sigue a los hijos en el estudio, quién hace la compra? No es muy romántico, pero crear el amor familiar es un proceso de armonización de personas que tienen el derecho de tener ideas, deseos, necesidades y caracteres muy diferentes.
Cada uno debe «hacer sitio» a los otros en la propia vida.
En todo caso, la vida familiar es siempre una magnífica ocasión de crecimiento, una «escuela de vida» en la que se aprende a conocerse y a mejorar. La vida familiar amplía horizontes y perspectivas, aumenta los recursos individuales, ayuda a superar problemas y dificultades, nos hace más fuertes, mejores, más sabios y «más verdaderos». Es un programa intensivo, las 24 horas del día, de florecimiento interpersonal, donde se aprende, viviéndolas, algunas de las disciplinas más importantes de la vida.

Las cinco lecciones más importantes

La primera es compartir. Sin compartir, la vida familiar es simplemente una agrupación de individualidades egoístas. Compartir es la esencia del trabajo de grupo, para mantener la dinámica «nosotros»; se extiende al cuerpo, a las emociones, a los pensamientos, al tiempo, al espacio y a los objetos personales.

La segunda lección es la paciencia. Cada persona se mueve, crece y evoluciona según su propio paso y su propio ritmo en cualquier campo: físico, emotivo, intelectual o espiritual. Todas las coacciones provocan problemas. La tercera es el agradecimiento. Significa aprender a apreciar a los componentes de la familia por todo lo que son y por todo lo que hacen. La cuarta es la aceptación de los otros exactamente como son. Es importante conceder a los otros la misma comprensión incondicional que uno exige para sí mismo, aprendiendo a convivir con características que tal vez chocan. La quinta, importantísima, es el perdón. No es nunca fácil, pero es la única posibilidad si se quiere que el amor familiar dure en el tiempo.

En todo esto, la comunicación es esencial. El diálogo es la savia vital, la energía de la vida familiar. Es intercambio de vida, el puente entre realidades profundas que, si no se da, corren el peligro de sumirse en la soledad. Nada provoca un dolor más intenso que estar físicamente juntos pero emotivamente incomunicados.
Un diálogo sincero, hecho mirándose a los ojos, con calma e intensidad, es el instrumento necesario para descubrir las necesidades y los deseos recíprocos y, sobre todo, para convenir las soluciones satisfactorias para todos. Porque no faltarán los momentos difíciles y las divergencias y será vital aprender a usar el arte de la negociación, gracias al cual ninguno debe perder y ninguno debe ganar.
Sólo así se pueden afrontar eficazmente los cambios imprevistos y las pruebas que, desdichadamente, no faltan nunca. Mantenerse unidos en las sacudidas de la vida profundiza la relación familiar.

El secreto de la felicidad familiar es acordarse de que el amor debe nutrirse y alimentarse como toda realidad viva. Cada componente de la familia debe dar tiempo, atención, esfuerzo, solicitud a la relación. Si, en cambio, se da por descontado que seguirá como está, es posible que se mustie y muera.
No basta ofrecer alimento una vez al año, en los aniversarios y los cumpleaños. Hay que hacerlo siempre, día a día, como una suave costumbre que no cuesta esfuerzo. Es necesario probar y demostrar el placer de vivir juntos, de re-crearse y divertirse juntos.

Para que todo pueda funcionar hace falta, por último, una sólida espiritualidad. En el fondo, la familia es, sobre todo, una realidad espiritual.

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