Vivir la Semana Santa

semana-santa (1)Todas las semanas son santas. Pero ésta tiene un algo especial, pues recuerda la última semana de vida de Jesús, y los grandes acontecimientos de su Pasión, Muerte y Resurrección.

Bien le pudiéramos llamar la Semana de la plenitud de Dios y también de la plenitud del hombre.
Porque es el final de toda la historia de Dios con el hombre.
Siglos de historia, Dios revelándose poco a poco al hombre y descubriendo la verdadera dignidad del hombre.
Hasta entonces, Dios se había manifestado a poquitos.
Como quien dice, Dios iba abriendo pequeñas rendijillas para dejar salir algo de sí mismo para que el hombre lo reconociese.

Pero en esta Semana Santa:
Dios se abrió del todo.
Se dijo todo.
Se dio todo.
Se entregó todo.
A partir de su muerte, Dios ya no tiene nada más que decirnos de sí mismo.
Quien se da entero, se da del todo y no tiene nada más que dar.

Ahora sí que podemos decir que Dios es “amor”, que Dios “nos ama”. “Tanto amó Dios al mundo que entregó a su Hijo único”.
Pero cuando Dios se dice entero, y se revela como amor, nos está revelando y manifestando también a nosotros en nuestra verdadera dignidad.
¿Tanto ama Dios?
Y ¿tan grande es el hombre?

La Semana Santa es la plenitud de lo humano y lo divino de Dios.
La humanidad de lo divino, llega a su más honda profundidad.
Y lo divino de la humanidad llega a la plenitud de humanidad.

La Semana Santa huele a dolor, a sangre, a clavos y a maderos.
Por eso huele a muerte.
Pero, la Semana Santa huele, sobre todo a entrega, a libertad, a fidelidad, a generosidad.
Habla de muerte, pero anunciando la vida.
Vemos muerte, pero esperando la vida.
Tocamos la muerte, para luego encontrarnos con la vida.

Porque la Semana Santa no termina en la Cruz ni en el Calvario.
La Semana Santa termina en la explosión de la vida que rompe los lazos de la muerte y se hace Pascua de Resurrección.

Por eso, es una Semana:
donde los ruidos están de sobra
y se necesita el silencio.
Porque es más lo que tendremos que escuchar que lo que tenemos que decir.
¿No podríamos regalarnos unos minutos de silencio para escuchar esa palabra hecha de muerte pero proclamando la vida?

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