¿Y la fe qué?

Enfermo 10Queridos enfermos:

¿Qué sentido tiene la fe en vuestra enfermedad? Muchos se imaginan que la fe debe de ser como una especie de médico que sana y cura. Pero resulta que vosotros tenéis fe y seguís enfermos. ¿No nos estarán engañando cuando nos dicen que mantengamos viva la fe durante la enfermedad? Pues sí. Y creo que la fe, sin tener la misión de suplir a los médicos, tiene también una fuerza terapéutica extraordinaria.
Pero, no porque la fe cure propiamente las enfermedades. Sino porque la fe tiene el don de la sanación del corazón.
La fe no es para reemplazar o quitarles “el puesto”, a los médicos. Pero la fe tiene otra misión no menos importante:
Porque la fe sana en primer lugar el corazón, dándole serenidad, dándole paz. Y la paz y la serenidad del corazón hacen mucho más llevadera la enfermedad.
Porque la fe sana nuestra mente, dándole una visión más confiada de la vida, incluso a pesar del malestar del cuerpo.
Porque la fe nos sana en nuestro espíritu, regalándonos en un clima espiritual de paz, de magnanimidad, de bondad, de alegría y de serenidad.
Y porque, además, la fe nos ayuda a mirar más lejos de nuestra cama, más allá de nuestra enfermedad, más allá de nuestra silla de ruedas. La fe nos hace sentirnos cómodos en los brazos amorosos de Dios nuestro Padre. ¿No habéis observado a los niños que cuando la mamá los dejan en el suelo, se echan a llorar? Basta que la mamá los tome en sus brazos y los estreche contra su pecho, se callan, se sonríen y recuperan la alegría. La mamá no hizo nada. Simplemente les ofrece sus brazos. Suficiente. Recobran la paz.
Algo parecido nos sucede también a nosotros, sanos o enfermos. Cuando sentimos el calor de los brazos de Dios Padre, comenzamos a sentirnos mejor. A sentirnos a gusto. Nada ha cambiado. Y todo parece haber cambiado. El calor de unos brazos. Y eso es lo que nos regala la fe. Nos regala el calor de los brazos de Dios. Y cuando sentimos de verdad ese calor, no es que la enfermedad haya desaparecido, pero la sentimos de otra manera. Como en una ocasión decía un enfermo: “no es cuestión de cambiar nuestra enfermedad, es cuestión de cambiar nosotros de cara a la enfermedad”. Con frecuencia la vida sigue siendo la misma, y sin embargo nosotros la sentimos diferente. Y no porque la vida haya cambiado, sino porque nosotros hemos cambiado de cara a la vida.
No. No esperéis que vuestra fe os libere de vuestra enfermedad. Pero sí os puede liberar a vosotros en vuestra enfermedad. Se cuenta de un enfermo totalmente paralizado, que con frecuencia, sentía ganas de suicidarse. Hasta que un día la esposa le llevó a sus tres hijos pequeños aún. Cuando vio la sonrisa y el cariño de los niños, se sintió revivir interiormente. “Por aquella sonrisa valía la pena seguir viviendo”. El siguió y hasta donde yo sé, sigue todavía paralizado en cama. Pero la sonrisa de sus hijos le ha hecho amar profundamente la vida. Físicamente sigue siendo el mismo. Pero por dentro es diferente. Desde entonces, todas las semanas su mujer le hace el regalo de llevarle esas sonrisas tonificadoras y vivificantes. Es preciso convencerse: no tratemos de cambiar lo que no se puede cambiar. Pero cambiemos lo que sí se puede cambiar. El corazón, la mente, el espíritu.

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